Capítulo 12. Voy
Voy
N oah
Mi sonrisa de satisfacción mientras desayuno en su casa es épica. Ella parece distraída o tal vez se lo esté pensando. Me tomo el café y mientras se viste para ir a mi casa, recojo las tazas y lavo los platos. Claro que siento que es fácil estar con ella. Porque somos el uno para el otro.
Ella baja con el móvil en la mano, tiene el ceño fruncido.
—¿Ocurre algo?
—No, o bueno, eché el currículo en una empresa y lo han rechazado porque dicen que estoy sobrecalificada.
—Menuda tontería. ¿Querías cambiar de empresa?
—Sí, pero se ve que me quedaré donde estoy. Menos mal que no me despedí.
Hace un gesto con la mano, como cerrando el tema y acaricio su hombro.
—Entonces, ¿te enseño el rancho?
—Claro. Hace bastante que no monto a caballo. Me apetece.
Nos subimos en la camioneta. Ella echa un vistazo al asiento de atrás.
Yo jamás olvidaré lo que sucedió anoche allí.
Sonrío cuando voy hacia mi casa. Estoy muy orgulloso.
Es un edificio tipo rancho con una sola planta, aunque tiene una bodega donde suelo guardar trastos.
Hay tres habitaciones más la principal, tres baños y un enorme salón con comedor y cocina.
Todo está decorado muy sencillo, con muebles oscuros y paredes blancas.
—Me gusta —dice cuando le enseño todo—. Has creado un hogar precioso.
—Gracias, pero espera que te enseñe el jardín. Y luego montamos a caballo. Hay una zona preciosa, con un afluente del río Destiny.
Caminamos por entre los árboles, le muestro el columpio y la pequeña zona de picnic. Me mira asombrada.
—Esto lo hablamos en su día. Dijimos que queríamos un jardín secreto.
—Y no paré hasta hacerlo.
Estoy a punto de decirle que es para ella y solo para ella, pero se monta en el columpio y mira alrededor.
—Es perfecto, Noah. De verdad.
—Vamos a por los caballos.
La llevo hasta la cuadra y ensillamos a las yeguas. Son bastante tranquilas, así que después de acariciarla y darle una fruta, ya se ha hecho amiga. Salimos despacio, hacia la zona boscosa.
Allí está el arroyo y cuando paramos, se queda sin habla. Delante eché arena y construí una pequeña playa. El agua es cristalina y los caballos beben mientras nos sentamos en la orilla, con los pies descalzos en el agua.
—Esto es como el cañón. Me recuerda a esa zona.
—Era la idea. Mi propio lugar especial.
—Noah, yo… no sé qué pensar.
—No pienses en nada, Juli. No hoy. Quizá mañana.
—Está bien. Solo disfrutaré del momento.
Nos quedamos sentados, mirando el agua correr, hablando del día a día, del proyecto, me cuenta alguna anécdota de sus viajes y, cuando se hace la hora de comer, me pide que la lleve a casa. Me despido con un suave beso y se acabó.
Pero esta vez, quiero creer que estoy mejor, que no me ha roto el corazón. Que estoy en paz. Pero el resto de la tarde me quedo tirado en el sofá y no acepto la invitación de mis amigos para ir a tomar unas cervezas.
Al día siguiente voy a trabajar. Karen me mira de reojo, pero no dice nada. Al rato, entra con un papel en la mano y me lo tira a la mesa.
—¿Qué es esto?
—La dirección de Juli de su casa en la ciudad y de su trabajo, depende de a qué hora vayas a buscarla.
—No voy a ir. Ella no tiene claro que quiera estar conmigo.
—¿Por eso solicitó trabajar con la empresa de mi amiga? Me acaba de preguntar si la conocía. Le he dado buenas referencias y dice que se lo pensará.
—¿Solicitó…? ¿Aquí en la ciudad?
—Noah, despierta. Ella quiere volver. Pónselo fácil. Ve.
Me levanto y tomo el papel. Ella se echa a reír y me subo a la furgoneta.
Tengo una hora y media para llegar a la ciudad, por lo que…
estará trabajando, supongo. Aunque recuerdo que dijo que se iba a tomar fiesta.
Conduzco nervioso hasta la ciudad y pongo en el navegador su dirección.
Veo su coche, aunque esto no significa nada.
Aparco en cualquier sitio y voy corriendo, me tropiezo con Silvy. Ella sonríe.
—Andaaaa. ¿has venido a buscarla?
—Sí. ¿Dónde está?
—Has tenido suerte, ella estaba empacando para volver. Y eso que no tiene trabajo. Piso doce B, planta dos. Me voy a dar una vuelta que el reencuentro será animado.
Sonrío y subo las escaleras de dos en dos. Me acerco al piso, la puerta está entreabierta.
—Silvy, ayúdame con esta caja, anda —dice Juli desde una habitación. Voy hacia allá. La veo estirándose y la ayudo. Ella se vuelve, sorprendida y deja la caja sobre la cama.
—¿De verdad volvías? ¿Ibas a… volver conmigo?
—Estoy aterrada, Noah. No sé si podríamos funcionar —dice limpiándose las manos con una toallita. Se la quito y la abrazo.
—Intentémoslo. Solo eso.
Se separa de mí y acaricia mi barba crecida. Sonríe. No espero ni un solo segundo para besarla y entre risas y aunque la cama está llena de cajas, encontramos un hueco para nosotros.
No llegamos a hacer el amor. Solo nos besamos con ganas y nos quedamos abrazados.
—Entonces, venías a buscarme.
—Sí, esta vez sí. He aprendido la lección —contesto mientras acaricio su rostro.
—Yo también he aprendido. No huiré.
—Probaremos, Juli, además contamos con una ventaja.
Me mira curiosa y sonrío.
—Mi ventaja personal es que te quiero. Siempre lo he hecho. Jamás he dejado de amarte, por mucho que yo mismo intentara convencerme.
Ella se queda callada y le doy un suave beso.
—Tranquila, no pasa nada. No tienes por qué decirme lo mismo. Cada uno tiene su ritmo —suspiro—. ¿Te ayudo con las cajas?
—Supongo que sí, mi ayudante se ha largado.
Sonrío mientras me incorporo y le tiendo la mano. Ella la toma y se levanta. ¿Puede que esté algo decepcionado? No diré que no, pero ella vuelve que es lo importante.
Cargo las cajas en su coche y Silvy regresa para darle un abrazo, emocionada. Me da otro a mí.
—Os iré a visitar pronto —dice. Juli se sube a su coche y yo al mío.
Supongo que ha ido bien.