Capítulo 4. Escalada nocturna
Escalada nocturna
N oah
Mateo me lleva al Club, y en nuestro rincón, el que siempre nos reserva Darius, está ya Logan tomándose una cerveza. Tiene el ceño fruncido, algo raro en él, pero sonríe cuando nos ve.
Nos sentamos y la camarera viene a tomarnos nota. Pido un whisky y mis amigos me miran sorprendidos porque no suelo beber. Tex se pide una cerveza y Logan otra. Darius llega entonces con una copa y se deja caer, algo inusual en él.
—¿Qué tal el abogado?
—Mejor no hablemos. No estoy de humor para ello. ¿Cenaste con Juli?
—Sí. Y justo esto quería comentaros.
—¿Te la has tirado otra vez? —pregunta Logan y me dan ganas de darle una hostia. Al ver mi cara asiente—, eso es que no. ¿Qué pasa, tío?
Logan es piloto y el dueño del aeródromo privado a las afueras de Dusty Creek. Resultó que es el enlace entre un complejo vacacional y la ciudad, además de otros servicios y se está forrando, llevando a gente de altas posibilidades de un lado para otro.
—Habla, estamos en confianza —dice Tex.
La camarera se acerca con nuestras copas y le guiña un ojo a Logan que sonríe encantado. Ya sabemos dónde acabará esta noche.
—Es algo extraño. Veréis, me enseñó un proyecto que no es el que pretendo hacer, pero es el que se presentó en el ayuntamiento y no entiendo nada.
—¿Cómo? —pregunta Darius extrañado—. Explícate.
—Ya sabéis que pretendía crear un corredor verde al sur y más allá, el oleoducto, aunque nos costase casi el doble. No quiero destrozar el cañón. Pero según el que me enseñó Juli va justo por la zona de las cuevas.
Logan suelta un silbido.
—¿Cómo es eso? —pregunta el abogado.
—Ni puta idea, Darius. Y lo peor es que aparecía mi firma. No me extraña que se hayan movilizado.
—¿No lo fuiste a presentar tú?
—Se envío toda la documentación por… por mi correo.
—Entonces puede que alguien te diera el cambiazo. ¿Quién tiene acceso a tu correo? —pregunta Darius.
—Mi hermana Karen, mi asistente, no sé. No es que lo cierre. Si alguien entra a mi despacho…
—Mal hecho, tío —dice Tex. Los demás asienten.
—¿Has hablado con Clive? Aunque me parece que está en Washington. Ya sabes que es mi cliente también —comenta Darius.
—Mañana pensaba hablar. Es que no lo entiendo. ¿Ha cambiado el proyecto? Joder, no sé qué pensar. Me siento imbécil.
—Hay muchas formas de engañar a la gente —me consuela Tex—. Mañana habla con Barnes o te vas al ayuntamiento. Y con tu hermana. Seguramente a ella le han engañado de igual forma.
—Sí, eso haré. Estoy jodido —digo apurándome el vaso. Darius hace un gesto y me traen otro.
—Y yo que os iba a invitar a una fiesta privada —comenta el dueño del local—, han venido un grupo de gente para pasar unos días agradables, ya sabéis.
—Sí, turismo sexual —digo molesto. Él se encoge de hombros.
—El sexo es el mayor negocio del siglo, y puesto que yo no tengo caballos, petróleo o una flota de aviones, tengo que aprovechar el momento.
—Yo paso —digo y me termino el vaso.
—Me apunto —dice Logan. Mateo niega con un gesto y se queda conmigo. Los dos se van a follar un rato. Y no es que no tenga ganas, pero no con cualquiera.
—¿Y Juli? ¿Te ha afectado?
Resoplo. Mateo ha sido mi amigo durante los últimos diez o doce años. He hablado mucho con él de ella. Luego se incorporó Logan y finalmente Darius, que llegó a la ciudad hace seis y abrió el Club.
—Sí, la verdad. O sea, ¡joder! No pensaba que lo iba a hacer, ¿sabes? Pensaba que la había olvidado.
—Los primeros amores no se olvidan nunca —dice y mira a otro lado. creo que hay algo en él, pero siempre ha sido reservado para abrirse, incluso a mí.
—¿Estás bien? ¿El rancho?
—Todo bien, Noah. Tranquilo. Me recordó a una historia que tuve, sin más.
—Pero ahora sales con Belinda.
—Tampoco es que salga muy en serio. Me gusta y yo a ella. No sé, tío. No es el amor de mi vida. No es como lo que tú sentías por Julieta.
Carraspeo y tomo una copa más. A estas alturas, estoy más que mareado y demasiado afectado por todo lo que está pasando. Decidimos despedirnos. Tex va a dormir con Belinda y yo le digo que me quedaré en casa de Darius, no será bueno que conduzca así.
Solo que no voy a su casa.
Me tambaleo por la calle, y en un momento dado tengo que parar para sujetar mi cabeza. Joder, hacía mucho que no me afectaba tanto el alcohol. O tal vez hacía mucho que no bebía.
Mis pasos me llevan a su ventana. Ni siquiera sé si… aunque está su coche. No sé cómo acabo subiendo por la ventana, como cuando era joven y cómo acabo echado junto a ella, empalmado y amodorrado.
Hasta que me despierto. No ha amanecido y al principio, me siento desorientado.
Luego, recuerdo. Voy un momento al baño y vuelvo a la cama.
Debería irme, pero sentir su cuerpo a mi lado me pone durísimo.
La miro con detenimiento. Su cabello está descontrolado y respira agitada.
Se ha destapado por el calor y tiene un pecho casi fuera del pijama. Mi erección va en aumento. Joder.
Soy un puto acosador, pero no puedo evitar acariciar su brazo con un dedo. Su piel es como siempre, suave, tersa y con olor a melocotón. Acerco mi nariz a su cuello, ella está medio vuelta y suspira.
—Noah… —murmura y una gran sonrisa ilumina mi cara.
Mis labios van solos a rozar su piel y mi barba acaricia su cuello.
Noto como se eriza su pezón y casi tengo un orgasmo ahí mismo.
Ella gime y se gira para ponerse boca arriba.
Ahora sí se le ha salido un pecho. Me aparto, contrariado y quiero sujetar mi cuerpo, pero es como un maldito imán.
Mis labios atrapan su pezón y la lengua lo endurece como una piedra.
Ella gime y se retuerce y me aparto, subiéndole el tirante.
Esto está muy mal. No he debido hacerlo…
La miro y ella abre los ojos, al verme tan cerca, se sobresalta y después se muerde el labio.
—Buenos días, y gracias por haber evitado que me la pegase en el coche.
—Claro… podrías… ¿podrías apartarte un poco?
—¿Eso quieres? —pregunto mirando sus labios—. Es pronto… no tengo que irme ya.
—Sería un error, Noah. No… no…
—¿No qué, Juli? Te despertaste gimiendo. ¿Soñabas conmigo?
Se sonroja y me mira. Estoy de lado, algo incorporado y la cadena que siempre llevo ha bajado hasta ella. La acaricia, vuelve a morderse el labio y asiente. Me acerco y nota mi dureza.
—Yo también he soñado contigo.
Su mano acaricia mi hombro y sube hasta el cuello, delineando mis tatuajes.
—Antes no tenías.
Me giro y atrapo su dedo con mis labios, lamiéndolo. Se le escapa un pequeño jadeo y me agacho, con lentitud para darle un beso en la mandíbula, pasar por su cuello con un toque de lengua incluido. Antes de llegar a su pecho, me levanto.
—Algún día te explicaré su significado.
—Deberías irte…
Pero no se aparta.
—¿Sigo?
Ella asiente y mi mano atrapa su pezón, pellizcándolo suavemente, lo que hace que ella se arquee.
Tengo que controlarme para no correrme ahora mismo.
Le bajo la camiseta y me dedico a sus pechos mientras mi mano quiere explorar mucho más abajo, donde empieza su ropa interior.
El calor que sale de ahí es tremendamente adictivo y su centro acaricio por encima, haciendo que ella casi dé un bote.
—Ay, no deberíamos —susurra, pero me da un suave mordisco en el hombro que hace que me vuelva loco. La callo con mis besos y acabo metiendo la mano dentro, para encontrar su humedad. Ella gime en mi boca y masajeo con el dedo su clítoris hinchado y completamente empapado.
Aprovecho para meter uno de mis dedos en su interior y ella se retuerce, pero no suelto su boca.
Que gima en la mía me pone cardiaco. Me aprieto a su muslo y me muevo contra ella.
Dejo su boca y le atrapo un pecho mientras muevo mi mano más deprisa, hasta que ella se deja llevar con un gemido.
No puedo evitar correrme a su lado, dentro de mi ropa interior. Joder, ni de crío me pasaba esto.
Me dejo caer en la cama, agitado y ella me mira. Me meto el dedo en la boca, saboreando su humedad.
—Deliciosa, como siempre.
—Esto ha sido un error, Noah —dice volviéndose hacia mí. La atrapo y la pongo debajo de mí.
—¿Tú crees? Podría bajar ahí y lamer tu humedad y volverías a tener un orgasmo.
—No… no harías eso.
Sonrío.
—Me muero de ganas. Y de follarte aquí, en mi casa, en la cueva. De mil maneras.
Ella se sonroja y jadea, pero cuando atrapo un pecho con mi mano, la quita.
—No digo que no haya sido… satisfactorio, pero tienes que irte. No quiero que mi abuela se despierte y ande preparando la boda —dice con una sonrisa forzada.
—¿Tan malo sería, Juli?
No dice nada, se levanta y va al baño. Me visto, limpiándome algo y bajo por la ventana. Cuando haya salido, ya no estaré. Cojo la furgoneta y me voy a casa. Necesitaré una o dos duchas frías. Por lo menos.