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Y parecía que la tendría. El dragón se acercó, volando alrededor de la flota que O’Dare había reunido. Ahora, O’Dare podía ver la pequeña figura del caballero sobre los hombros del dragón. Era Leo, el hijo mayor de su empleado de toda la vida.
—¡Ah del Olivia ! —gritó el caballero mientras el dragón realizaba una pasada lenta en espiral alrededor del buque insignia de O’Dare, que llevaba el nombre de su difunta esposa.
—¡Ahoy! —respondió el contramaestre, reconociendo el saludo.
—¿Permiso para subir a bordo? —gritó el caballero en su siguiente pasada.
O’Dare no daba crédito al descaro del jovenzuelo.
¿Cómo diablos esperaba subir a bordo? Iban a toda vela.
Si caía al agua, tendrían que detenerse y dar la vuelta para recogerlo.
Según el criterio del capitán, tampoco había lugar donde su dragón pudiera aterrizar a bordo del barco.
Y si intentaba saltar a la cubierta, lo más probable era que se estampase. ¿En qué estaba pensando el cachorro?
—¿Capitán? —el contramaestre miró a O’Dare, esperando saber cómo responder.
—Si puede lograrlo sin matarse, es bienvenido a bordo —dijo O’Dare, con ganas de encogerse de hombros, pero resistiendo el impulso. Un capitán de flota no se encogía de hombros.
—¡Permiso concedido! —gritó el contramaestre hacia arriba, hacia el dragón que daba vueltas.
El contramaestre estaba a cargo de los hombres en la jarcia y en la cubierta.
Este oficial en particular —un tipo llamado Penwith— tenía la voz más penetrante de la tripulación de O’Dare, por lo que también era quien respondía a los saludos.
Era el cuarto en la línea de mando para el puesto de capitán en caso de que les ocurriera algo a O’Dare y a sus otros oficiales, por lo que tenía bastante autoridad en el navío.
Lo que siguió fue lo más loco que O’Dare había visto jamás.
Primero, el dragón igualó el ritmo del barco, planeando entre aletazos hasta que viajó a la misma velocidad que la nave.
O’Dare observaba entre los paños de las velas, que estaban totalmente desplegadas, al igual que todos los demás en la flota entera que podían permitirse echar un vistazo.
Entonces, el dragón maniobró más abajo...
y más abajo todavía... hasta que estuvo tan cerca de los mástiles y de la cofa que podía estirarse y tocarlos.
Cosa que hizo, para sorpresa de todos. El dragón se estiró para tocar el mástil más alto, donde se encontraba la cofa, y O’Dare contuvo el aliento.
Si el dragón ejercía demasiada presión, el mástil podría quebrarse y todos estarían perdidos.
Pero el enorme dragón tenía más delicadeza de la que O’Dare le habría atribuido. Se limitó a tocar el mástil, manteniendo aún la velocidad del veloz barco. Y entonces, el caballero entró en acción, en el movimiento más atrevido hasta el momento.
Sir Leo se puso de pie sobre el lomo de su compañero dragón y luego empezó a caminar, con toda la calma del mundo, por el hombro del dragón hasta su antebrazo extendido.
Casi parecía bailar sobre las escamas resbaladizas del dragón hasta llegar a sus garras y luego se dejó caer, ligero como una pluma, en la cofa, junto a un joven tripulante sobresaltado.
El dragón se soltó y viró alejándose del barco, pero no se fue demasiado lejos, manteniendo el ritmo mientras vigilaba atentamente a su caballero.
El caballero no se detuvo en la cofa, sino que bajó por la jarcia como si lo hubiera hecho toda la vida.
Tal vez así fuera. O’Dare tendría que preguntarle al padre de Leo dónde había servido el joven como aprendiz antes de ser elegido caballero.
Apostaría a que el muchacho había salido al menos en un viaje por mar, a juzgar por el modo en que bajaba por los cabos.
La tripulación estaba atónita por lo que acababa de ver, y varios saludaron a Leo con la cabeza cuando pasó junto a ellos al llegar finalmente a la cubierta.
Sabían reconocer el talento cuando lo veían, ¿y quién no apreciaría tal muestra de audacia y valentía?
Por no mencionar la confianza absoluta entre caballero y dragón.
O’Dare sospechaba que no volvería a ver nada igual.
—Bienvenido a bordo, señor —le dijo Penwith a Leo cuando este llegó bajo el alcázar.
Solo a unos pocos elegidos se les permitía estar en el alcázar con el capitán cuando el barco estaba navegando. O’Dare notó que sir Leo vaciló, mirando al capitán para que le diera el visto bueno con la cabeza. Ahora estaba seguro. El muchacho ya había estado antes a bordo de un barco de vela.
O’Dare le hizo la señal, y sir Leo subió de un salto los escalones hacia el alcázar, haciendo una leve reverencia de respeto al saludar al capitán y a sus oficiales.
O’Dare le devolvió el gesto. Leo podía ser joven, pero era un caballero y merecía respeto solo por eso.
Los dragones no elegían a sus caballeros a la ligera y Leo debía de tener algo especial en él para que la magnífica bestia azul que aún volaba por encima lo hubiera escogido a él.