12 LEE
Me despierto con el ritmo suave y desconocido de la respiración de otra persona. Por un segundo, olvido dónde estoy: la cama no es la mía, la habitación huele a vainilla y a algo que no logro identificar. Entonces siento el peso contra mi pecho, el calor apretado contra mi costado.
Kya.
Su pelo es una maraña de ondas rubias sobre mi camiseta, una mano extendida sobre mis costillas, la otra todavía entrelazada con la mía bajo las sábanas. Joder, qué bien se está con ella acurrucada junto a mí. He tenido mujeres en mi cama antes, pero esto es diferente.
Ella es diferente. O quizá lo soy yo, porque es mía.
La posesividad que despierta ese pensamiento debería asustarme. En cambio, calma una inquietud que llevo arrastrando durante años. Sus pestañas revolotean contra mi pecho y la observo emerger lentamente del sueño. Aprieto el brazo alrededor de su cintura, con el egoísmo suficiente para querer retenerla aquí un poco más.
—Buenos días, rayito de sol —murmuro contra su pelo.
—No me llames rayito de sol antes del café, Armstrong. Te mataré.
Suelta un sonido a medio camino entre un gemido y un estertor de muerte.
Me río, y la vibración la hace refunfuñar y acurrucarse más contra mi pecho.
—Anotado. No eres persona de mañanas.
—No soy sociable antes de las diez de la mañana y dos tazas de café —murmura contra mi camiseta—. Considérate advertido.
—¿Y si soy muy, muy encantador? —pregunto, agarrándole el culo.
Levanta la cabeza lo justo para fulminarme con un ojo entrecerrado. Tiene el pelo apuntando en unas diecisiete direcciones distintas, la marca de la sábana grabada en la mejilla, y nunca ha estado más guapa.
—El encanto no te va a salvar de mi ira matutina —dice, pero está conteniendo una sonrisa.
—¿Y devastadoramente guapo?
—Strike dos.
—¿Irresistiblemente sexy?
Resopla.
—Estás tentando a la suerte, motero.
Me inclino para besarla, pero me planta una mano en el pecho y me empuja hacia atrás con una fuerza sorprendente.
—Ni de broma —dice con firmeza—. Tengo un aliento matutino atroz. Del tipo que podría matar a un animal pequeño.
—Me da igual...
—A mí sí. Por el bien de los dos. —Se tapa la boca con la mano, fulminándome con la mirada por encima de los dedos—. Nada de besar estos labios hasta que me lave los dientes. Esa es la regla.
Le estudio el rostro, captando la inseguridad que se esconde tras el humor. Entonces sonrío, lento y malicioso.
—Vale —digo, deslizándome cama abajo.
Antes de que pueda preguntar qué estoy tramando, le subo la camiseta de dormir holgada y pego la boca a la piel suave justo debajo de las costillas. Jadea, y su mano vuela a mi pelo.
—Lee...
—Dijiste nada de besos en la boca —murmuro contra su piel, sembrando besos por su vientre—. No dijiste nada de besar otros sitios.
Su risa se vuelve entrecortada mientras subo, depositando besos suaves en la curva de su pecho a través de la fina camisola.
—Eso no es... eso no es lo que quería decir y lo sabes.
—Demándame —digo con una sonrisa—. Soy bueno resolviendo problemas.
Intenta parecer severa, pero sus dedos ya se enredan en mi pelo, atrayéndome en lugar de apartarme.
—Eres un problema.
—Del mejor tipo —coincido, depositando un último beso en su clavícula antes de dejarme caer a su lado—. Pero me portaré bien. Por ahora.
Niega con la cabeza, pero ahora sonríe, la inseguridad sustituida por algo más cálido.
—Eres insoportable.
—Y tú eres preciosa —digo sin más.
El rubor le inunda las mejillas.
—Parece que me ha atropellado un camión.
—Pareces alguien que ha pasado la noche siendo besada a conciencia por alguien que está loco por ella —la corrijo—. Que es lo que ha pasado.
Se tapa la cara con las manos.
—Dios, somos asquerosamente monos, ¿verdad?
—Asquerosamente —coincido, apartándole las manos de la cara—. Estoy pensando en hacerte tortitas. Así de pillado estoy.
Se le iluminan los ojos.
—¿Sabes hacer tortitas?
—Mujer, me crió un padre soltero con dos críos. Pues claro que sé hacer tortitas. —Salgo de la cama, echando ya de menos su calor—. La pregunta es: ¿tienes comida de verdad en la cocina, o solo café y esos tristes tuppers de oficina con los que has ido tirando?
—Tengo comida —protesta, y luego hace una pausa—. Vale, tengo huevos. Y leche y... ¿la mantequilla de cacahuete cuenta como comida?
Niego con la cabeza con fingida decepción.
—Chica de ciudad. Menos mal que ayer pasé por la tienda.
Arquea las cejas sorprendida.
—¿Fuiste al súper? ¿Cuándo? ¿Dónde está esa comida?
—Antes de venir aquí. —Me encojo de hombros—. Está en la alforja de la moto. Quería asegurarme de que tuviéramos algo para desayunar. Por si acaso.
La mirada que me lanza podría iluminar todo el pueblo. Suave, asombrada y tierna, de una manera que me oprime el pecho.
—Lee Armstrong —dice en voz baja—. Me has comprado comida.
—Solo es mezcla preparada para tortitas.
—Me has comprado comida porque esperabas que te dejara pasar la noche.
Se incorpora y la sábana queda arremolinada alrededor de su cintura.
—Puede que sea lo más dulce que alguien haya hecho por mí.
—Solo es comida, Kya.
Niega con la cabeza, pero está sonriendo.
Pongo los ojos en blanco, le revuelvo el pelo y salgo de la cama.
—¿Primero café o ducha?
—Ducha —dice de inmediato—. Seguida de café. No soy persona hasta que me tomo un café.
—Entendido. Una taza de humanidad en camino.
Me visto y salgo a buscar la mezcla para tortitas y el sirope de mis alforjas antes de volver a encender su antigua cafetera. El aparato gorgotea y protesta, pero finalmente produce algo que huele a café.
Oigo la ducha abrirse y, a pesar de mis buenas intenciones, mi mente se va directa a donde no debería. Kya desnuda, el agua corriendo por esas curvas en las que llevo intentando no pensar, el jabón deslizándose sobre una piel que me muero por tocar.
—¿Lee? —Su voz llega desde el baño y casi se me cae la cafetera.
—¿Sí?
—¿Puedes venir un momento?
Se me seca la boca.
Joder. Va a matarme.
Ya estoy caminando hacia el baño antes de poder pensármelo mejor. La puerta está entreabierta, el vapor sale en volutas y a través del cristal esmerilado distingo su silueta.
—¿Qué necesitas? —pregunto, con la voz más ronca de lo que pretendía.
—Entra, por favor.
Entro, y joder, la visión casi me pone de rodillas. La mampara de la ducha es lo bastante transparente como para verlo todo: el agua cayendo en cascada por su cuerpo, sus manos moviéndose sobre su piel mientras se enjabona. Es una diosa, toda curvas suaves y piel dorada, y sabe exactamente lo que me está haciendo.
—¿Crees que estoy lo bastante limpia? —pregunta, pasándose las manos por el pelo, arqueando la espalda de una forma que me hace reprimir un gemido.
—Para nada, niña sucia.
Se ríe y se gira para mirarme de frente, el agua corriendo en riachuelos por sus pechos, y me agarro al marco de la puerta para no caerme. Cuando sus manos bajan, enjabonándose el vientre, los muslos, dejo de respirar.
—Kya...
—¿Qué? —pregunta con fingida inocencia, aunque sus ojos están oscuros de deseo.
Cuando la mano se desliza entre sus piernas, la cabeza le cae hacia atrás contra los azulejos con un suave gemido, y pierdo el último hilo de mi autocontrol. Mi mano se mueve hacia los vaqueros, bajándome la cremallera, porque si va a torturarme, desde luego no pienso pasar por esto solo.
Nos observamos a través del vapor. El sonido del agua se mezcla con nuestra respiración entrecortada.
Sus dedos son lentos, provocadores. No está lo bastante desesperada para mi gusto.
—Eres una provocadora, ¿verdad, Kya? —digo con voz ronca, con la mano apretada alrededor de la polla—. Déjame ver lo preciosa que estás cuando te tocas.
Se le entrecorta la respiración. Sus ojos buscan los míos, abiertos y ansiosos.
—¿Disfrutas provocándome, cariño? —murmuro—. Ahí mismo, con los dedos enterrados en ese coñito tan dulce.
Gime, moviendo las caderas contra su mano.
—Buena chica —gruño, acariciándome la polla—. Joder, mírate. Tan jodidamente mojada para mí. Tan codiciosa. Quieres que te vea desmoronarte, ¿verdad?
Asiente, con los ojos entrecerrados, los labios entreabiertos con otro jadeo tembloroso. La mano libre se apoya contra los azulejos, sus movimientos cada vez más frenéticos.
—Eres perfecta, Kya. Tan jodidamente hermosa. Ni siquiera sabes lo que me haces —digo entre dientes, acariciándome más fuerte—. Naciste para que te adoraran. ¿Me oyes?
—Lee... —jadea, con los dedos temblándole—. Estoy...
—Déjate ir, nena. Eso es. Déjame oírte decir mi nombre cuando te corras. Déjame oír cómo suena en esa boquita tan bonita.
Grita, fuerte y sin contenerse, mi nombre arrancado de su garganta. Y eso es todo lo que necesito. Se me nubla la visión, el cuerpo se me tensa, y me corro con fuerza, chorros espesos derramándose sobre mi mano, las caderas sacudiéndose mientras gruño su nombre.
El vapor se aferra al aire, denso y silencioso.
Su pecho se agita. El mío también.
Apoya la frente contra el cristal, con los ojos vidriosos, los labios hinchados. Y juro por Dios que si me deja entrar ahí, pasaré la próxima hora de rodillas enseñándole lo que significa devoción de verdad.
Estira la mano hacia atrás y cierra el grifo.
—La mejor ducha de mi vida —dice sin aliento mientras sale y se envuelve en una toalla.
—Vamos a ser la muerte el uno del otro —murmuro, ajustándome los vaqueros.
—Probablemente. Pero qué manera de morir.
Para cuando los dos nos hemos recuperado, la cafetera ha terminado de gorgotear y la mezcla para tortitas está esperando.
Kya entra arrastrando los pies justo cuando estoy dando la vuelta a la primera tanda de tortitas. Lleva un jersey enorme que le llega a medio muslo y calcetines mullidos. Tiene el pelo húmedo, pero se ha lavado los dientes. Lo sé porque ya no se tapa la boca.
—De verdad estás haciendo tortitas —dice, y coge el café que le paso.
—Soy un hombre de palabra.
Deslizo una tortita dorada y perfecta en un plato y se lo paso.
—¿Sirope?
—Sí, por favor.