Fuego bajo tierra (Herederos del desierto 1) Capítulo 1. El regreso
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Fuego bajo tierra (Herederos del desierto 1)

Fuego bajo tierra (Herederos del desierto 1)

Por Anne R. Aband

© inepub.com

Capítulo 1. El regreso

El regreso

J ulieta

Dusty Creek conserva el mismo olor que cuando me fui. Las calles asfaltadas rezuman calor y, aunque es una ciudad pequeña, suele estar muy animada, la gente sale a la calle, participa en los eventos… y eso me trae buenos y malos recuerdos.

Atravieso la calle principal con el coche a paso lento, reconociendo cada detalle; la heladería, el supermercado, alguna tienda que todavía sigue abierta… En realidad no ha cambiado nada y, al mismo tiempo, todo ha cambiado. O quizá sea yo.

Parece que se hubiera detenido el tiempo. Solo que ya no soy la misma que salió de este lugar a los diecinueve para ir a estudiar. Aquí aprendí a andar en bicicleta, a montar a caballo y por supuesto, me dieron mi primer beso.

Dije que no volvería si no era para visitar a mi familia, y, sin embargo, aquí estoy.

El sentimiento es agridulce. Abro la ventanilla para que los olores del pasado me sacudan antes de llegar. Es alivio y culpa. Dusty Creek fue mi hogar hasta que me sentí enjaulada, pensando que no tenía ningún futuro como profesional ni con… él.

El cuerpo se me remueve pensando en Noah.

Aquellos veranos en los que nos escapábamos al río y nos bañábamos en ropa interior, con solo catorce.

Él era un niño algo fornido, con gafas; yo llevaba aparato en los dientes…

y ambos destacábamos por tener muy buenas notas.

Los típicos nerds que todos ignoran, y por eso nos caímos bien.

Fueron buenos tiempos con cenas ruidosas, risas y bailes. Sobre todo antes de morir mis padres y mi hermano.

Aprieto el volante pensando en que no tenía que haber vuelto, pero mi granny se alegrará de verme. Solo tengo que encerrar en una caja mis sentimientos y tirar la llave al río Destiny que baja por el cañón.

Hace al menos dos años que no volvía, mis visitas son siempre fugaces, por si acaso, aunque hablo con mi abuela casi todos los días.

Ella siempre me dice lo mismo: que verse no es tocarse, que una pantalla no sirve para abrazar ni para sentir de verdad.

Que siente mi ausencia, porque la distancia no se mide en kilómetros, sino en abrazos. Joder, y tiene razón.

Incluso ella, a pesar de la artritis, ha venido dos veces a verme a la ciudad en este tiempo. Yo, en cambio, he encontrado una excusa tras otra para no regresar. Sé que ella está bien atendida, su hermana pequeña vive con ella. Pero soy su única nieta. Me siento abochornada.

Aparco delante de la casa de mi abuela y apago el motor, quedándome un par de minutos, respirando y tranquilizándome. No se escucha casi nada en la calle, solo algún pájaro revoloteando por los árboles y algún ladrido lejano. Sigue siendo igual de tranquilo.

Ella se asoma, secándose las manos en un paño y se quita el delantal que deja en la mecedora de la entrada con una sonrisa que me llega al alma.

Yo también sonrío cuando bajo del coche y me enrosco en sus brazos abiertos. Ella apoya su cabeza en mi cuello, es más baja que yo, y luego me da dos palmadas en el trasero.

—Julieta —dice en cuanto me ve—. Estás más delgada.

No es un reproche, ella nunca los hace, solo es una preocupación, porque no coma bien, que no lo hago, o porque simplemente, me olvide de ello.

Percibo su calor y durante un segundo, sé que es esto es lo que importa. Huele a café, a pollo guisado y a ese sentimiento profundo que es el amor. Mi pecho se afloja y puedo respirar.

—Y tú sigues igual de mandona —respondo, sonriendo. Ella me mira y acaricia mi rostro, luego me guiña el ojo y me toma de la mano para entrar.

—Si no lo hiciera yo, ¿quién lo haría?

Saco mi bolsa y la llevo a mi antigua habitación que está tal y como la dejé.

Posters de ciencia, libros, cómics, algún que otro muñeco bastante friki que me hace soltar una sonrisa…

Y sí, de pequeña me dio por las estrellas y los viajes espaciales, aunque luego me incliné por la biología más que por la física.

Dejo todo y me aseo para salir ya descalza a la cocina.

Ella mira mis pies y sonrío. Siempre me ha echado la bronca por ir sin zapatillas, pero esta vez se queda callada.

—¿Café?

—Gracias. ¿Lo preparo?

—Ya lo tengo. Sentémonos un rato. Así me cuentas qué tal estás.

—Ayer hablamos, granny.

—Ayer hablamos pero no vi tu cara ni la expresión de tus ojos o de tus movimientos. Quiero verte, Juli.

—Lo sé. Debería venir más y…

—No me gustan los deberías porque me suenan a obligación de algo que no se quiere hacer. Puedes decir, quiero venir más a menudo, o voy a intentarlo.

Sonrío y ella trae la cafetera y un plato con galletas de almendra, mis preferidas. Me lanzo a por una y le doy un mordisco mientras ella sirve el café. Cierro los ojos disfrutando del sabor.

—Jamás he probado algo así. Cuando me vaya, ¿me prepararás una caja?

—Acabas de llegar, hija. ¿Ya estás pensando en irte?

—Es que solo tengo unos días de vacaciones. Lo siento.

—No importa. Eres bienvenida aunque casi no te vea el pelo —suspira—. Ya han empezado las obras.

—Lo sé. Mis amigos me han avisado de que han encontrado un lugar estratégico para montar un campamento y protestar. Maldita sea, ¿en qué están pensando? Esas tierras del cañón del sur están protegidas por la ley.

—La empresa ha presentado un proyecto para mejora del entorno, argumentando que crearán empleo, ya sabes, más gente en la ciudad, más dinero, todo eso que a muchos les encanta. Piensan que se van a hacer ricos porque se cree un oleoducto que destruya el paisaje.

—Lo sé, granny . Por eso lo pararemos. Es un monstruo de acero que va a atravesar el cañón. Hablé con un compañero especializado en fauna de la zona y me dijo que se iba a destruir un ecosistema de por sí frágil.

—La gente ha tomado partido: dinero o paisaje.

Creo que tienen miedo por si se retira la compañía petrolera, pero eso es imposible.

Justin, ¿lo recuerdas? —Asiento—, me ha dicho que hay petróleo para cien años más.

¿Por qué quieren crear justo un oleoducto por esa zona cuando ya distribuyen por el de siempre?

—Es una buena pregunta. Y sí, me acuerdo de Justin. ¿Cómo está?

—Divorciado, sin hijos. Trabaja en la compañía desde que se licenció. Está en contabilidad. Es un buen chico, Juli.

Alzo los ojos. Sí, él iba detrás de mí, aunque supiera que yo solo tenía ojos para él. Era un chico amable e incluso una vez lo besé, sin más. No hubo ningún tipo de estrellitas ni música en ello.

—En cualquier caso, esta tarde empezamos las movilizaciones. He hablado con el canal Seis y vendrán a cubrirlas. Están muy concienciados.

—Y en verano no es que haya muchas noticias. A Sloan le encantará el movimiento.

—¿Sigue en el periódico local?

—Sí, y aunque tiene también treinta y tres como tú, es madre de dos niños, de tres y un año.

—Abuela, no empieces. No es mi intención salir con nadie y menos tener hijos.

—Florecilla, tu abuela no estará para siempre para darte cariños y tía Evelin se ha echado novio. Diría que quiere casarse.

—¡Qué sorpresa! Eso es bueno, ¿no?

—Bah, es un tipo algo anodino, pero si a ella le hace feliz, adelante.

Me quedo preocupada, si se casa, la abuela se quedará sola. Y ya tiene setenta y ocho, aunque esté muy bien.

—Evelin tiene solo sesenta y dos, y mucha vida por delante.

—Lo sé, me parece muy bien que salga a divertirse. Se han escapado cuatro días a Nueva York. No creas que me molesta. Es solo que… creo que ella se merece algo más.

—Si está enamorada, que disfrute. —Mi abuela no dice nada. Apuro el café y me levanto—. Voy a ir a echar un vistazo al cañón y vuelvo para comer, ¿te parece?

—Claro, cariño. Tengo preparando pollo a la ranchera que tanto te gusta.

Dejo la taza en la pila y le doy un beso, llevándome una galleta para el camino.

Cuando llego al cañón del sur, noto el movimiento y la tensión.

Doy un rodeo para entrar por un camino de tierra que usamos los locales y no por la carretera principal, donde hay un coche patrulla del sheriff.

Cuando llego, salen mis amigos a recibirme.

Todavía no somos más que cuatro, pero ya han montado un par de tiendas de campaña.

Me bajo y les doy un abrazo. Marcus, mi antiguo compañero de piso hasta que se casó con su novio, me explica la situación.

—Tenemos algunas pancartas preparadas y el grupo ha dicho que llegan sobre las siete. Pensábamos quedarnos esta noche aquí. ¿Hay serpientes?

Sonrío.

—Alguna, y también escorpiones, pero si se enciende fuego, se marchan. Seguramente tengan más miedo de un tío grande como tú.

—Me han avisado del periódico local que venían a pasar la noche. Una tal Sloan, ¿la conoces?

—Sí —respondo a Silvy—, fue antigua compañera. Es buena gente aunque algo chismosa. Supongo que quiere la exclusiva.

—Pues le daremos una —dice Marcus pasando su enorme brazo por los hombros—. ¿Cómo se siente volver a tu pueblo, Juli?

—Raro. Pero mi abuela hizo galletas. Si quedan, os traeré para esta noche. ¿Tenéis solucionado el tema de abastecimiento.

—Por supuesto, ¿qué creías? —dice Silvy con una sonrisa.

Escuchamos un coche que para cerca de nosotros. Un cuatro por cuatro con las ruedas tintadas y que se nota que vale miles de dólares. Marcus aprieta mi hombro, para darme ánimos, porque todos sabemos que es él.

Se ven las botas negras bajar del coche, vaqueros oscuros que contienen unas piernas largas y no demasiado delgadas. Luego la camisa blanca y un tipo con sombrero sale del coche y camina con seguridad hacia nosotros.

Ya no es el niño gordito que conocí. Ahora pasará del metro noventa y sus hombros son anchos, fuertes, su mandíbula cuadrada y con barba, su caminar seguro, y no sé si se machacará en el gimnasio o tendrá ese cuerpo de trabajar, pero es demasiado atractivo.

Llega hasta nosotros y el olor de su colonia me atrapa. Se coloca delante de mí y saluda tocándose el sombrero.

—Hola, Juli. Has vuelto.

—Noah. ¿Vienes a amenazarnos para que nos vayamos? Porque tenemos derecho a acampar.