9 #3
Hrardorr era especial. Seth se había sentido así desde el momento en que vio por primera vez al dragón ciego siendo escoltado al cubil.
—Ssu dragón y ssuss amigoss essstán haciendo un gran trabajo —dijo el general Falthith a Seth, entre envío y envío de su gente por parejas y escuadras para encargarse de los prisioneros y de los pocos que seguían intentando luchar en tierra—.
¿Quizáss ssea ya sssuficientemente sseguro para que volémoss y ayudémoss dessde arriba?
—preguntó el general, inclinando el pico hacia un lado en lo que Seth interpretó como la expresión de una pregunta para un grifo.
—Lo preguntaré —respondió Seth rápidamente, transmitiendo la pregunta a Hrardorr.
Pero el dragón se apresuró a responder negativamente—.
Todavía hay demasiados barcos con armas matadragones a bordo, señor.
El mejor uso de su fuerza ahora mismo es aquí en tierra, o eso es lo que aconseja sir Hrardorr.
El grifo pareció decepcionado pero resignado.
Seth sentía que cada vez se le daba mejor interpretar la disposición de sus plumas y el ligero erizamiento de sus alas, por no hablar de la posición de aquel pico de aspecto peligroso.
Cuanto más tiempo pasaba con los grifos, más rasgos reconocía que tenían en común con los dragones.
Justo en ese instante, Hrardorr rompió la superficie, arrojando fuego con todas sus fuerzas hacia uno de los barcos más grandes que se había resistido hasta entonces al ataque desde las profundidades.
Llamas naranjas y amarillas brillantes brotaron de su boca mientras trazaba un arco en el aire con una zambullida lateral que lo sacó del agua solo el tiempo suficiente para soltar su aliento fogoso sobre el enemigo.
Apenas tuvieron tiempo de dispararle, de lo rápido que se movía, pero Seth vio que las flechas seguían a Hrardorr de vuelta al agua y se preocupó.
Las puntas de aquellas flechas brillaban y centelleaban a la luz del fuego.
— ¿Estás bien? —Seth contuvo el aliento esperando una respuesta del dragón.
— Sobre todo —dijo Hrardorr tras una breve pausa—. Un par de esas flechas me han dado, pero no creo que sea nada grave. Podrás echar un vistazo cuando hayamos terminado aquí .
Seth frunció el ceño. No tenía idea de cuánto tiempo más duraría la batalla.
No le gustaba la idea de que Hrardorr siguiera luchando estando herido.
Hrardorr no podía ver para evaluar realmente sus lesiones, y ya había luchado antes sufriendo una agonía.
Así fue como se quedó ciego en primer lugar.
Seth quiso decirle al dragón que se retirara y viniera a la orilla para poder examinarlo bien, pero sabía que no podía hacerlo.
Por un lado, Hrardorr estaba disfrutando demasiado de esto, y Seth no iba a quitárselo.
Por otro, Hrardorr era necesario. Era el único que realmente podía hacer algo contra esos barcos piratas.
Y, de algún modo, había conseguido que los dragones marinos también ayudaran.
Si Hrardorr abandonaba la batalla, ¿la abandonarían ellos también?
Seth no estaba seguro, pero era importante mantener a todos los aliados que pudieran trabajando en el problema mientras contaran con ellos.
Lo que significaba que las heridas de Hrardorr tendrían que esperar.
Seth intentó consolarse con el pensamiento de que cuidaría de Hrardorr mejor de lo que ningún dragón hubiera sido cuidado jamás en cuanto este estuviera libre para ser tratado.
Seth le buscaría la mejor comida posible y le prepararía el revolcadero más cómodo que pudiera idear, atendiéndolo en todo momento. Si Hrardorr se lo permitía.
Seth se aseguraría de que Hrardorr se lo permitiera. De algún modo.
—Hay barcoss en el horizonte, vienen de la dirección de tierra firme —le dijo el general a Seth, sacándolo de su ensimismamiento.
Seth se dio cuenta de que los grifos tenían una vista como la de los dragones; quizá mejor, teniendo en cuenta sus cabezas de ave. Podían ver cosas que simples humanos no podían.
—¿Puede ver qué banderas llevan?
Seth conocía los emblemas de la mayoría de los barcos que frecuentaban Dragonscove.
Si los barcos que se aproximaban eran amigos, mostrarían sus colores.
Los piratas, por el contrario, no llevaban bandera alguna, y algunos tenían las velas negras propias de quienes se deslizan por la noche sin querer que se sigan sus movimientos.
—Todoss llevan la missma bandera en diferentess tamañoss. Una bandera osscura con sssabless cruzadoss —informó el general grifo.
¿Podría ser?
—Señor, lo más probable es que sea la bandera del capitán O’Dare.
Es residente de Dragonscove, y su hija es la que en este mismo momento se dirige al torreón por tierra con su enviado, sir Flurrthith.
Es muy posible que su padre haya decidido navegar hasta aquí para ayudar.
— Y para ir tras Livia , pensó Seth para sus adentros.
—Debemoss tener confirmación —espetó el general—. Ssi es el enemigo, habrá que tomar otrass medidass.
—Entendido, señor. Creo que sé cómo podemos confirmarlo.
Tenemos a otro dragón y a su caballero en el aire que se han mantenido a la espera hasta que sir Hrardorr pudiera eliminar las armas más peligrosas para la especie de los dragones.
Propongo que enviemos a sir Leo y a sir Xanderanth al encuentro de los barcos que se acercan.
Reconocerán los navíos de Dragonscove, y sir Leo conoce al capitán O’Dare personalmente.
—Un buen plan. Ocúpese de ello —el general grifo se dio la vuelta para consultar con sus tenientes.
Los grifos estaban ayudando a contener a los prisioneros, pero eran muchos y la situación era muy volátil. Algunos de los prisioneros intentaban escabullirse, y los grifos y la gente menuda tenían que perseguirlos.
El capitán O’Dare echaba chispas mientras corrían hacia la Isla del Grifo.
Aquel lugar estaba condenadamente lejos.
Usó su catalejo para ayudarse a ver, pero todo lo que pudo distinguir fueron los mástiles de muchos barcos rodeando la isla.
Algunos parecían demasiado bajos en el agua —como si los barcos se estuvieran hundiendo—, pero no veía ningún dragón ni grifo volando por encima que lo explicara.
Tal vez el dragón ciego estuviera haciendo lo que decían los informes que había hecho en Dragonscove. Si estaba atacando desde abajo para evitar a los blancos voladores esos proyectiles de diamante, estaba haciendo un gran progreso.
Un punto oscuro en el cielo captó la atención del capitán, y centró la vista en él. Era un dragón que se hacía más grande a medida que volaba hacia él. Era de un azul oscuro y poderoso, y sus alas lo impulsaban rápidamente por el cielo.
El capitán O’Dare lo vio acercarse. Creyó reconocer al dragón como uno que había estado jugueteando en la playa con los niños Stuart, el mayor de los cuales había sido elegido caballero.
De ser así, se trataría de sir Xanderanth y su caballero sería sir Leonhardt.
O’Dare sabía de ellos. Había empleado al padre de Leo desde antes de que el muchacho naciera y confiaba en él para supervisar la parte terrestre de su negocio comercial.
Los cabos empezaron a atarse en la mente de O’Dare.
Livia había estado trabajando con Stuart y había ayudado a la familia a reasentarse más cerca de Dragonscove cuando su hijo mayor y su compañero dragón fueron asignados al Cubil del Sur.
Sin duda Livia conocía a sir Leo y al dragón azul oscuro.
Y ahora, ese mismo dragón se acercaba a su barco.
O’Dare planeaba preguntarle una cosa o dos a ese joven caballero insolente, si tenía la oportunidad.