Capítulo 7. Aquella tarde
Aquella tarde
J ulieta
Salgo de la explotación, conduciendo más despacio. No solo para no asustar al caballo, sino porque las lágrimas apenas me dejan ver por dónde voy. Tiene razón, ¿por qué estúpida idea se me habrá ocurrido volver?
Aparco a las dos millas de recorrer la carretera y antes de entrar de nuevo en la ciudad.
Quería disculparme, comprender por qué está tan enfadado.
Sé que no le escribí. Si pudiera explicarme, si pudiera hablar de todo lo que me duele, le diría que no me fui por impulso, aunque entonces, a los diecinueve, era bastante poco consciente de lo que podía perder.
La tarde anterior a irme fue un desastre.
Hacía un calor húmedo y pegajoso y todo el pueblo nos habíamos reunido en la sala común del ayuntamiento.
Decidí tomar la palabra, temblorosa, pero segura de luchar por algo justo.
Hablé de las tierras, del cañón, de la protección a la naturaleza y de límites que no se debían sobrepasar.
Fue una discusión acalorada y poco a poco, los apoyos que tenía se fueron retrayendo.
Lo miré. No sé. Esperaba que se levantara, como otros.
Que me apoyara. Él era de una de las familias importantes, si lo hacía, muchos lo seguirían.
Solo me miró durante un segundo y pensé que, el hijo mayor de Garza, mi amigo y a veces mi amante, tomaría la palabra.
Daría un paso al frente por mí. Quizá era una niña estúpida entonces, ilusionada por temas demasiado idealistas, pero ¡creía en ellos!
... y pensaba que él también. Lo miré. Se quedó quieto. Observando.
Nadie votó a favor y salí furiosa de la asamblea hacia el río. Necesitaba estar en paz. No quería que de ninguna forma se estropease el entorno y el proyecto parecía que iba a destruir parte de la zona arbolada. ¿Es que no lo veían?
Dejé la vieja camioneta de mi abuela al pie de las escaleras que bajaban al río. Todavía no entendía por qué ese lugar me tranquilizaba tanto. O sí. Puede que ambos solíamos escondernos ahí cuando pasaba algo en el colegio.
Me senté en la arena y al poco tiempo, escuché unos pasos. Sus pasos. Levanté mi rostro lleno de lágrimas y corriendo, se sentó a mi lado.
—Lo siento, Juli. Pero… pero eso que dices no es posible. No todo es blanco o negro.
—Para mí, sí —contesté con fiereza.
No recordaba quién se acercó primero. Si fue él limpiando mis lágrimas o yo que quería que me consolase, como siempre hacía cuando éramos críos. Solo ocurrió. La ropa voló con rapidez y enseguida se introdujo en mí, con fiereza, como si eso no debiera ocurrir. Y aquella fue la última vez, de hecho.
Recuerdo cómo respiraba en mi cuello, me besaba y se ondulaba sobre mí.
Recuerdo el olor de la arena húmeda, el ruido del río Destiny y sus gemidos en mi boca.
Sus manos acariciándome todavía con algo de torpeza, pero provocando que mi piel reconociera la suya como única.
A veces he soñado con ese momento y las sensaciones que tuve. Jamás las encontré con otros hombres.
Después, nos fuimos, en silencio, sin besarnos. Llegué a casa y vi la carta. Me habían aceptado en la universidad, becada. Esa podría ser mi salida.
Empezaba a ahogarme en un lugar que pensaba que nunca me perteneció, ya que fui a vivir cuando murieron mis padres.
Me dije que la distancia me haría ver las cosas con más perspectiva, tal vez la ciudad o lo que sentía por él.
Lo cierto es que fue una huida en toda regla.
Tenía miedo de quedarme y tal vez descubrir que Noah no sentía lo mismo que yo.
Que su compañía o sus besos eran insignificantes.
No me despedí porque pensé que tal vez no me iría.
Y cuanto más tiempo pasaba, más difícil se me hacía volver.
Suspiro y me limpio las lágrimas. Es posible que en ese momento no supiera ver lo que me faltó. No fue deseo, ni conversación, ni amistad, fue el valor para quedarme y hablar con él, preguntarle si me quería de verdad. Y ahora, es demasiado tarde.
Arranco el coche y me dirijo hacia el cañón. Algunas caravanas se han ido y Marcus y Silvy están sentados, delante de la tienda, con el rostro apagado. Aparco y me dejo caer a su lado.
—¿Te ha hablado?
Niego y Marcus me alcanza un café.
—Hemos dicho a todo el mundo que se marche, que seguiremos investigando y que no lo vamos a dejar, pero que es preferible para que no haya incidentes. Y mientras, sigo buscando sobre ese tipo.
—Si lo demanda…. Por defenderme… no sé.
—Fue muy romántico, Juli —dice Silvy—, romántico, pero demasiado impulsivo. Justo lo que ese tío buscaba.
—¿No os dan ganas de mandarlo todo a la mierda? —pregunto y Marcos me mira, elevando una ceja.
—¿Desde cuándo eres tú así, niña? No, para nada. Eres una luchadora y en estas batallas no siempre se gana, pero si no hiciésemos nada, ¿qué ocurriría? Los demás harían lo que quisieran. Y no digo que tu Noah sea un canalla, pero otros sí.
—No es mi Noah.
—¿Eso es todo lo que has escuchado? Esperemos que me conteste mi amigo… mira, por nombrarle. Voy a abrir el mensaje —dice mirando el móvil.
—Léelo en alto —protesta Silvy cuando él lee y sonríe.
—Lo ha pillado, joder. Mira, el tipo este se dedica, como pensábamos, a ir a lugares donde le golpean, lo echan y cualquier cosa que implique un toque físico.
Se ve que el abogado lo ha defendido más de una vez.
Y lo que más me ha gustado es que un tal Clive Barnes le hizo una transferencia de cinco mil dólares a una cuenta a nombre de su madre. ¿Qué os parece?
—¡Joder! ¿Eso es así? Puede que ese indeseable quisiera distraer a todo el mundo del proyecto usando a ese cerdo —digo más animada—. Debo enviárselo a Noah.
—No, se lo daremos a su abogado, Darius King, del club King.
—Ah, sí, ya sé cuál es.
—Es mejor que te alejes de Noah un tiempo, Juli, te hace daño mental.
—Lo sé. Está bien, iremos esta tarde.
—Yo no puedo —dice Silvy—, debo volver al trabajo. Ya me diréis lo que sucede.
Comemos y después me paso por casa de mi abuela. Estoy algo más animada, al menos, Noah podrá evitar una demanda. Y después, creo que arreglará lo del proyecto. O eso espero.
Marcus pasará a buscarme a las siete. Me ha dicho que si no me pongo un vestido decente no nos dejarán pasar, así que sacó uno azul de tirantes y tacones.
No es el más glamuroso del mundo, pero me queda bien, algo ajustado y no demasiado largo.
Me ducho y arreglo en poco tiempo y mi amigo, con una camisa coral que destaca su piel morena y pantalones oscuros, me viene a buscar.
—Estás guapísima, hacía mucho que no te veía vestida de mujer.
—Eres bastante tonto, ¿lo sabías?
—Ojalá Noah te viera así. Se le caerían los ojos al suelo.
—Por favor, suficiente. Le damos la información y nos vamos.
—He oído hablar mucho del Club. Hay habitaciones para sexo, individual o compartidas. Ya sabes.
—No vamos a eso.
—Solo lo digo. Yo estoy casado.
—Arranca.
Él sonríe de lado y llegamos al aparcamiento del club.
Está situado en un edificio a las afueras con un precioso jardín con mesitas para tomar algo.
Es un edificio pintado de color negro con contraventanas rojas.
Justo arriba hay un gran cartel plateado que muestra el nombre, El Club King con una corona encima de la K.
No, si este tipo no es ni modesto ni discreto.
Debe de tener un ego del tamaño de un camión.
Aparcamos y cuando llegamos a la entrada, un tipo enorme y con un traje de chaqueta negro que posiblemente valga el suelo de un mes, nos para.
—Es una fiesta privada. ¿Tienen invitaciones?
—No, pero queríamos hablar con Darius King. Traemos información. Dígale que soy Julieta Muñoz.
Se retira para hablar por teléfono y nos hace pasar, pero abre una puerta lateral y nos indica las escaleras.
—Suban por ahí. El señor King todavía está en su despacho.
Las escaleras también son negras, con pequeñas luces led en los escalones que impiden que me tropiece. Llegamos a un rellano donde hay varias puertas y una de ellas se abre. Un tipo alto, moreno y con una camisa blanca, algo abierta, nos abre con una copa en la mano. Noto que Marcus traga saliva.
—Así que Juli. Pasad, por favor.
—No venimos a molestar, pero mi amigo Marcus ha descubierto algo que podría ayudar a Noah.
—¿Una copa?
—No, gracias. Enséñaselo.
Él deja el vaso en una bandeja y se acerca a nosotros. Huelo su intenso perfume a sándalo que no me afecta en absoluto. Frunce el ceño cuando lee todo y le pide a Marcus que se lo envíe a su correo.
—Bien, esto ayudará bastante, aunque también he averiguado algunas cosas por mi cuenta.
—Si el tal Barnes está detrás…
—Clive Barnes es mi cliente también —dice mirándome fijamente. Me enfado.
—¡Pero vas a defender a Noah! ¡Él es inocente! No puedes defender a ambos. Y si no lo haces…
Él sonríe condescendiente y levanta la mano para que me calle.
—Noah es mi amigo, mi hermano y desde luego que está por encima de Barnes. Pero quiero asegurarme de que todo es cierto y no un montaje.
—No hemos montado nada —protesta Marcus.
—Eso está por ver. ¿Te vas a ir de Dusty Creek? —pregunta a bocajarro.
—Supongo que sí. Tal vez mañana.
—O sea, que otra vez te largas sin despedirte.
Me sonrojo.
—No te importa una mierda, Darius.
—Vale, vale. Quedaos a tomar una copa mientras reviso la información, por si tengo que preguntaros algo más. Bajad por esta puerta.
—Yo no…
—Quedémonos, Juli. Por si hay algún cabo suelto.
—Está bien. Media hora.
—A sus órdenes —dice irónico y lo siento como una burla.
Bajamos por esa puerta, que da directamente al club.
No sé cómo puede vivir allí encima. Marcus me acompaña a la barra donde un chico guapetón y con poca ropa nos pregunta qué queremos.
Ambos pedimos una cerveza, a saber cuánto cobran, pero luego el chico, que dice llamarse Wyatt, nos dice que está pagado.
Nos apoyamos en la barra. Esto parece más bien una orgía encubierta, porque la gente que hay allí está bailando tan pegados que se van a atravesar. Otros, al fondo, ya han perdido parte de la ropa y hay puertas con bombillitas verdes y rojas arriba, como si…
—Joder, son habitaciones para follar e indican si están libres o no —susurra Marcus en mi oído, porque también estaba mirando eso.
Me sonrojo. No es que sea mojigata, pero es algo tan descarado que me asombra. Desvío la mirada y veo a tres tipos, a cuál más guapo, aunque uno de ellos está vuelto. Los tres están con dos mujeres con muy poca ropa. Miro mi vestido, y veo que es totalmente inapropiado.
—Señorita, le apetece bailar, si a su esposo no le importa —pregunta un tipo de unos cuarenta, muy atractivo y sin duda, con mucha pasta, por el reloj de oro que lleva.
—Lo… lo siento, de momento, no —digo. Él me guiña el ojo y se acerca a mi oído.
—Eres una perla exquisita y única entre tanta baratija. Búscame cuando quieras. Soy John.
Se marcha y Marcus se aguanta la risa. Doy un trago a mi cerveza, acalorada. Por algún motivo, miro hacia esos tres tipos, cuando uno de ellos le da un toque al que está de espaldas y él mira hacia donde estoy. Es Noah. Su rostro está tan sorprendido como el mío. Me giro y miro a Marcus.
—Nos vamos. Está Noah.
—No solo está, sino que viene hacia aquí.
—Vámonos ya.
—Tarde.
—Hola, Juli. Hola, Marcus. ¿Cómo…? ¿Qué hacéis aquí?
—Puede que lo mismo que tú —contesto retadora.
—Lo dudo mucho.
—Hemos venido a darle pruebas a tu abogado —dice Marcus, pero él ni lo mira.
—¿Pruebas de qué? —pregunta mirándome a la cara. Parpadeo. No solo es su olor a madera, a cítricos, sino es su porte, sus espaldas anchas en una camisa blanca, esos tatuajes que sé que tiene y que me encantaría recorrer con mi lengua. Aprieto los labios. Esto me está trastornando demasiado.
—De que el tipo al que diste un puñetazo es un estafador —consigo decir. Levanto la mirada y sonríe un poco—. Marcus ha conseguido la información.
—Gracias, Marcus —dice sin dejar de mirarme a los ojos. Empiezo a sentirme incómoda.
—Y nos íbamos ya. Puedes… seguir con tus amigos.
—¿Y si quisiera seguir aquí y hablar contigo?
—No puedes hacerme esto. No puedes odiarme, decirme cosas horribles y luego querer hablar conmigo. Es mejor que me vaya.
Pasa sus brazos a cada lado, apoyándose en la barra y su rostro queda cerca del mío. Mi amigo carraspea y se levanta.
—Hablad vosotros, me voy a dar una vuelta.
Me giro hacia Marcus, pero ya ha desaparecido. Vuelvo a mirar a Noah. Parece estar sufriendo. Quiero pasar mi dedo por su ceño fruncido, pero mi mano no traidora agarra a la que iba directa a su rostro.
—Me voy mañana. Vuelvo y os dejamos tranquilos, para que puedas… conseguir aclarar las cosas.
—Ya veo —dice con una sonrisa amarga—. Vuelves a huir sin afrontar las cosas. Tenía mejor concepto de ti, Julieta María Muñoz. Te enfrentaste a los chavales que se burlaban de nosotros cuando éramos pequeños, y has luchado siempre por lo que pensabas que era justo. ¿Cuándo te volviste una cobarde?
Me estiro enfadada, lo malo, que entonces mis labios se acercan a los suyos.
—No soy una cobarde, Noah Pablo Garza. Solo que tú y yo no somos nada y ni siquiera estamos hechos el uno para el otro.
Se ríe y mueve la cabeza.
—¿No? ¿Eso crees? ¿Y por qué no tienes una relación estable? ¿Por qué no estás casada, comprometida o tienes hijos? ¿No será por la misma razón que yo?
—No —digo con voz débil mientras mi corazón se alborota. No entiendo qué me quiere decir. No quiero… pensar en lo que me quiere decir.
—Maldita sea, Juli. ¿Tengo que… tengo que decírtelo con todas las palabras?
—No. Esto es un error. Tú tienes tu trabajo y tu vida aquí y yo la tengo en la capital. No es compatible y además, me odias.
Se retira, exasperado. Da un paso hacia atrás y se vuelve, mostrando sus anchas espaldas, con las manos en los bolsillos.
—¿Te odio? —pregunta sin volverse. Mueve la cabeza—. Eso será.
Se marcha sin mirarme. Marcus se acerca y silba suavemente.
—Ese tío está loco por ti, Juli. De verdad. Siento haber escuchado.
—No, déjalo. Nos vamos. Somos incompatibles y ya está.
Nos despedimos del tal Wyatt y salimos por la puerta. Tengo ganas de gritar, pero no lo hago. Marcus me deja en casa de la abuela y después de darle las buenas noches, me desmaquillo y me echo en la cama. Aprovechando que nadie me oye, dejo que salgan las lágrimas retenidas de una santa vez.