Capítulo 9. El último baile
El último baile
J ulieta
—Siento que te vayas tan disgustada —dice mi abuela. Marcus ha venido a desayunar. Nos vamos los dos, al menos, hasta que sepamos lo que pasa con el proyecto. No tiene sentido protestar cuando Noah… cuando él no quería eso.
Apuro el café y abrazo a mi abuela. Ella nos da una caja de galletas a cada uno y otra para Silvy
—Volveré en un mes o así, aunque sea un fin de semana, ¿vale?
—Sí, además tu tía abuela se casará para la fiesta de la primavera. Se molestará si no vienes.
Asiento, un mes se pasa volando, pero quizá esté más sosegada para entonces. Meto la bolsa y la caja de galletas en el coche y miro alrededor. ¿Esperaba verlo? Soy bastante tonta por pensar en ello.
Nos vamos, cada uno por su lado y pongo música en el coche. Estoy a hora y media solamente, y conforme me alejo, me siento culpable por dejar a mi abuela. Si mi tía se casa, se irá a vivir con su marido, y ella se quedará sola. Con todo lo que me ha cuidado…
A los dos días ya estoy trabajando, revisando los parámetros de una nueva muestra que me ha llegado de un pantano alejado unos dos mil kilómetros. Mi jefa me ofrece volver allí y acepto. Sí, está lejos, pero me vendrá bien.
Se pasan los días volando y empiezo a estabilizar mi vida. Esa noche, me llama mi abuela.
—¿Ya has hecho las maletas? Podrías traer ese vestido rojo que te pusiste cuando fuimos al teatro.
— Granny , es demasiado para una boda. No creo que…
—Tráete un par y listo. Nos vemos mañana.
Cuelgo, algo alterada. Volver a Dusty Creek duele y mucho.
Y eso que ya se han calmado las cosas. Marcus se informó con el abogado de Noah y le dijo que denunciaron al tipo del puñetazo y también a Barnes, que el proyecto real está en el ayuntamiento y que parece que ha pasado el filtro del departamento de ecología. Me alegro por él.
Quedo a cenar con Marcus, su marido y Silvy. Vamos a un pequeño restaurante italiano y eso me recuerda a la cena con Noah. Resoplo y me pido una ensalada.
—Así que de vuelta al pueblito —empieza Marcus. Lo miro mal y se encoge de hombros.
—Tenemos curiosidad, mujer —dice Silvy.
—Voy a la boda de mi tía, no es que haya mucho que contar.
—Y a la fiesta de la primavera donde todos esos cowboys se ponen sus sombreros y sus camisas de cuadros —dice el marido de Marcus con una sonrisa. Él le da un codazo y asiente.
—Me compraré uno solo para que tú lo veas.
—Aggg, por favor —protesta Silvy—, siempre tan acaramelados. Respetad a las solteras.
Sonreímos y seguimos charlando un poco de todo. Les cuento sobre el viaje a Missouri, sobre algunas muestras, y sí, que también me estoy cansando de ese trabajo.
—Creo que necesitas un cambio —dice Marcus—. ¿No había una empresa de I + D especializada en investigación de vacunas por la zona de tu pueblo? Lo mismo podrías echar tu currículo.
—La verdad es que me da pena dejar a mi abuela sola. Está muy bien, pero se hace mayor. Solo que volver al pueblo…
—¿Y vas a dejar sola a tu abuela por no verlo? Me parece algo infantil —dice Marcus y aprieto los labios, pero luego asiento.
—Tienes razón. He perdido muchos años de relación con ella solo por esa cabezonería tonta. Puede que sí haga eso, al menos, mientras ella esté. Se hace mayor.
—Tu abuela tiene mucha energía, pero es posible que poco a poco empeore. Ya se sabe —dice Silvy. Ella perdió a su abuelo hace dos años y todavía está triste.
—Lo intentaré.
—Y si ese vaquero guapetón te invita a salir, pues dos por uno —dice Marcus.
—No. Si voy no es por él. Y quizá sea mejor para ambos porque así cerraremos esa etapa.
—Lo que tú digas —dice Silvy. Los tres se miran y me centro en mi ensalada. Dicho así, no me lo creo ni yo.
Nos despedimos y me voy a casa, termino la maleta y escribo un email a la empresa.
No es muy grande, y no me importa. Les explico que quiero volver a mi ciudad natal y que su empresa encaja con mi perfil.
Luego, les mando un dossier con mis trabajos publicados, y puede que ni siquiera haya un puesto libre, pero al menos, lo he intentado.
Al día siguiente, meto una maleta mediana y me despido de Silvy. Pasaré el fin de semana hasta el lunes. Según me digan en esta nueva empresa, tendré que despedirme… dejar a mi compañera… el vértigo es enorme.
Cuando llego a casa de mi abuela, ella está dentro, hablando con mi tía. Ambas me abrazan con amor, pero no les digo nada sobre la posibilidad, porque si no saliera, se pondrían tristes.
Me enseña su vestido, comemos entre risas y la peluquera de la familia viene a arreglarnos a las tres. Mi abuela me convence de ponerme el vestido rojo finalmente.
Me han alisado el cabello y llevo un semirrecogido. Como hace calor, solo me pondré un chal. Se ve que el futuro marido es un médico popular en el pueblo de al lado, aunque se va a mudar a este, por lo que tienen más de cien invitados.
Un coche oscuro viene a recoger a la novia y de paso, nos montamos con ella.
—¿Estás nerviosa?
—Sí y no. La verdad, pensé que no volvería a encontrar a alguien con quien querer pasar el resto de mi vida, y surgió. El amor es un sentimiento que te llena, Juli. Deberías probarlo.
Las hermanas se miran y levanto una ceja.
Luego, miro por la ventana. La iglesia está preciosa, adornada con flores y guirnaldas.
Algunos invitados esperan fuera. Cuando llega la novia, pasamos tomadas del brazo hasta el altar, donde está el novio.
Es un hombre maduro, elegante. Y después, nos sentamos en la primera fila.
La ceremonia es sencilla, pero llena de amor.
Aunque a mi abuela no le caiga demasiado bien el novio, parece un hombre agradable y tal y como mira a mi tía, diría que la quiere de verdad.
Casi me emociono. ¿Cómo será encontrar un hombre así?
Alguien que te quiera tanto que te mire como si fueras una estrella.
Suspiro y mi abuela me toma de la mano. Ella también está muy elegante con su vestido estampado con flores lilas.
Después, los novios salen y los acompañamos con una gran sonrisa. Alguien me acaricia el brazo y lo veo. Noah lleva un traje de chaqueta y me mira con una sonrisa.
Pero me llaman para hacer las fotos y no llego a hablar con él.
Posamos y evito ni siquiera mirarlo. Luego, nos vamos al restaurante donde celebran la boda y nos sientan en la mesa principal, con los novios.
También está el hijo del hombre con su esposa.
Son muy agradables y disfrutamos de la velada.
Ya anochece y encienden las luces en el jardín para el baile.
No miro hacia las mesas, ni siquiera sabía que Noah estaba invitado.
Salimos para el primer baile y los novios se mueven al unísono, como si fueran una sola persona y eso me emociona. Mi abuela se va a sentarse con una amiga y yo me quedo allí, en un lado, casi oculta, mirando a los que están bailando. Noto su presencia nada más que se acerca.
—¿Bailas?
Me vuelvo. ¿Cómo puede estar tan guapo? Acepto. Solo porque… porque sí.
Me toma de la mano y nos acercamos a la pista. Sus manos se sienten demasiado naturales en mi cintura y paso los brazos por su cuello. Se ha quitado la americana, hace calor y rozo con el dedo el tatuaje del cuello. Él se estremece.
—Disculpa. Ya… ya se arregló todo, ¿no es así?
—Sí, —dice acariciándome con el pulgar sobre la tela. Muerdo mi labio y lo miro a los ojos—, presentamos el proyecto real, el que te dije. Y lo de las demandas se arregló todo. Soy un hombre libre, Juli. Libre como el viento.
Sonrío. Siempre decíamos eso cuando nos subíamos a la roca del desfiladero.
—Me alegro. Todo fue un equívoco y siento muchísimo haberte causado tantos problemas.
—En realidad, no estuvo tan mal. Volviste.
—Noah, yo no…
—Tranquila, no te estoy presionando. Pero mañana hay un baile en la plaza. ¿Podría convencerte de venir conmigo?
—Podrías intentarlo —digo con una sonrisa. Él también lo hace.
—Si me dices cómo, lo hago.
—Averígualo tú mismo. Y ¿cómo estás aquí, en la boda de mi tía? —pregunto para cambiar de tema. Me está poniendo nerviosa.
—El novio es el médico de mi padre. Nos invitó. Karen está por ahí, bailando con su pareja. Dicen que se van a casar. Y se ha enfadado cuando le dije que iba a bailar contigo.
—¿Por qué? Es un baile.
—Sabes que no. Según ella, me vuelvo imbécil contigo. ¿Será cierto?
—Siempre has sido un cerebrito, Noah.
La canción se acaba y me da la mano para perdernos en el jardín del restaurante. Nos sentamos en un banco a mirar las estrellas.
—¿Sabes que la ciencia empezó a interesarme por ti? Eras una friki de las estrellas, de las constelaciones… las estudiaba cada noches solo para impresionarte.
Él está mirando el cielo y yo me vuelvo, sorprendida. El corazón me late demasiado apresurado.
—¿Lo dices en serio? —pregunto y él se gira hacia mí con una sonrisa triste.
—Cien por cien. Sabía que por mi físico no podría gustarte y que admirabas a la gente que tenía cierta… cultura, o que sabía de algo, gente que te causaba curiosidad. Y ahí estaba yo.
—Noah, sabes que tu físico nunca me importó.
—Lo supe más tarde. Era increíble que alguien como tú fuera con alguien como yo.
—No digas tonterías. Además, mira lo bueno que estás ahora —digo y él me mira de forma intensa y sonríe. Luego, se encoge de hombros.
—Eso no es nada. El cuerpo se entrena. —Se queda callado y luego se gira hacia mí—. Metí la pata aquel día, ¿verdad? El día de la asamblea. He estado dándole muchas vueltas y creo que fue así. Esperabas otra cosa de mí.
Asiento, con las manos en el regazo. Desvío la mirada y él me toma de la barbilla y hace que lo mire. Limpia una lágrima de mi rostro.
—Sí. Esperaba que me apoyaras, pero es que era una tonta idealista.
—Yo pensé que así te protegía, Juli. Y luego fui un cobarde por no llamarte, por no irte a buscar. Por no decirte que te esperaría hasta que volvieras.
—¿Lo hubieras hecho?
—Desde luego. ¿No me ves? Siempre te he esperado.
Se levanta y se pasa la mano por la cabeza. Ahí, en contraluz con la luna, pienso que es el hombre más maravilloso del mundo y, sin embargo, tengo que asegurarme. No puedo saltar al vacío.
—Lo siento, Noah. De verdad. Por todo el daño que te he podido hacer.
Se vuelve y me toma de la mano. Luego, se une a mí en un baile sin música, mirándome a los ojos.
—No me has dañado. Solo… no me quieres como yo a ti. Eso pasa a veces, pero me alegro de que hayamos aclarado las cosas. Es un paso adelante para poder avanzar.
—Claro —digo temblorosa.
No sé qué pensar. ¿De verdad me ama? ¿Qué siento yo?
Se acerca a mí y apoyo mi cabeza en su pecho mientras giramos al compás, bañados por la luz de la luna. No sé cuánto llevamos, hasta que él acaba despegándose.
—Has sido lo mejor de mi vida, Juli. Es hora de que ambos pasemos página. Quizá este fin de semana nos ayude a ello.
—Habías dicho si… si te acompañaba al baile. Puede que…
—Sí, ven, por favor. Iremos unos cuantos. Te recojo a las seis en tu casa, ¿de acuerdo?
Asiento. Él me da un suave beso en los labios y se aleja. ¿Se ha acabado? ¿Para siempre?