Fuego bajo tierra (Herederos del desierto 1) Capítulo 1. El regreso #2
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Capítulo 1. El regreso #2

Un cierto desconcierto, un micro gesto pasa por su rostro. Sigue teniendo un maldito rostro perfecto, con labios hechos para besar.

—En realidad no venía por eso. Venía a saludarte —dice mirando a Marcus con mala cara—. Me gustaría hablar de este tema y si tú eres la responsable de este tinglado, podemos cenar juntos y ver soluciones.

—¿Soluciones? ¡Si ya habéis empezado con las obras!

—Solo en lo que concierne a mis tierras. Estamos abiertos a escuchar posibilidades.

—No te lo crees ni tú —dice Marcus apretándome el hombro. Puede que… me haya quedado tonta mirándolo.

Se remanga la camisa con parsimonia, dejando ver sus torneados antebrazos y el principio de unos tatuajes que querría investigar antes de cruzar los brazos.

—¿Eso queréis? ¿Una lucha antes de intentar ver opciones? Si es así, estáis perdidos. El dinero siempre gana —contesta con un deje de amargura.

—Está bien, cenemos. Hablemos de lo que sea.

Él deja caer una lenta sonrisa, mirándome a los ojos. Siento que estoy cayendo en una trampa.

—Debería ir contigo. Soy su prometido —dice Marcus y casi doy un respingo. ¿A qué viene eso?

—No es una cena personal —responde Noah más serio—, pero a ti no te conozco y a ella sí. No me apetece hablar con cualquiera. O es con ella o nada.

—Iré. Está bien.

—A las siete en Fratelli. Ven si quieres y si no, pues ya procederemos de otra forma.

—No nos amenaces —dice Marcus. Lo mira de arriba abajo, se da media vuelta y se monta en su caro coche. Sale despacio, mirándome por la ventana con la mandíbula tensa y el brazo apoyado en la ventanilla. Me giro hacia mi amigo.

—¿Qué ha sido eso?

—¿No lo has visto? Quería… devorarte. Al menos, iréis a lo principal y no a miraditas cargadas de sexo.

—Yo también he visto que te devoraba, Juli —dice Silvy.

Me desprendo de mi amigo y me alejo, molesta, hacia el cañón.

La tierra rojiza no se mueve, hoy no hay viento y el calor pasará de los treinta grados sin duda.

El río Destiny corre por el fondo a buena velocidad, con múltiples árboles y arbustos crecen asomándose al cañón.

Hay cuevas por todas partes, donde viven los pájaros que me comentó mi amigo.

No, no dejaré que destruyan esta maravilla.

—¿Te enseño las alternativas para que las hables con ese tipo? —dice Marcus intentando que me anime.

Nos sentamos delante de la tienda y durante un buen rato, hablamos de temas ecológicos y legales. Cuando lo tengo claro, me despido de ellos. He prometido ir a comer con mi abuela, aunque quizá esta noche venga a dormir. Pronto aparecerá el grupo con las caravanas y montaremos un campamento.

Me despido de ambos y llego a casa. Subo directamente a mi habitación, aunque la escucho cacharrear en la cocina. Después de ducharme, voy a ayudar a mi abuela a poner la mesa. Todavía llevo el cabello mojado y una camiseta de tirantes sin sujetador, con pantalones cortos. Más cómoda imposible.

Al entrar, me quedo parada.

—Hola, Juli. Me encontré a tu abuela y me ha invitado a comer —dice Noah mirándome de arriba abajo—. Así hablamos más tranquilos.

—Pero ¿qué? —jadeo molesta, avergonzada y ardiendo, porque siento sus ojos revisando cada centímetro de mi piel—. Voy a cambiarme —susurro.

Escucho una pequeña risa y subo a mi habitación, murmurando enfadada.

Me pongo ropa interior, una camiseta negra y pantalones de tela largos.

Además, me calzo. Maldita sea. Es como… como si me hubiera visto desnuda.

Bajo de nuevo y me quedo de pie, con el ceño fruncido.

Él sigue teniendo esa sonrisa que borraría con… con mis labios. Joder.

La abuela sale de la despensa y me mira.

Luego a él, que está apoyado en la encimera tomándose una cerveza tranquilamente.

Lleva una camiseta negra también, pero a diferencia de la mía que es ancha, esta se ajusta a su pecho y a sus hombros anchos y moldeados.

Lleva el cabello oscuro corto y barba delineada. Sus ojos, grisáceos, me miran irónicos.

—No te sabrá malo. Antes erais amigos y así lo habláis en la casa. Por si reñís. Que alguna vez también lo habéis hecho.

—Su nieta me tiró una piedra a la cabeza. Todavía tengo la marca —dice tocándose la ceja.

—Y tú me clavaste un palo en el costado —digo levantándome la camiseta y señalando debajo de mis costillas—, ahí está mi cicatriz.

Él abre la boca, mi abuela suelta una risita y me la bajo, sonrojándome. Me voy a la nevera y saco una cerveza.

—He preparado la ensalada, pero si queréis algo más además del pollo ranchera…

—¿Pollo ranchera? Es mi plato favorito —dice Noah abrazándola.

—Pues vamos a comer, que luego tengo que ir a la iglesia.

La miro con suspicacia y ella pone cara de inocente. Así que nos sentamos en la mesa. Lo observo de reojo mientras bromea con mi abuela. Estoy un poco molesta, ¿se ha pasado al enemigo?

Por el cuello también le sube un tatuaje que no veo qué es. De pequeño no se habría hecho ninguno jamás. Creía que no le parecían bien. A él le gustaba la ciencia, de hecho, me arrebató el primer premio en el festival. Supuse que por ser su familia quien era, porque mi proyecto era mejor.

Suspiro mientras picoteo la ensalada. Se gira hacia mí.

—¿Qué tal te va en la ciudad, Juli? ¿El trabajo?

—El trabajo bien. Estoy en un laboratorio bastante importante, investigando.

—Eso siempre te gustó, aunque te ganase en el festival de ciencias —dice con una sonrisa. Tenso los puños y mi abuela me pasa el pollo. Me echo dos trocitos y se lo paso a él. Su mano roza la mía y me produce sensaciones conocidas. Él me mira a los ojos y luego los desvía hacia la cazuela.

—Dios santo, Lidia, este pollo es el mejor que he comido en años.

Ella se ríe y le da un toque en el brazo, sonrojada. Lo miro entrecerrando los ojos y él toma un trago de cerveza con todo su descaro. Mi abuela aprovecha para preguntarle por sus padres y por su hermana. Yo lo observo en silencio, cada gesto, cada palabra me es tan familiar que duele.

Cuando terminamos de comer, mi abuela se va a cambiar y se marcha. La situación es incómoda de narices.

—¿Un café?

—Gracias, Juli.

—Siéntate en el sofá, tengo los planos ahí.

Bufa, pero lo hace y llevo una bandejita con dos cafés y dos galletas de almendras. Las mira, pero no se decide. Supongo que ser gordito durante muchos años antes de dar el estirón te condiciona. Yo tomo una y le doy un mordisco, cerrando los ojos por el sabor.

Noto que su dedo acaricia mi barbilla, recoge una miga y sin dejar de mirarme, se la lleva a su boca.

—Noah, no. Hemos venido a hablar del proyecto.

—Yo he venido a ver a la que fue mi compañera, mi mejor amiga desde que teníamos doce años.

La que pensaba que era mi novia. Y que se fue a los diecinueve sin despedirse, sin un solo mensaje o sin venir a verme jamás cuando ha vuelto a la ciudad.

Si tú necesitas explicaciones del proyecto, yo las necesito de ti. De nosotros. ¿Por qué?

Dejo el café en la mesita y lo miro, enfadada.

—¿Por qué? Joder, Noah. Deberías saberlo.

—Lo gracioso del caso es que no lo sé.

—Pues no tengo tiempo para que lo averigües. O hablamos del proyecto o se acabó la conversación.

Se envara y apura el café. Luego se pone serio.

—El proyecto es legal y tenemos todos los permisos.

—Que sea legal no lo hace correcto —digo todavía tensa porque sentirlo cerca arrasa con mi cordura. Acabo levantándome y alejándome de él.

—Las protestas pueden ser malas para ti. Sobre todo si hay follón. Y si tú eres las responsable, podrías tener consecuencias —dice levantándose y poniéndose frente a mí.

Me sonrojo de pura rabia.

—¿Me estás amenazando, Noah Garza?

—No. Solo constato los hechos —contesta, demasiado cerca. Ninguno de los dos se mueve, sumergidos en un pulso que mide fuerzas, como cuando éramos críos, solo que ahora hay mucho más en juego.

—Entonces, haré lo posible porque valga la pena involucrarse.

—Ya contaba con ello. Y sentiré que te pase algo, Juli, pero hay muchos millones y puestos de trabajo en ello.

—¡Ja! Te escudas en esa absurda teoría —digo apuntando con mi dedo en su pecho demasiado firme para mi cordura.

Noah toma mi mano y la aplasta contra él, noto su corazón agitado y su calidez sobre la mía.

—Si me dejaras explicarte, sin discutir, creo que lo comprenderías.

—No soy imbécil.

—Y eso lo sé. Siempre has sido muy inteligente, pero puede que ahora estés mal aconsejada por tu… novio.

Aparto la mano con rapidez, porque faltaba solo una respiración para que ambos compartiéramos aire… y lengua. Doy un paso atrás.

—He vuelto para asegurarme de que no vais a destruir el entorno y no pienso apartarme.

—Ya me lo imaginaba. Me gustaría que vieras el proyecto, de verdad. Esta noche, en la cena, pensaba mostrártelo. Puede que cambies de opinión.

—Lo dudo. Pero si vamos a discutir como ahora, no sé si será bueno.

—Eres una científica, Juli, ¿acaso vas a negarte a saberlo todo antes de tomar una decisión? Pensaba que solías guiarte por la cabeza y no por las tripas.

Ha avanzado hacia mí y estoy arrinconada delante de la chimenea. Está enfadado y respira agitado. Miro sus labios, siento el suave olor que desprende y no puedo evitar jadear un poquito. Él alza las cejas y se acerca a mí.

Su beso es dulce, con sabor a café, a nostalgia y a recuerdos de mi primer amor. La mano acaricia mi cintura bajo la camiseta y mi piel se eriza.

Cuando me doy cuenta, me aparto hacia atrás, golpeándome la cabeza con la chimenea.

—Joder, cabrón —exclamo frotándome la cabeza, y él da un paso atrás con una pequeña sonrisa de triunfo—. Márchate.

—¿Vendrás esta noche?

—¿En serio? No puedo creerte.

Me deslizo por un lateral, pero como está tan pegado, mi pecho roza su brazo y él se aparta como si quemase.

—Vale, pues hablaré con tu novio, si quieres. Y no le diré que has abierto la boca cuando te he besado.

No lo debería haber hecho, pero mi puño va a su cara. Solo que me hago más daño yo que él.

—¡Joder! ¡Mierda! —exclamo mientras miro mi mano dolorida. Él la toma y masajea un poco, aliviándome. Lo miro, burlona—. ¿Después de comportarte como un gorila te pones tierno?

—Me debías un beso. Y me da igual, ha valido la pena. No te has roto nada, pero ponte hielo. Nos vemos esta noche.

Se marcha y no puedo evitar observar sus espaldas y su culo. Son realmente espectaculares, joder.