Fuego bajo tierra (Herederos del desierto 1) Capítulo 10. El último polvo
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Capítulo 10. El último polvo

El último polvo

N oah

Verla llegar con ese vestido rojo me hace quedarme paralizado. Karen me da un codazo para que cierre la boca, pero yo no puedo perderla de vista. Luego, en la comida, ella no me mira. Estoy hecho polvo.

—No ha sido una buena idea venir —le comento a mi hermana, que está a mi lado.

—Entonces, corta por lo sano, Noah. Dile que se acabó, pon la pelota en su tejado y que ella piense si quiere perderte o no. Ya está bien de que sufras. Podría haberte llamado cuando todo se arregló o para preguntar. De verdad, vale.

—No te enfades. Sé que su amigo le preguntó a Darius.

Mi hermana bufa y su novio la toma de la mano para tranquilizarla.

—Puede que lo haga.

—Es una buena idea —dice Manuel. Levanto una ceja. Adora a mi hermana y haría lo que ella dijera sin dudarlo. Ella le da un beso suave y seguimos cenando.

Sigo dándole vueltas a la cabeza y cuando la veo sola, voy a bailar con ella. El tacto de la piel bajo la seda me trastorna demasiado, pero debo ser fuerte y poner en práctica la idea de mi hermana, así que cuando me alejo de su lado, incluso sintiendo su estupor, no vuelvo la cara hacia atrás.

Mañana será el segundo punto del plan y veremos si pasa algo o no. Bailo una pieza con mi hermana, más animado y ella sonríe. Luego una mujer que no conozco me invita a bailar y sé que quiere algo más, pero le digo que no de forma educada. Si quisiera echar un polvo en la boda, no sería con ella.

Al final, nos vamos. Ella sigue sentada, hablando con algunos familiares y, aunque me dé pena y por consejo de mi hermana, no me acerco. Que piense lo que le he dicho. Y si decide pasar página, lo mismo me viene bien para que yo lo haga.

Al día siguiente aprovecho para cuidar el jardín, hacer cosas, mantenerme ocupado, hasta que me ducho y me pongo una camiseta y vaqueros para ir a buscarla.

La fiesta de la primavera suele ser un evento social de Dusty Creek y alrededores.

Incluso Darius ha preparado por la noche su propia fiesta de primavera.

La voy a buscar a su casa, como cuando éramos críos.

Esta vez no estoy tan nervioso, o eso creo.

Ella sale con su abuela que me mira y me manda un beso.

Juli lleva un vestido vaporoso rosado que le sienta de maravilla y el cabello suelto.

Me sonríe y le doy la mano para caminar hacia la plaza.

Me ha salido de natural, como cuando lo hacía veinte años atrás.

—¿Has dormido bien?

—Sí, Noah. Aunque hace calor, en mi habitación suele entrar la brisa.

—O algún chaval si se lo permites. Todavía recuerdo la primera vez que tu abuela nos pilló, y eso que no estábamos haciendo nada.

Se echa a reír.

—Al día siguiente me dio una charla sobre métodos anticonceptivos y me puse colorada hasta las orejas. Solo teníamos doce.

—Ya, tu abuela siempre fue muy adelantada a su tiempo, pero nos vino bien.

Asiente y cuando llegamos a la plaza, suelto la mano porque he visto a mis amigos y no quiero que anden pensando cosas que no son. Ellos se acercan. Tex va con Belinda, y los otros dos, sin compañía.

Bianca, la ayudante de Logan, se acerca a nosotros y me da un abrazo. Les presento a Julieta, aunque ella conocía a las chicas. Darius levanta una ceja y me mira serio, pero Tex le da un codazo suave.

—Vamos a tomar una cerveza —exclama Logan. Mira a Bianca de reojo, pero ella está hablando con Juli. Al parecer coincidieron en el campamento de verano.

Darius me toma del brazo y me aparta un poco.

—¿Te gusta machacarte o qué? ¿Por qué la has traído?

—Porque quiero cerrar el tema de una vez. Puede que podamos ser amigos y nada más.

—No te lo crees ni tú, pero oye, si te quieres joder, adelante. O si quieres sufrir de verdad, hazlo follando en una de mis habitaciones con cualquier tipo de objeto.

—Joder, dame cancha. Se va el lunes.

—Y pasarás el mes como este último, dando por culo. Tío. Aprende. Joder, Noah.

Los demás llegan al puesto de cervezas y todos acabamos con un vaso de plástico en la mano. Comenzamos la ronda por los puestos. Hay artesanía, ropa, libros, un poco de todo. Las chicas acaban por delante mirando las cosas y ellos se acercan a mí. Tex me mira con una pregunta.

—Como le he dicho a Darius, solo quiero cerrar el tema.

—Y él se lo cree —dice mi abogado.

—Bueno, que pruebe —comenta Tex con una palmada en la espalda—, si es lo que necesita para sanar.

—Tú ves muchos programas raros —dice Logan con bastante mala idea. Tex se encoge de hombros.

—Mejor eso que estar todo el día enterrado en distintas mujeres cuando te interesa otra cosa —dice él. Logan se tensa y se aleja a por otra cerveza. Lo miro, pero niega.

—A veces es un poco gilipollas, ya lo conoces.

Las chicas se paran en un puesto de perritos y Darius consigue una mesa. La fiesta de la primavera no es demasiado grande, pero sí un acontecimiento social donde los solteros se juntan para conocerse.

Los chicos nos sentamos mientras ellas miran un puesto de novelas, y cuando vienen, otra pareja se ha sentado y hay poco sitio.

—Ven, Belinda, siéntate en mis rodillas —dice Tex. Logan mira a Bianca y le hace un gesto. Ella también se sienta en ellas. Son muy amigos y parecen tranquilos. Juli me mira y está indecisa, pero le indico y acaba sentándose en mi muslo, lo que empieza a pasarme factura.

Comemos algo incómodos, y el único que veo que se lo está pasando bien es Darius, que nos mira aguantando la risa. A estas alturas, procuro que no se acerque a la zona donde mi erección campa por sus anchas.

La tomo de la cintura para que esté cómoda y no me dice nada. ¿Y si fuera así? Algo tan natural, ella sentada en mis piernas, hablando con los amigos, tomando cervezas, viviendo una gran vida.

La miro y ella me devuelve la mirada, algo seria. Luego, toma un buen trago de cerveza. La orquesta comienza y Belinda, que le encanta bailar, insiste en que vayamos.

Me vendrá bien para alejarme unos milímetros de ella. Cuando se levanta, roza mi pantalón y me mira, sorprendida. Me encojo de hombros.

—Ya sabes, no soy de piedra.

Ella asiente. Vamos a la pista. En el centro la gente se dispone a bailar una tonta canción de los ochenta, una coreografía de esas que hay que llevar el ritmo y que mi hermana Karen me hizo aprender.

—Venga, salimos todos —dice Belinda y nos arrastra a la pista. Darius se queda mirando, burlón.

Nos ponemos por parejas. Bianca sigue con Logan y nosotros juntos. La música empieza y me muevo, recordando los pasos. La llevo, la levanto y la muevo, aunque ella se tropieza. Me mira, asombrada.

—Señor Garza, tienes más habilidades de las pensadas.

—He aprendido muchas cosas todos estos años, señorita Muñoz.

El baile acaba y estamos acalorados, excitados y por dios lo que tengo que aguantar para besarla.

Las luces de las bombillas se atenúan y empieza una canción lenta. Ella se va a marchar, pero la tomo del brazo y la atraigo hacia mí.

—Un último baile, Juli. Y después, tú decides.

Ella pasa los brazos por mi cuello y atrapo su cintura. El vestido es tan suave que siento la calidez de su piel, mis dedos acarician suavemente su espalda y ella se muerde el labio. Nos miramos, pero no sé qué quiere.

—Un último baile, Noah. Y… un último…

—¿Polvo?

Ella asiente, sonrojada. Sonrío. La llevo de la mano hacia mi camioneta. Está aparcada bajo unos árboles y tiene las ventanas de atrás tintadas. Nos montamos en el asiento y ella me mira, nerviosa.

—Igual he sido… muy directa, Noah. Ayer dijiste que era mejor que no estuviésemos juntos.

—Este fin de semana podemos cerrar todo… quizá esto también sirva para ello.

—Sí, podría… podría servir.

Se sienta sobre mí y la agarro de las caderas que van a situarse justo en mi parte más dura.

Ella gime y no puedo esperar para besarla.

Mis labios la devoran, necesitado. Sabe a cerveza y a flores, y mientras mi mano se mete por debajo del vestido para tocar su piel, ella besa mi cuello, inhalando y su lengua lame mi tatuaje.

—Dios, Juli, me pones a mil —gimo. Ella se aparta y me quita la camiseta. Me toca, me roza y cada vez estoy más excitado.

Pero cuando baja las manos para desabrochar mi pantalón, siento que voy a morir. Consigue sacar mi enorme y dura polla y la mueve.

—También en esto has crecido —gime y le aparto la mano.

—Me vas a hacer correr, joder. No todavía.

Meto la mano por debajo de su vestido y con cierta dificultad, logro quitarle la ropa interior. Acaricio su humedad y ella gime, quitándose el vestido y el sujetador. Mientras masajeo su clítoris, aprovecho para lamer sus pechos y aguantar todo lo posible.

Ella me aparta la mano y se coloca sobre mí. Entro en su suavidad de golpe, y siento que mis emociones me desbordan. Se mueve, despacio, mientras la beso con ganas, empujando su cadera contra mí, deseando que este momento sea el primero de muchos, o que tal vez dure para siempre.

Sus movimiento se aceleran y jadea en mi boca. Da un pequeño grito y se deja llevar. Yo la sigo de inmediato.

Se recuesta en mi pecho, respirando agitada y la abrazo con toda mi alma. No puedo y no quiero perderla, joder.

—Ha sido… maravilloso, Noah —dice todavía encima de mí. Acaricio su rostro.

—Sí.

Podría decirle que la amo, que quiero que siempre sea así, pero me quedo callado. Quiero que sea ella.

Se retira de mí y le doy una toallita de las que llevo en el coche. Nos limpiamos y nos vestimos.

—Esto… nos ayudará a cerrar, ¿no?

—Supongo —digo mirándola.

—No quiero hacerte daño. Eres muy importante para mí y tal vez podríamos volver a ser amigos.

Sonrío, pero mi interior grita. «No quiero ser tu amigo, quiero ser tu todo». Asiento. Me dolía que no nos viéramos, que no supiera de ella. Pero que sea mi amiga creo que será la peor idea que jamás he tenido.

—Deberíamos volver —digo mientras abro la puerta para salir. Ella lo hace por la otra puerta.

—¿Estoy bien? —pregunta arreglándose el cabello.

—¿Quieres decir que si parece que no acabas de echar un polvo?

—Algo así —contesta sonriendo.

—Pues tienes los labios hinchados, el rostro sonrojado y el cabello revuelto, además del tirante del vestido torcido. Y yo seguramente tenga cara de satisfacción, así que, probablemente sí parecerá que acabamos de echar un polvo, Juli.

Ella se ríe tapándose la cara y volvemos a la fiesta, cogidos de la mano. ¿De verdad no se da cuenta de que estar juntos es tan natural como respirar?

Llegamos a la fiesta. Solo están Darius, Belinda y Tex. Nos miran y mis amigos sonríen. Darius pide unas cervezas.

—Tendréis que reponer líquidos.

Ella ahoga una risa y yo sonrío feliz. Darius me mira, moviendo la cabeza. Sé que piensa que es un error, pero es mi maldito error.

La fiesta se va acabando y la acompaño a casa después de despedirnos de todos. Caminamos juntos, rozándonos los brazos, con una risa tonta. Me quedo parado…

—No te pregunté… o sea, no usamos protección…

—Yo tomo pastillas, o no hubiera dejado… ya sabes.

—Ah, perfecto. Mañana pensaba salir a montar un rato. He hecho reformas en mi casa, ¿querrías verlas? Solo…

—Sí, me gustaría. Creo que no he visto tu casa.

—Es el viejo rancho de los McCain, aunque lo reformé. Cuando me independicé pasé casi un año poniéndolo a mi gusto.

—No está muy lejos de aquí.

—No. ¿Quieres venir sobre las diez? Así no madrugas.

—Está bien. Yo…

Ya hemos llegado a su casa y ella mira la ventana. Meto las manos en mis bolsillos.

—Buenas noches, Juli.

—Buenas noches, Noah. Nos vemos.

Ella se acerca y me da un suave beso, pero no profundizo. Entra en casa y veo la luz de su habitación. Estoy a punto de subir. No debería. No es una buena idea. No lo es.