Capítulo 6. Esta vez, no
Esta vez, no
N oah
—Noah, ¿cómo has caído? Es un provocador —dice Darius cuando salimos de la oficina del sheriff.
—Es un hijo de puta —digo con rabia mientras nos subimos a mi coche.
—Vamos a mi oficina, hablemos.
Conduzco despacio por la calle principal hacia el club. En el piso superior, además de su lujoso apartamento, se ubica la oficina donde atiende a sus clientes.
Abre la puerta y va directo al mueble bar para ponernos dos copas. Voy a rechazarla, pero me siento en uno de los sillones, rendido. ¿Cómo he reaccionado así?
—He visto el vídeo, me ha llegado la versión completa, donde ese tipo insultaba a Julieta y entonces le dabas una buena hostia. Joder, ¿otra vez estás pillado por ella? Tíratela si tantas ganas tienes, pero no vayas de caballero andante, porque te van a joder la pasta.
Lo miro, enfadado con él. Conmigo. Con todos.
—No tienes ni puta idea, Darius.
Se sienta, sonriendo irónico y me ofrece la copa.
—¿Ah, sí? ¿No ha sido un calentón entonces? ¿No has querido defender el honor de tu dama?
—Eres un cabrón.
—Lo sé. Por eso soy abogado. Pero tranquilo, que ya tengo a gente investigando a ese tipo. Lo que tienes que hacer es volverte a tu oficina y trabajar, sin asomarte por el pueblo… o por su cama.
—Mierda, Darius —digo apurándome el trago y dejando el vaso sobre la mesita. Él pone un posavasos debajo. Es bastante maniático con sus pertenencias.
—¿Ves? Por eso yo prefiero el sexo sin compromiso, porque al final te joden por todas partes.
Lo miro asombrado. Él es todo control y frialdad y he visto un atisbo de… ¿frustración? ¿Cabreo máximo? No lo sé.
—Le dije que ojalá no hubiera vuelto.
—Hostia, sí que estás pillado. Noah, ella se va a ir de nuevo, ¿a qué viene volver a comportarte como un adolescente enamorado? Eso ya se pasó. ¿O no?
—Ya no lo sé.
Se acerca con la botella, pero pongo la mano sobre el vaso. No quiero más alcohol. No, porque si bajo mis defensas, acabaré trepando a su habitación.
—Esta noche doy una fiesta privada, vente, echas un polvo y verás como las cosas en tu cabeza se ordenan.
—¿Crees que tengo ganas?
—Es un consejo de tu abogado, chaval. Y no vendrá nadie de este pueblito.
—No sé, tío. De verdad que no me apetece.
—Vendrán todos. Y algo le pasa a Tex. Al menos, hazle compañía.
—Está bien. Siempre me convences —suspiro frustrado.
—Para eso soy tu abogado y no te preocupes por nada, porque yo me encargo de todo.
Me levanto y él me da un abrazo con fuertes palmadas en la espalda. Vuelvo a la oficina, todavía algo trastornado y mi hermana me mira preocupada.
—¿Qué pasó con el sheriff? Darius te sacó, ¿no?
—Sí, se ocupará de todo. Está emperrado que vaya esta noche a su fiesta —digo dejándome caer en la silla de mi despacho. Ella se apoya en el marco de la puerta y asiente.
—No te irá mal. Desde que ha vuelto Julieta estás imbécil perdido. Joder, Noah, que ella se largó y ni siquiera contestó tus mensajes, llamadas, y hasta cartas.
—Hace quince años de eso, Karen —respondo enfadado.
—Y no has tardado ni un día en meterte en su cama, ¿no es así? Ayer no dormiste donde Darius.
—No.
—¡Mierda, Noah! —exclama levantando los brazos—. Te va a dejar fatal cuando se vaya, de la cabeza y del corazón.
Ella tiene razón. Cierro los ojos y enciendo el ordenador. Más vale que me ponga a trabajar un rato.
—Te voy a traer un café por ser una ocasión especial, pero no te acostumbres.
Sonrío y abro el correo. Hay un email que no reconozco. No parece tener virus, así que lo abro.
«Señor Garza, soy John Campbell, abogado del señor Duncan, la persona que agredió delante de la comisaría. Nos gustaría tener una charla amistosa y llegar a un acuerdo antes de ir a juicio. Le dejo mis datos para contactar cuanto antes.
El señor Duncan tiene la nariz rota y desea presentar una demanda, pero le he comentado que usted parece un hombre razonable.
Espero que me conteste hoy mismo,
Un saludo,
John Campbell»
—¡Joder!
Cojo el teléfono para llamar a Darius y a la vez le reenvío el correo.
—Cálmate, hombre. Déjame leer.
—Igual es mejor llegar a un acuerdo.
—Ni de puta coña, Noah. Estos dos se dedican a buscar la oportunidad. Te he dicho que me encargaría yo y así lo haré. Yo le contesto. A un tiburón como yo no le asustan los pececillos. Tranquilízate y no hagas nada, ¿entendido?
—Está bien, tío. Vale. No haré nada.
Cuelgo y mi hermana viene con el café.
—¿Qué ha pasado?
Le resumo todo y maldice como si fuera uno de los chicos que trabajan para nosotros. Sí, como uno en concreto.
—Pareces Manuel hablando —digo con intención. Ella da un respingo, se sonroja y se va deprisa.
Manuel entró a trabajar hace un año en la explotación y es un chaval agradable, pero tal vez tenga que hablar con él, advertirle que mi hermana tiene bastante mal genio.
Como no puedo concentrarme, me despido de ella y me voy a dar una vuelta.
Ella me mira suspicaz, pero no dice nada.
Necesito desahogarme un rato así que voy hacia las cuadras.
Tenemos caballos en la explotación, no son pura sangre como los de Tex, sino altos, de patas fuertes y acostumbrados a llevar peso.
Me pongo el sombrero y subo en uno de ellos.
Avanzo por el campo, lo echaba de menos.
Me acerco a la explotación cuando escucho un coche que se acerca a toda velocidad.
Mi caballo se asusta y se levanta de patas, casi tirándome.
El coche frena deprisa y, cuando voy a darle de hostias al que ha asustado mi caballo, veo que sale Juli.
—Joder, ¿qué haces aquí?
—Me dijo Karen, a regañadientes, que te habías ido a montar.
El caballo se mueve inquieto y acabo bajándome y dejándolo suelto para que mordisquee la hierba.
—Vengo a hablar contigo.
—Pues habla, estoy trabajando, como ya ves.
—Siempre te refugiabas en los caballos cuando estabas mal.
—Mira, Juli, siento haberte dicho eso, pero es la verdad. Desde que has venido has alterado mi vida.
—No pretendía eso. ¿Tan mal te… caigo?
—Joder…
Me giro y me quito el sombrero, rascándome la cabeza.
El cielo está completamente limpio de nubes y las máquinas trabajan en la lejanía, sacando el oro líquido que gracias a dios nos da de comer a muchas familias.
Pensé que mi vida era trabajar. Solo que al verla, los cimientos que había construido resultaron estar hechos de papel y mentiras.
Ella se acerca y se pone frente a mí. Está sonrojada y su cabello se ha soltado de su coleta.
—No me hagas esto, joder. No lo hagas, Juli. Necesito que te marches.
—Me iré pronto, tranquilo. Quería agradecerte que me defendieras de ese indeseable. Marcus está hablando con una gente y le ha dicho que es un buscalíos profesional. Se dedica a ello, para sacar dinero en demandas. Te enviaré lo que sepa. Lo siento, Noah. Jamás quise… herirte.
Se da media vuelta y se marcha. La veo subir al coche y no puedo pararla, porque entonces, si intento que se quede y no lo hace, no habrá nadie quien pueda reconstruir de nuevo mi corazón… y mi vida.