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La cala estaba rodeada por ambos lados por acantilados, de modo que ese tramo de costa estaba libre de barcos, por suerte para Livia y sus amigos.
Xanderanth había aterrizado primero, explorando para Flurrthith, que parecía completamente agotado.
Leo y Xanderanth se habían quedado un rato para asegurarse de que Flurrthith estaba bien, pero después de que Livia y Flurrthith hubieran llegado sanos y salvos a lo alto de la ladera del acantilado, Xanderanth se había lanzado de nuevo al cielo para patrullar el lado opuesto de la isla hasta que lo llamaran.
Livia sabía que lo llamarían más pronto que tarde.
El elemento sorpresa era una de las principales bazas que tenían a su favor y retrasarse demasiado pondría en peligro esa pequeña ventaja.
Intentó no pensar demasiado en ello, concentrándose en su tarea, que era asegurarse de que Flurrthith regresara con su gente a salvo.
A pesar de toda su valentía, no dejaba de ser un niño que podría necesitar ayuda, y Livia era la encargada de dársela por ahora.
—Lo has hecho muy bien volando hasta aquí, sir Flurrthith —lo elogió, con la esperanza de animar su decaído espíritu.
No estaba segura de si estaba solo cansado o también deprimido.
Había cumplido su misión, pero no había traído de vuelta un ejército de dragones.
Sabía que debía de estar decepcionado por ello.
Ella también lo estaba. Estaba más que decepcionada.
Estaba francamente enfadada con los líderes de la Guarida del Sur y, si alguna vez tenía la oportunidad, se lo diría en términos muy claros.
—Me alegra que piensse ess-o, Lady Livia. Tenía la ess-peranza de que... —Sus palabras se apagaron, pero ella sabía lo que estaba pensando.
—Yo también, amigo mío —respondió ella, atreviéndose a alargar una mano y acariciar las largas plumas de su ala, plegada sobre su lomo.
Era muy suave comparado con las escamas de dragón—.
Pero cumpliste con tu deber y nos avisaste.
Que algunos no respondieran como debían no es culpa tuya.
Ten fe. Sé que el rey no dejará que sus aliados sufran solos.
En cuanto sepa lo que está pasando aquí, enviará toda la ayuda que pueda permitirse.
Sé que lo hará. Roland es un rey bueno y justo.
—Solo ess-pero que no haya acabado todo para entoncess —respondió Flurrthith con desaliento.
—Ten ánimo, sir Flurrthith. No viste lo que yo vi cuando Hrardorr hizo huir al enemigo de mi pueblo natal.
Si Hrardorr arremete contra los piratas, dudo que le planten cara, incluso sabiendo lo que es capaz de hacer desde la última vez.
No, especialmente después de la última vez —corrigió sus palabras—.
Lo más sensato por su parte sería huir en cuanto lo vean.
—Espero que tengas razón, ama.
Pobre Flurrthith. Parecía que nada de lo que ella dijera le subiría el ánimo.
Continuaron caminando hasta que coronaron la colina que tenían delante, y Livia se detuvo.
Bajo ellos se extendía una llanura inclinada que descendía hacia una ciudad.
Una ciudad encantadora construida en un estilo que nunca había visto.
Cada casa estaba ornamentada con madera tallada y piedra labrada.
Había muchas estatuas maravillosas y obras de arte por todas partes.
De hecho, todo el lugar parecía sacado de un cuento de hadas.
Y quizá lo fuera.
Livia había oído que solo el pueblo feérico vivía en la Isla de los Grifos. Los seres feéricos eran casi inmortales, y se decía que sus artesanos eran los mejores de todas las tierras, pues disponían de muchísimos años para perfeccionar sus habilidades.
Y entonces, se fijó en un punto en el cielo, que crecía lentamente.
—¿Eso es un grifo? —Livia señaló a la distancia mientras Flurrthith levantaba la cabeza, siguiendo la dirección de su dedo. A pesar del nombre de la isla, Livia aún no había visto a ningún otro grifo aparte de su compañero.
Flurrthith no respondió, sino que echó a correr por la llanura de hierba, como para encontrarse con el recién llegado.
Livia no tenía forma de seguirle el ritmo.
Una vez que su cuerpo de gato se ponía en marcha, se alejaba a saltos más rápido de lo que sus piernas humanas podían alcanzar.
Lo vio irse, preocupada, pero se dio cuenta cuando el punto lejano tomó la forma de un grifo de gran tamaño de que Flurrthith estaba feliz de ver a su amigo.
El grifo volador aterrizó y luego envolvió a Flurrthith con sus alas, manteniéndolo cerca durante un buen rato. Ahora que estaba más cerca, Livia podía ver que el grifo mayor era una hembra, y se parecía lo suficiente a Flurrthith como para que Livia pensara que quizá era su madre.
A Livia se le saltó una lágrima ante el feliz reencuentro mientras seguía trotando hacia ellos.
No quería entrometerse en el momento, pero tampoco quería quedarse atrás por si Flurrthith estaba tan emocionado por reunirse con su gente que se olvidaba por completo de ella.
Siempre podría pedir ayuda en la ciudad de abajo, pero todavía estaba muy lejos y le costaría horrores explicar quién era y cómo había llegado allí.
Prefería con mucho quedarse con los grifos, si era posible.