Fuego bajo tierra (Herederos del desierto 1) Capítulo 5. Decepciones
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Capítulo 5. Decepciones

Decepciones

J ulieta

—Pero ¿qué he hecho? —murmuro mientras me quedo en el baño, escuchando. Cuando noto ruido en la ventana, me asomo. Soy una cobarde, lo sé. Se ha ido y sé que parezco una adolescente tonta.

Me meto a la ducha porque me arde la piel. Sí, estaba soñando con él, y por Dios, si sentía su piel y sus labios en la mía. Así tampoco me extraña que me levantase húmeda y caliente.

Salgo de la ducha y me envuelvo con la toalla.

Se me escapa una sonrisa. Él también se ha corrido en su propia ropa.

Joder. Debía de estar muy necesitado. Me muerdo los labios, ligeramente hinchados por sus besos.

Aprovecho para darme crema y desenredarme el cabello.

Como hace buen tiempo, veinte grados fuera, cien en mi piel, lo dejo que se seque al aire.

Me visto, porque quiero ir al supermercado y comprar algo para los acampados. Cuando bajo, mi abuela ha preparado café.

—Pensé que Noah se quedaría a desayunar —dice con una sonrisita y yo me sonrojo.

—No… no. Él estaba, o sea, subió a mi cuarto, había bebido y se durmió.

—No me tienes que explicar nada, tienes treinta y tres años, Julieta María Muñoz. He preparado café.

Lo tomo sin mirarla a la cara. No deja de ser mi abuela. Ella me pone unas tortitas y el periódico local en la cara. Seguramente lo acabará de recibir.

—Mira los titulares. Sloan se ha dejado llevar.

Doy un sorbo al café mientras abro la segunda página.

—¡Joder! La explotación petrolífera Garza va a agujerear el cañón del río Destino.

Luchemos contra ellos —miro a mi abuela y ella me señala el siguiente párrafo—.

Sloan Rivera. Esta periodista ha estado pasando la noche en el campamento que los activistas, encabezados por Julieta Muñoz, han montado en la zona llamada Puente del Diablo.

Allí me mostraron el proyecto que el ayuntamiento de Dusty Creek ha aprobado.

¡Pretenden acabar con nuestro precioso paisaje!

¡Ven a apoyar a los activistas! Hoy mismo nos manifestaremos delante del ayuntamiento a las doce de la mañana.

—Mierda. Mis amigos le han debido mostrar el proyecto. Y eso que les dije que no era seguro. Joder, esto es una cagada…

Me levanto y mi abuela me mira preocupada. Cojo mis cosas y paso de ir a comprar, conduzco hasta el campamento, donde se han unido muchas más personas. Están bastante soliviantadas y eso no es bueno. Tampoco es que quisiera una revuelta popular.

Me acerco a mis amigos y ellos me miran con culpabilidad.

—Joder, íbamos a esperar a que nos dijera algo.

—Solo queríamos… Sloan… lo siento, Juli —dice Marcus.

—Eres demasiado buena persona y ella se ha aprovechado de ti. Ese archivo era confidencial.

Algunas personas del pueblo se acercan a mí y también Sloan. El canal Seis ha llegado y la periodista asignada parece disgustada.

—Esto no era lo que acordamos, señorita Muñoz. Si sabían algo, debían habérnoslo dicho antes a nosotros.

—Puede que haya habido un error con ese archivo. Se lo diré más tarde.

—Está bien, iremos a grabar. Tal vez bajemos al cañón.

Aprovecho para indicarle por dónde ir y Silvy se va, avergonzada, a acompañarlos. Sloan viene sonriendo hacia mí.

—Te has pasado. ¿Y por qué nombrarme?

—Eso está claro, porque eres del pueblo y además, tuviste una historia con Noah. Es un notición.

—Vete a la mierda, Sloan. Lo has fastidiado pero bien.

Escuchamos unas ruedas derrapar y Noah sale, con Karen. Su rostro no es precisamente alegre. Se acerca echando chispas hacia mí y me toma del brazo. Marcus se pone por delante y él le empuja. Hay fotos de móvil por todas partes. Me pongo delante.

—Esperad. Hablemos en privado. Joder, ¿queréis que esto se ponga peor?

—Noah, hablemos —dice Karen mirándome con mala cara.

Los cuatro nos alejamos unos metros, hacia el cortado. Cuando estamos fuera del alcance de todos, él se vuelve, furioso.

—¿Qué pretendías? ¿O ya lo tenías todo calculado? A pesar de que te dije que tenía que mirarlo.

—No lo sabía, joder.

—Es culpa mía. Sloan se quedó a dormir y le mostramos el… archivo, pero no pensamos que…

—Pues pensasteis muy mal —dice Karen—. La habéis cagado y puesto que son documentos confidenciales os vamos a demandar.

—Tranquila —dice Noah. En su rostro hay bastante dolor y se me encoge el corazón—. ¿No sabías que Sloan iba a sacar el artículo?

—Te juro que no. Ni siquiera estuve anoche aquí…

—Ja, a saber —dice Karen—, lo mismo estaba aquí de juerga y se te fue la boca.

—No estaba aquí, hermana. Pasamos la noche… juntos.

—Mierda —digo y me giro al ver la cara de asombro de su hermana y de Marcus. Luego me vuelvo de nuevo hacia él.

—Eso era innecesario.

Se cruza de brazos y no puedo dejar de mirar sus hombros y la tensión que hay en sus músculos.

—¿Por qué, Juli? —No contesto y él chasquea la lengua—. Bueno, da igual. Tengo una reunión con Clive, a ver qué me cuenta, pero igualmente puede que no os libréis de la demanda. Lo mismo la pone él.

Sigo callada, porque no sé qué decir. Él me mira, enfadado.

—Lo siento, Noah —acabo por decir. Mueve la cabeza y se da media vuelta. Su hermana me mira mal y lo sigue. Tengo ganas de gritar y sobre todo, cuando algunos de los del campamento lo abuchean. No se lo merece.

Marcus me abraza.

—Lo siento tanto, Julieta. De verdad. Y no sabía que habíais pasado la noche juntos.

—Ya da igual. Me odia y además, me iré en unos días. Joder, Marcus. Es una auténtica cagada.

—Lo sé. No sé cómo podremos arreglarla.

—Yo tampoco.

—Pero tenemos que ir al ayuntamiento, la gente está muy alterada y quizá tú puedas calmarlos.

—No lo veo así, pero sí, iré a dar la cara.

Hablamos con todos los que están ahí, han venido gente del pueblo y según veo, gente con ganas de empapelar a los Garza, cuando han estado dando trabajo año tras año. Una vez consigo convencerles de que sea una protesta pacífica, nos vamos hacia la tienda de Marcus para tomar un café.

—Así que… recordando viejos tiempos —susurra y creo que se aguanta la sonrisa.

—No empieces, tío. Al parecer bebió de más y supongo que no quiso conducir. Solía subir por la celosía de casa, cuando… éramos jóvenes.

—Es muy romántico, Juli. De verdad. Y el hombre está como un tren. Ahora, un tren cabreado, a decir verdad.

—Es que Sloan no tenía derecho a inventarse cosas solo por buscar el titular.

—Nos contó que se iba a divorciar y que necesitaba el trabajo, supongo que nos dio pena.

—No sé si eso será verdad, pero si nos demandan… si me demandan… te juro que no sé cómo lo haré. Yo no tengo tanto dinero.

—Nosotros te ayudaremos.

—No se trata de que podáis prestarme lo que sea. Además, Noah tenía otro proyecto, no ese. Algo ha pasado.

—¿Confías en que dice la verdad? O sea… ya sabes.

—Sí. Si algo es Noah es honrado. No tendría sentido mentirme. Podría haber dicho, sí, es el proyecto y ya está. Pero parecía tan sorprendido que eso no se puede fingir.

—Ya veo. Voy a decirle a un amigo que investigue a ese Clive Barnes, este tipo es capaz de meterse en cualquier cuenta. No es un hacker pero casi.

—Si no es ilegal…

—No he escuchado esa palabra —dice tapándose los oídos y no puedo evitar reírme un poco—. Mira, si ese tipo está jodiendo a tu chico, lo averiguaremos, y así solo lo haces tú.

—No es mi chico y ¿qué hago yo?

—Joderlo en el sentido bíblico de la palabra. Seguro que ha aprendido más de un truco desde que teníais dieciséis.

—¡Marcus! ¿Cómo es que te has vuelto tan descarado?

—La influencia de Silvy —dice riéndose. Yo sonrío. Siempre fue tímido y le costó dar el paso de unirse a su marido.

—Somos una mala influencia para ti.

—Al contrario, a mi marido le chifla que diga palabrotas cuando estamos en la cama. Le ponen muchísimo.

—Oh, vaya. Pues nada, a darle duro.

Nos echamos a reír y me levanto. Faltan unos veinte minutos para la concentración y la gente empieza a marcharse hacia la ciudad.

Nos montamos en el coche, la furgoneta del canal seis viene detrás y también algún periodista de la zona.

No me gusta arreglar las cosas de esta manera.

Yo quería una protesta pacífica y se me ha ido de las manos.

Cuando llegamos, no hay demasiada gente y el sheriff y sus ayudantes se han colocado delante del ayuntamiento. Marcus me empuja para hablar con ellos.

—Buenos días. Soy Julieta Muñoz.

—Ya lo sé. ¿Por qué has organizado esta concentración?

—Mire, no quiero ser irresponsable, pero no salió de nosotros. Pretendíamos acampar en el cañón y vigilar el tema, no protestar en el ayuntamiento. Si le parece, hablo con ellos para que se tranquilice.

—¿Es eso cierto? Porque a punto he estado de ir a detenerte.

—¡Sheriff! No vamos a hacer nada. Intentaré convencerlos de que se vayan pacíficamente.

—Si pasa algo, serás la responsable, Julieta.

Asiento, más molesta que otra cosa, porque si hubiera verdaderos motivos para montar una buena, lo haría, pero todavía no estoy segura. Me pongo delante y Silvy me pasa un megáfono.

—Buenos días a todos. Algunos me conocéis, soy Julieta Muñoz y, junto a mis compañeros, hemos acampado cerca del cañón, para asegurarnos de que no se rompe el equilibrio natural del lugar.

Pero también os digo que hemos hablado con el señor Garza y están mirando el proyecto para ver cómo se puede mejorar y que no haya impacto medioambiental. Esta concentración es innecesaria.

—Claro, porque te acuestas con él. ¡Vendida! —grita alguien. Se escuchan protestas.

—Mi vida privada es mía —contesto molesta—, y esa información no se debía de haber publicado puesto que es algo que podría no ser cierto. Lo único que os pido es que dejéis a la empresa que nos explique el proyecto antes de realizar ninguna otra acción.

La gente empieza a protestar y un coche aparca al fondo. Él, con su presencia y el ceño fruncido aparece y todos le abren paso. Se coloca a mi lado y le dejo el megáfono, pero lo rechaza.

—Estimados vecinos —empieza con su profunda voz—.

Como la mayoría de ustedes saben, la empresa petrolífera Garza lleva en este pueblo más de treinta años, proporcionando trabajo a muchos de los que están aquí.

Nuestra intención no es destrozar ese magnífico paisaje.

El proyecto original pasa a varias millas del cañón, con un corredor verde que hará las delicias de cualquiera que desee pasear.

Por un error, y en eso tienen razón por protestar, se presentó otra opción que se desechó en primera instancia por el impacto que iba a causar.

Por tanto, les pido que tengan paciencia y en unos días presentaremos públicamente el verdadero proyecto que, como podrán comprobar, no es el actual.

—Entonces, ¿por qué ese es el que está en el ayuntamiento? —pregunta Sloan grabando con su móvil.

—Como he dicho antes, es un error que vamos a subsanar. Gracias por su paciencia.

Se baja de las escaleras sin mirarme y se aleja, mientras los demás murmuran. Algunos se retiran y yo voy detrás de él, pero alguien me para y me empuja. Ni siquiera lo conozco.

—Oiga, déjeme en paz.

—Mucho organizar protestas, pero luego te bajas las bragas y se acabó.

—¿Qué se ha cre….?

Un puñetazo le da al tipo en toda la cara y se lía.

Noah ha vuelto y está furioso. Marcus lo aparta y el tipo, en el suelo y con la nariz sangrando, lloriquea y mira a la cámara.

El sheriff se acerca y le pide a Noah que lo acompañe dentro.

Voy detrás de él. Se acerca el servicio médico para atender al hombre y el resto empieza a gritar.

—Vaya mierda, joder —digo frustrada mientras sigo a los dos hombres. Noah está furioso—. Sheriff, sheriff, para, lo han provocado, joder. Hay gente que siempre quiere montar bronca. ¿No lo has visto?

Noah se aparta a un lado y el policía se vuelve.

—Le ha pegado delante de toda la gente y aprovechará para denunciarle. Si no queríais follón, no haber hecho nada. ¡Joder! Noah, tengo que ficharte.

—Vale —dice apagado. Se vuelve hacia mí—. Vete, Juli. Ya has causado bastantes problemas. Ojalá no hubieras vuelto.

Me quedo lívida mientras ellos se alejan hacia la oficina. Marcus entra y me toma del brazo. No sé ni cómo salgo, por suerte, todo se ha calmado y nos vamos hacia el coche.

—Ese tipo me resulta familiar, Juli. Le he dicho a ese conocido que lo investigue. Ya ha colgado la agresión en las redes, ha sido inmediato, pero sin la primera parte, cuando te insultaba. He hablado con algunas personas y me van a enviar otro vídeo.

—Esto es un error. Joder, Marcus. Yo no quería esto.

Nos montamos en el coche y me lleva a casa, aunque insisto en ir al campamento, pero comprendo que es mejor. Mi abuela sale a recibirme con un abrazo.

—¿Estás bien? Me han pasado un vídeo. ¡Qué lío!

—¿Me dejas verlo? Por cierto, ¿te acuerdas de Marcus?

—Por supuesto, ya era hora de que volviera a verte, hombretón. Mira, mira mi móvil.

—Es de una vecina. Mira. Ese tipo habla por teléfono y parece cabreado. Luego, es cuando habla conmigo, mirando hacia Noah. Sin duda estaba todo más que preparado para que él reaccionase. Voy a publicar el vídeo y se lo enviaré al sheriff.

—He encontrado su cuenta —dice Marcus—, y adivina qué. Es el típico que va a protestas, como si fuera un gran defensor de las causas perdidas, pero acaban dándole de hostias siempre.

—Como si lo buscara.

—Exacto, Juli. Dadme unos minutos antes de publicarlo.

—Quedaos a comer. ¿Cómo está Noah?

—Mal. Me dijo que… bueno, estaba enfadado y…

Me echo a llorar y mi abuela me da la mano para que nos sentemos en el sofá.

—Ay, cariño, si te sigue gustando como cuando eras pequeña.

—No, se ha enfadado y con motivo. Tendría que haberlo hecho de otra forma, sin tanta publicidad. Quizá podríamos haberlo arreglado bien. Y ahora me odia.

—Lo dudo mucho. Ese chico ha bebido los vientos por ti toda la vida. Ni siquiera sé por qué te fuiste y no volviste con él. Si hay un motivo de peso, lo entendería, pero…

—Sí y no, abuela. Déjalo. Creo que deberíamos desmontar el campamento y marcharnos.

—Espera, impaciente —dice Marcus—, te he pedido unos minutos. O puede que un día. ¿Podrás quedarte quieta hasta entonces?

—Debería… disculparme. Hablar con él.

—Me da que está muy enfadado, Juli. ¿Por qué narices no esperas un poco hasta que sepa algo y con eso vas a verle? Joder. Ya no sé cómo decírtelo.

—Marcus tiene razón. Si encontráis algo que lo exculpe, aunque la verdad, fue un buen puñetazo para defenderte, eso no lo olvides, tal vez vuelva a hablarte.

—Está bien, esperaré.

Voy a darme una ducha rápida mientras escucho a mi abuela en la cocina. Marcus está hablando por teléfono y yo solo veo en mi mente su rostro de absoluta decepción.