Fuego bajo tierra (Herederos del desierto 1) Capítulo 3. Los primeros amores difíciles de olvidar
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Capítulo 3. Los primeros amores difíciles de olvidar

Los primeros amores difíciles de olvidar

J ulieta

Paso por casa de mi abuela y me cambio. Ella se va a la cama ya y me mira esperanzada, pero le doy largas. No quiero que se ilusione con nada. Me pongo ropa cómoda y cojo una bolsa. Al final, sí quiero ir al campamento y contarles a Marcus y Silvy lo del proyecto.

Me subo al coche y llego al campamento. Hay tres caravanas aparcadas y un par de tiendas. Están preparados para la movilización. Sloan se acerca a mí con una taza de café.

—Hola, Julieta, me alegro de volverte a ver por el pueblo.

—Gracias, Sloan. ¿qué tal te va la vida?

—Normal. En un pueblo tan pequeño, ya sabes. Pero no puedo quejarme. Que… quiero decirte que yo estoy en contra de que hagan obras en el cañón, no solo vengo por cubrir la noticia.

—Gracias, Sloan. Que digas eso es importante para mí.

—Siempre me caíste muy bien, la verdad. Aunque tú solo tenías ojos para Noah. Erais como una piña inseparable. Todavía no entiendo por qué…

—Sloan. Ya. Tengo que hablar con mis amigos. Te veo luego.

—Claro, gracias por dejar que me quede.

—Desde luego, cuantos más, mejor.

Me alejo de ella con una sensación agridulce.

Es verdad. Estaba unida a Noah desde pequeños y de adolescentes no nos separamos.

A él, por su corpulencia, no le gustaba jugar al futbol ni a cualquier otro deporte.

Yo solo tenía un ojo en el cielo y otro en los libros.

Solo él me comprendía. Mi abuela decía que éramos almas gemelas y cuando mis padres tuvieron el accidente con mi hermano, fue él quien me hizo salir del pozo donde caí. Lo amaba. Lo quería de verdad.

Me limpio con fiereza las lágrimas de la cara y avanzo hacia la tienda. Marcus está sentado en una manta con una taza de infusión en la mano. Silvy mira hacia el cañón embelesada. Alguna vez les expliqué lo bonito que era pasar la noche allí, supongo que me quedé corta.

—Hola, chicos —digo, dejándome caer en la manta de mi amigo. Él pasa un brazo por mis hombros.

—¿Quieres un té? Acabo de hacerlo.

—Gracias, sí. Tengo algo importante y quiero que me ayudéis a comprenderlo.

—¿Noah te devoró? —pregunta Silvy divertida.

—No seas así. No. Hablé con él y le mostré el proyecto. No era el que iba a presentar.

—¿Cómo? —dice Marcus mientras me da una taza humeante.

—No.

Les explico lo de su socio Barnes y lo del proyecto que él quería realizar, que, dentro de que es excavar la tierra, es desierto y quería crear una zona verde. Ellos se miran, entre suspicaces e incrédulos.

—¿Y un tío como Noah no va a saber el proyecto que se presenta? ¿O las obras que se están ejecutando? ¿No será que lo hace para llevarte a la cama?

Miro a Silvy molesta.

—Él es muy inteligente, pero… quizá podrían haberlo engañado.

—No me fío —dice Marcus—. Creo que quieres escuchar eso, que él no sería capaz de hacer algo así. Lo siento, Juli, pero el proyecto es el que está presentado y tiene su firma.

—¡Joder! —exclamo y me levanto hasta la zona del cañón. Se escucha allá abajo el río Destiny. Medio sonrío. Noah decía que el nombre le encantaba, que estar ahí, en Dusty Creek era justo lo que siempre había soñado. Nunca supo la razón.

Nos acostamos cuando tenían diecisiete. Fue una experiencia un tanto torpe, aunque luego mejoró.

A los dieciocho pasó de ser el gordito nerd de la clase a un tipo atlético, pero seguía siendo él.

Él, con un grupo de animadoras detrás, eso sí.

Supo que se sentía halagado, ¿quién no? A mí me habían crecido las curvas y ambos, de ser los típicos patitos feos, resultaron ser dos cisnes.

Pero su relación continuaba y, aunque no solían acostarse, quizá por timidez o porque eran demasiado amigos y no querían perder eso… hasta que se jodió del todo.

Suspiró y Marcus le trajo su taza de té.

—Te salen los recuerdos por las orejas. Debió de ser glorioso, ¿no? digo salir con un tipo como Noah.

—No siempre fue así. Antes éramos… fuimos los últimos a los que nadie echaría ni una sola mirada. Él estaba gordito, yo era plana, sin curvas, con gafas y aparato en los dientes. Además, ambos éramos los mejores en ciencias. No sé.

—¿Entonces? ¿Qué pasó?

—La vida pasó. Nos cambió y cada uno volamos por distintos lugares.

—A juzgar cómo te miraba, creo que para él no pasó.

—Creo que, en el fondo, no le gustaba tanto… Me fui y él no hizo nada.

—O puede que te quisiera tanto que te dejó ir para que cumplieras tus sueños.

¿No lo has pensado así? Yo no le dije nada a mi marido hasta que acabó sus prácticas en el hospital.

Estaba demasiado estresado como para pasar de un polvo aquí o allá.

Pero cuando se estabilizó, entonces sí di el paso.

Hay amores que cuecen a fuego lento y otros que se mantienen calientes, con una temperatura estable hasta que se ponen a hervir.

Creo que vosotros sois de esos, porque en los diez años en los que te conozco, no has pasado de un par de meses con nadie.

—Eres insoportable, Marcus —digo tomando un sorbo de la infusión.

—¿Insoportable porque te digo la verdad? Entonces sí lo soy. Te quiero mucho, Juli, eres como una hermana, eres mi familia. Y me jode que no hayas superado a Noah.

—Lo he superado, estás confundido.

—No soy estúpido aunque no tenga tu C.I. Acuéstate con él, echa un polvo y mira si es eso. A lo mejor solo es lo que te falta. Y tiene pinta de ser un empotrador.

—¡Basta ya! Te estás poniendo muy intenso, Marcus. Vamos a pensar qué hacer en lugar de… esto.

Se echa a reír. Me toma de la cintura y nos sentamos para hablar de nuestro siguiente paso.

—Me ha dicho que me llamará cuando sepa algo. Esperaremos a que lo haga.

—Está bien —dice Silvy—, y deberías dormir con tu abuela, que te echará de menos.

—Había traído la bolsa para estar con vosotros.

—Te tenemos muy vista. Ve con tu abuelita.

—Está bien.

Les doy un abrazo a todos. Tienen razón.

A Marcus lo veo a diario porque trabaja un piso más arriba que el laboratorio donde trabajo.

Él es el jefe del departamento de recursos humanos de su empresa.

Con Silvy comparto apartamento y somos como hermanas, aunque nunca como con Marcus.

Ella es preciosa, encantadora y además enfermera en un centro privado. Los quiero muchísimo.

Cojo el coche y me voy a la casa de la abuela. Ya son cerca de las doce e imagino que estará dormida, así que entro con mucho sigilo, me aseo y me meto a la cama.

No creo que lleve mucho tiempo dormida cuando una mano atrapa mi boca. Pataleo, pero enseguida noto el olor.

—Si no gritas, te suelto —dice Noah. Por su voz, diría que… ha bebido.

—¿Qué coño haces aquí? ¿Estás loco?

Se acerca a mí, y miro la ventana. Joder, él subía a veces por ella, para estar un rato juntos. Enciento la suave lamparita de la mesilla y lo veo con los ojos brillantes y un olor fuerte a whisky.

—Quería verte y di… disculparme. Ese… proye… proyecto no es mío. Yo… mi abogado…

—Vale, mañana lo vemos. Estás como una cuba. No querrás conducir así.

—Yo… no…

—¿Por qué has bebido tanto?

Está sentado en mi cama, y su mano acaricia mi rostro, baja la mirada a mi pecho, y siento que mis pezones se marcan cuando él abre los ojos un poco más.

—Juli… ¿por qué me dejaste?

—No estás para hablar. Está bien, quédate a dormir, pero no me gusta nada.

—No… me iré… me voy… —se levanta tambaleándose. Jamás lo había visto así. Me pongo delante y lo paro con la mano. Si sale por la ventana se caerá. Lo que no sé es cómo ha conseguido subir.

—Escucha, Noah Garza. Te vas a quedar aquí y punto. Mañana al amanecer te largas. ¿Entendido? Y no pienses que vas a hacer nada.

Él niega, así que lo hago sentarse en la cama y le quito las botas. Me muerdo el labio.

—Quizá deberías quitarte los pantalones, y con eso no quiero decir nada más —digo porque él tiene una sonrisita tonta. Se levanta y me saluda en forma militar.

Me pongo delante y desabrocho el pantalón. Oh, dios, eso me trae recuerdos demasiado agradables. Se lo bajo y veo su bóxer abultado. Lo miro con mala cara y se encoge de hombros.

—Siempre me ponías duro, Juli. Todavía… lo haces.

—Mierda, Noah. Siéntate y levanta la pierna.

Consigo quitarle el pantalón y él, antes de que lo impida, se quita la camisa. Su pecho está cubierto de tatuajes y se me hace la boca agua, pero apago la luz y le hago echarse.

Me pongo al otro lado y sí, huele a alcohol, pero también a él. Se acerca a mí y pone la mano en mi cintura.

—No, nada de eso, sin tocar o dormirás en el suelo.

—Serías tan… ¿tan cruel? —balbucea enterrándose en mi cuello. Ahora soy yo la que está ardiendo. Porque sus manos han acabado en mi cintura, acariciando mi piel ya erizada.

Le doy un manotazo y lo aparto.

—Te lo digo en serio. O te duermes o te echo. Tú verás.

—Joder, Juli. Te deseo.

—Duérmete, por favor.

Acabo por quitarle las manos y se pone boca arriba. Con la luz que entra por la ventana, veo su enorme bulto donde la sábana se apoya y sí, joder, yo… estoy húmeda, pero no soy así.

Él empieza a respirar más pausado y lo oigo murmurar, pero acaba durmiéndose.

Me giro para ver su perfil contra la ventana.

Tiene la nariz recta y los labios delineados.

Eso siempre me gustó. Aunque, cuando nos echábamos juntos en la hierba o sobre la arena, solo por estar juntos, lo que me fascinaba eran sus largas pestañas.

Le hacía cerrar los ojos solo para ver cómo sombreaban su mejilla.

Incluso cuando él no era como es ahora, me gustaba. Me encantaba.

Suspiro y me dejo caer sobre la almohada. Joder, si es que fue mi primer amor y nunca lo he olvidado.