Capítulo 8. Estrellas
Estrellas
N oah
Subo a ver a Darius a su despacho una vez que se van. Siento que el pecho me aprieta, es como si alguien hubiera licuado el corazón. Él me mira, está al teléfono y me señala uno de los sillones.
Cuando acaba, sonríe.
—Se acabó, Noah. Tengo a ese cabrón de los huevos. Tú no te preocupes de nada. Y también he rescindido mi relación con Barnes. Si él mandó a este tipo y él cambió el proyecto no quiero saber nada de él. Mañana estará aquí y podremos hablar.
—Gracias, Darius. Eres el mejor.
—Lo sé —contesta levantándose—, pero he de decir que lo que me han pasado el tal Marcus y Julieta ayudó. Deberías darle las gracias y de paso echarle un polvo. Está estupenda.
Frunzo el ceño y le da la risa. Bajamos al local y nos reunimos con los demás. Él les hace un resumen y sonríen aliviados. Yo ya empiezo a estar incómodo. Las mujeres nos están mirando, también algún hombre. No es lo que yo quiero.
—Vamos, Noah, anímate —dice Logan—, hay dos morenas ahí increíbles, ya que te gustan así.
—No tiene ni puta gracia —contesto enfadado.
—Yo creo que deberías tener sexo sin compromiso —dice Tex—, algo rápido, o lento, pero te quitaría tonterías de la cabeza.
—Parece mentira que salga eso de ti —le dice Darius y se encoge de hombros. Pero yo niego.
—Me voy. Quiero descansar de toda esta mierda. Necesito no volver a cagarla.
—Está bien, tío. Descansa. Mañana hablamos —comenta mi abogado. Los dejo ahí y me voy hacia mi casa.
Hace años que compré un pequeño rancho a las afueras.
Solo tengo un par de caballos y no cultivo nada, tampoco es que tenga tiempo para cuidar el lugar, pero sí que conseguí plantar árboles y hay un paseo muy agradable, con un columpio donde siempre soñé que mis hijos se montasen.
Todo eso se fue a la mierda. No he conseguido superarla y eso es demasiado malo.
Dejo el coche y camino por el jardín. ¿Por qué construí un banco de madera cómodo donde echarse a ver las estrellas? Por ella. Mi vida ha estado demasiado condicionada, hasta la obsesión y acabo de darme cuenta. Suspiro alterado. Tal vez esto me esté sirviendo para cerrar una etapa.
Ella se fue cuando recibió la beca, eso sí que lo supe.
Su abuela se lo contó a mi madre. Pero no se despidió.
Ni siquiera supe si se había enfadado por la asamblea del día anterior.
La gente se había soliviantado y gritaban.
Ella tomó la palabra, pero siendo una chica de diecinueve años, sabía que no la iban a tener en cuenta.
La noté asustada, pero decidida. Habló de las tierras, del cañón, de esos límites que no se deberían cruzar.
En ese tiempo fue por un casino. Al cabo de los meses se retiraron del proyecto, pero no esa noche.
Ella me miró. Puede que esperaba que dijese algo, que hiciera algo…
, no lo sé. Pero sabía, porque mi padre me había dicho, que si intervenía no habría marcha atrás.
Pensé que quedándome callado la protegería y no porque no creyese en ella.
Pero si la señalaban conmigo, con la explotación de petróleo familiar, iba a ser peor.
No hubo muchos votos a favor y cuando salió, por su mirada, pensé que se había roto algo. Sin embargo, la seguí hasta el río y ni siquiera supe cómo llegamos a acostarnos, a pesar de su decepción.
Recuerdo su piel cálida bajo mis manos, el olor fresco del río humedeciendo las piedras de la orilla y el ruido de la corriente que siempre escuchábamos para tranquilizarnos cuando nos poníamos nerviosos.
Cuando terminamos, no supe qué decir. Nos vestimos en silencio y la acompañé a casa. Y al día siguiente, ya no estaba.
Pensé que podríamos hablarlo, solucionarlo, pero al parecer, ya era tarde.
No me importaba que ella fuera a estudiar, la esperaría, pero sabía que se había marchado para siempre y por eso no la llamé.
Me convencí de que se había marchado porque quería.
Porque tal vez yo no era suficiente. Porque lo nuestro nunca significó lo mismo para ella que para mí.
Solo que… tal vez, si le hubiera pedido que volviera, si hubiera conducido hasta la ciudad, le habría asegurado que la esperaría, que se tomara el tiempo que necesitara, que yo siempre estaría allí. Y no lo hice. La he llamado cobarde, pero soy yo.
Entiendo que no me perdone, ni siquiera sé cómo perdonarme a mí mismo haber perdido la única mujer que me ha importado a lo largo de mi vida.
Miro las estrellas, he salido muchas veces a ese banco, pensando que ella podría estar mirándolas, que de alguna forma, el cielo nos uniría.
Me levanto, enfadado.
—No podrías haberla cagado más.
Me meto en la casa y espero que esta noche pueda dormir.