11 KYA #2
—Sobre todo porque los dos estamos muertos de miedo —dice con una leve sonrisa—. Significa que importa.
Cuando me besa, es suave al principio. Una pregunta más que una exigencia. Respondo fundiéndome con él, y mis manos suben por su pecho hasta rodearle el cuello.
El beso se profundiza poco a poco, el calor crece como un fuego lento. Sabe a whisky y a cada secreto que siempre he querido contar. Sus manos bajan hasta mi cintura, me atraen hacia él, y siento el latido constante de su corazón contra mi pecho.
Me coloca en su regazo, con los muslos a cada lado de los suyos, el pecho pegado al suyo.
Sus manos recorren la curva de mi cintura, la línea de mi espalda, sin prisa, sin exigir más de lo que doy. Cuando sus dedos se cuelan bajo el dobladillo de mi jersey y tocan piel desnuda, me estremezco.
—¿Estás bien? —murmura contra mis labios.
—Más que bien —le susurro.
Nos quedamos así durante lo que parecen horas: besándonos, tocándonos, hablando en susurros entre momentos de calor. Me cuenta su primer destino militar, cómo el desierto hacía que todo pareciera infinito y claustrofóbico a la vez. Le cuento mi primera reforma de casa, cómo lloré cuando los compradores se mudaron porque era como regalar una parte de mí.
Nos conocemos poco a poco. La cicatriz en su hombro de un accidente de moto a los diecinueve. Cómo se me corta la respiración cuando besa el punto justo bajo mi clavícula. Cómo se ríe cuando trazo el tatuaje de su antebrazo. Cómo me derrito cuando dice mi nombre mientras le muerdo el lóbulo.
—Cuéntame de Portland —dice al cabo de un rato, mientras sus dedos trazan dibujos perezosos en mi brazo.
—¿Qué quieres saber?
—Todo. Tu vida allí. Tus amigos. Qué te hacía feliz.
Lo pienso, sorprendida al darme cuenta de lo poco que hay que contar.
—Tenía un piso bonito. Una rutina. Era buena en mi trabajo.
—Eso no es lo que te he preguntado.
Me quedo callada, buscando algo más sustancial.
—Tenía algunos amigos del trabajo. A veces íbamos a tomar algo al salir. Salí con algunos tíos, pero nada serio. Los fines de semana hacía voluntariado en un huerto comunitario.
—Suena solitario.
La observación duele porque es verdad.
—En su momento no me lo parecía.
Me aparta el pelo y me lo coloca detrás de la oreja.
—Te he dicho lo que quiero de esta relación. Ahora te toca a ti.
Apoyo la frente contra la suya y lo respiro.
—Quiero mañanas contigo —digo en voz baja—. Pero de esas en las que discutimos por quién se acabó los cereales y terminamos morreándonos delante de la nevera.
Sus ojos se iluminan, con ese amago de sonrisa asomando en la comisura de los labios.
—Quiero volver a casa contigo, pero también quiero que seamos de esas parejas que saben cuándo necesitan espacio y aun así encuentran la forma de buscarse.
Le acaricio la mandíbula con el pulgar.
—Quiero dormirme con tu mano en la cadera y tu moto aparcada en la puerta. Quiero domingos en los que no lleves camiseta para poder lamerte el pecho.
Se ríe.
—Quiero levantar la vista desde la barra y verte allí, esperándome. Quiero... —trago saliva y me obligo a admitir lo que siento—. Quiero saber que soy tuya y que tú eres mío.
Antes de que pueda interrumpirme, sigo hablando.
—Quiero llegar a casa y encontrarte refunfuñando sobre los rollos del club mientras te paso una cerveza. Y sí, también quiero el sexo jodidamente ardiente.
Apoya la frente contra la mía.
—Me parece perfecto.
Me besa otra vez. Despacio pero a fondo, y sus dientes me mordisquean el labio inferior.
El calor entre nosotros sube, pero para mi absoluta frustración, nos mantiene en segunda base... y por encima de la ropa.
Por mucho que lo intento, nos frena.
—¿Por qué? —pregunto, sabiendo que sueno un pelín caprichosa.
Se inclina hacia delante y me mordisquea el lóbulo mientras responde, con el aliento caliente contra mi piel.
—Quiero crear una anticipación que te deje empapada y temblando. Cuando por fin me deslice dentro de ti, Kya, me estarás suplicando que te haga correr.
Me estremezco.
—Podría suplicar ahora mismo.
Lee se ríe y se recuesta en el sofá.
—No me lo niegues. Quiero que nos provoquemos un rato.
Caemos en un silencio cómodo; los únicos sonidos son el latido constante de su corazón y el zumbido lejano del tráfico. Al cabo de un rato se me cierran los ojos, y el estrés y la emoción de los últimos días me pasan factura por fin.
—Debería irme —dice Lee, pero no se mueve.
—Seguramente —coincido, pero tampoco lo suelto.
—Déjame quedarme —dice tras un momento—. Solo a dormir. No me gusta que estés sola.
Sé que debería decir que no, pero la verdad es que yo tampoco quiero estar sola.
—Vale.
Vamos a mi dormitorio, y lo doméstico de todo esto resulta emocionante y aterrador a la vez. Le presto un cepillo de dientes, me pongo el pijama en el baño, y luego estamos tumbados en mi cama a oscuras. Se ha quitado la camiseta y los vaqueros, y se ha quedado solo en calzoncillos.
Decir que verlo fue una experiencia religiosa se queda corto. Ese hombre podría competir con un dios y ganar.
—Esto es una locura —murmuro en la oscuridad.
—Sí —coincide, y me atrae hacia él—. Pero de las buenas.
Su mano encuentra la mía bajo las sábanas y entrelaza nuestros dedos. Es un gesto sencillo, pero parece monumental.
—Duerme, Kya —murmura contra mi pelo. Su mano se desliza hasta posarse en mi cadera.
Cierro los ojos y sonrío.