6 KYA
La hora punta del almuerzo está terminando cuando la puerta principal del bar se abre de golpe. Recortado contra la brillante luz del sol de la tarde, hay un hombre con un traje a medida que probablemente costó más que mi alquiler mensual. Llevo el tiempo suficiente en Stoneheart para saber que los tipos con trajes así de bien cortados no pisan bares de mala muerte como el mío a menos que quieran algo.
Recorre la sala con la mirada hasta que sus ojos se detienen en mí, detrás de la barra. La sonrisa que me dedica mientras se acerca no le llega a los ojos.
—Buenas tardes —digo, secándome las manos con un paño—. ¿Qué le pongo?
—Busco a la dueña.
Tiene esa voz pulida de ciudad que me pone en guardia al instante.
—La ha encontrado.
Arquea ligeramente las cejas, sorprendido, aunque lo disimula enseguida.
—¿Señorita Sullivan? David Crane.
Me tiende la mano por encima de la barra.
—Represento a Summit Development. Esperaba que pudiéramos hablar un momento.
Se me hace un nudo en el estómago, pero mantengo la expresión neutra mientras le estrecho la mano.
—Claro. Tengo unos minutos. ¿Le apetece tomar algo?
—Solo agua, por favor.
Le paso un vaso y señalo con la cabeza hacia la oficina detrás de la barra.
—Sígame.
Mientras lo guío, noto las miradas de los pocos clientes que quedan clavadas en nosotros. Las noticias vuelan en los pueblos pequeños, y que me vean con un ejecutivo de Summit no pasará desapercibido.
Mi oficina —que en realidad no es más que un armario con pretensiones y un escritorio— no es gran cosa, pero al menos es privada. Me acomodo en la silla y le indico con un gesto que tome la de enfrente.
—¿En qué puedo ayudarle, señor Crane?
Deja el vaso con cuidado y se ajusta la corbata, que ya estaba recta.
—Seré directo, señorita Sullivan. Mi empresa está invirtiendo mucho en el futuro de Stoneheart. Hemos adquirido varias propiedades en esta zona, con planes de revitalización que beneficiarán a toda la comunidad.
—Qué bien por ustedes —digo, sin perder el tono amable.
Si capta mi sarcasmo, no lo demuestra.
—Como parte de nuestra estrategia de desarrollo, estamos especialmente interesados en negocios consolidados con potencial de crecimiento.
Desliza una carpeta sobre el escritorio.
—Nos gustaría hacerle una oferta.
—No voy a vender.
—Ni siquiera ha mirado la oferta.
—No me hace falta.
Se le tensa la sonrisa.
—Señorita Sullivan, tengo entendido que adquirió este establecimiento hace poco. Nuestra oferta supondría una ganancia considerable sobre su inversión. Posiblemente la mejor rentabilidad que verá en su vida.
La curiosidad me puede. Abro la carpeta y se me disparan las cejas, por mucho que intente evitarlo. La cifra es obscena. Casi el triple de lo que he acordado pagarle a Devil si quiero quedarme con el bar dentro de seis meses.
—Es... generoso —admito.
—Valoramos lo que ha construido aquí —dice con voz suave—. Las mejoras que ha hecho en tan poco tiempo son impresionantes. Vemos en esta ubicación un potencial que va más allá de sus actuales... limitaciones.
Se me pone la piel de gallina al darme cuenta de que ha tenido gente en el bar desde que hice las reformas, vigilando cada detalle.
—¿Limitaciones?
—Bueno...
Hace un gesto vago abarcando el espacio.
—El edificio es viejo. El barrio está cambiando. Nuestros planes de desarrollo revitalizarían toda la parcela con el objetivo de atraer clientela de mayor poder adquisitivo, más tráfico peatonal y mejores oportunidades de negocio.
Cierro la carpeta y la deslizo de vuelta sobre el escritorio.
—Le agradezco la oferta, señor Crane, pero no me interesa. El Devil's no es solo un edificio o un negocio para mí. Es parte de esta comunidad.
Su expresión afable no vacila, pero algo cambia en sus ojos.
—La comunidad es precisamente lo que queremos construir, señorita Sullivan. Un Stoneheart mejor, más seguro y más próspero para todos.
—Para todos los que puedan permitírselo —replico.
—El progreso siempre trae cambios —dice con voz suave—. Algunos se adaptan, otros no. Pero le recomendaría que pensara en su futuro aquí. El ayuntamiento está revisando ahora mismo la normativa urbanística de este distrito.
Se me hiela la sangre.
—¿Ah, sí?
—Por supuesto. De hecho, hay una propuesta que restringiría las licencias de alcohol en zonas de uso mixto, que es lo que está previsto para esta manzana. Los negocios ya establecidos podrían acogerse a la cláusula de derechos adquiridos, claro... pero el cambio podría desencadenar una revisión.
Y ahí está. La amenaza, apenas velada pero inconfundible.
—¿Me está diciendo que si no le vendo ahora, podría verme sin poder operar más adelante?
Levanta las manos.
—En absoluto. Solo le estoy dando información que podría serle útil para sus decisiones de negocio. Nos disgustaría verla invertir más en una propiedad que podría toparse con... obstáculos normativos.
Me pongo de pie, dejando claro que la reunión ha terminado.
—Lo tendré en cuenta, señor Crane. Pero de momento, el Devil's no está en venta.
—Por supuesto.
También se levanta y se ajusta la chaqueta.
—La oferta sigue en pie. Aquí tiene mi tarjeta, por si lo reconsidera.
La cojo solo para que se largue de una vez. Ya se ha quedado más de la cuenta.
—Una cosa más —dice, y se detiene en la puerta del despacho—. Tengo entendido que ha estado celebrando algunas... reuniones aquí. Con el club de moteros local.
Mi rostro no revela nada.
—El Devil's siempre ha estado abierto a la comunidad.
—Por supuesto. —Su sonrisa es forzada—. Solo tenga cuidado con las compañías que frecuenta, señorita Sullivan. Ciertas asociaciones pueden complicar las cosas innecesariamente.
—Yo elijo mis propias asociaciones, gracias —digo con la voz varios grados más fría—. Ahora, ¿si no hay nada más?
Volvemos a la zona principal del bar justo cuando la puerta se abre y entran Lee, Axel y Cash. No podrían haber llegado en peor momento, o mejor, según se mire.
Crane se tensa casi imperceptiblemente. Lee entrecierra los ojos al ver al tipo del traje, luego me mira con una pregunta en ellos que no sé bien cómo responder.
—Caballeros —dice Crane con un gesto de cabeza mientras se encamina hacia la puerta—. Señorita Sullivan, considere nuestra oferta. Estaré en contacto.
La campanilla de la puerta tintinea cuando sale, un sonido extrañamente alegre en el tenso silencio que deja tras de sí.
Lee llega a la barra en tres zancadas, con los ojos encendidos de preguntas.
—¿Quién demonios era ese?
—David Crane. Summit Development. —Saco el bourbon de debajo de la barra, me sirvo un trago y les ofrezco la botella—. Vino a hacerme una oferta por el bar.
Las cejas de Axel se disparan hacia arriba.
—¿Summit va a por Devil's ahora?
—Eso parece. —Me bebo el trago de un golpe y agradezco el ardor—. Me ofreció tres veces lo que pedía Devil.
—¿Y? —La voz de Lee suena tensa.
Lo miro sin expresión.
—Y le dije que no.
La tensión en los hombros de Lee se afloja un poco, pero sigue con el ceño fruncido.
—¿Qué más quería?
—Mencionó que el ayuntamiento está revisando la zonificación de este distrito. Algo de restringir las licencias de alcohol en desarrollos de uso mixto. Insinuó que si no vendo ahora, puede que luego no pueda seguir operando.
—Malditas serpientes —murmura Cash, cogiendo el vaso que le paso.
—También mencionó mis «asociaciones» con el club —añado—. Me sugirió que tuviera cuidado con las compañías que frecuento.
Lee cierra los puños sobre la barra.
—Nos están vigilando. Y ahora estás en su punto de mira.
—¿Por las reuniones que habéis estado teniendo aquí? —pregunto.
—Puede ser —interviene Axel—. Pero seguramente ya tenían vigilado el local desde que Devil mostró interés en vender. Aun así, esto es rápido. Incluso para ellos.
—No me gusta —dice Lee, con la voz convertida casi en un gruñido—. No me gusta que estén husmeando a tu alrededor.
Su tono me pone a la defensiva.
—Puedo cuidarme sola, Lee.
—¿Contra Summit? ¿Contra el cártel? —Niega con la cabeza—. Esto ha sido un error. Nunca deberíamos haberte metido en esto. Me gustaría arrastrar a Devil de vuelta aquí y...—
—¿Perdona? —Planto las manos en la barra y me inclino hacia delante—. Tú no me «metiste» en nada. Elegí formar parte de este pueblo, y elijo formar parte de esto. Mi bar, mi pueblo, mi decisión.
—Tu decisión va a hacer que te hagan daño —espeta—. Esta gente no juega limpio, Kya. Son despiadados. Y ahora te tienen en el punto de mira.
—Entonces, ¿cuál es tu solución? ¿Que me rinda sin más? ¿Que les venda el bar y me largue del pueblo con el rabo entre las piernas? —Lo fulmino con la mirada—. Eso no va a pasar.
Lee se pasa una mano por el pelo, visiblemente frustrado.
—Maldita sea, Kya. Estoy intentando protegerte.
—No necesito tu protección. —Las palabras salen más cortantes de lo que pretendía—. Llevo cuidándome sola desde que tenía edad para alcanzar los fogones. No necesito que aparezcas ahora como un caballero andante vestido de cuero.
Axel y Cash intercambian una mirada, conscientes de que se han metido en territorio personal.
—Deberíamos irnos —le murmura Axel a Cash, que asiente rápidamente.
—Sí. —Cash se baja del taburete y le lanza a Lee una mirada elocuente—. ¿Vienes, hermano?
Lee ni siquiera los mira.
—Os alcanzo.
Los dos hombres salen a toda prisa, y los demás clientes hacen lo mismo. Les grito un adiós sin apartar la mirada de Lee.
—Estás siendo terca —dice cuando la puerta se cierra tras el último cliente.
—Y tú estás siendo condescendiente. —Dejo la botella en la barra con más fuerza de la necesaria—. Como si fuera una damisela en apuros incapaz de tomar sus propias decisiones.
—Estoy siendo realista. —Alza la voz—. Summit no va a echarse atrás solo porque le dijiste a su tipo del traje que se largara. Encontrarán otras formas de presionarte. Formas peligrosas.
—Que lo intenten —le espeto mientras me relleno el vaso con manos temblorosas—. No voy a vender, y no voy a huir. Se acabó lo de huir de este pueblo y de su gente.
—¡Esto no va de tu orgullo, Kya! —Golpea la barra con la palma de la mano y los vasos tiemblan—. Esta gente puede hacerte daño. Y ahora te tienen en el punto de mira porque te metimos en esto.
—¡Yo me metí en esto! —le grito, ya completamente fuera de mis casillas—. ¡No necesito tu permiso, y desde luego no necesito tu culpa!
Lee se pasa las dos manos por el pelo, con los ojos desorbitados.
—Maldita sea, Kya, ¿por qué no puedes escuchar por una vez en tu vida?
—¡Porque así es como sobreviví! —las palabras me estallan—. Así fue como conseguí crecer en este maldito pueblo con una madre que no podía cuidar de sí misma, y mucho menos de mí.
Aprieta la mandíbula.
—¿Y cómo te está funcionando eso? ¿Estar sola contra el mundo?
La pregunta da demasiado cerca del blanco, toca un nervio que no sabía que tenía al descubierto.
—Que te jodan, Lee.
—Sí, eso es. Ciérrate en banda. Apártame de ti. —se levanta de golpe y el taburete chirría contra el suelo—. No vaya a ser que a alguien le importe de verdad lo que te pase.
—Si te importara, respetarías mis decisiones en lugar de intentar tomarlas por mí.
—¡Si no fueras tan jodidamente cabezota, verías que lo único que intento es mantenerte con vida!
—¡Yo nunca te lo pedí!
Las palabras quedan suspendidas en el aire entre nosotros, afiladas y peligrosas. Lee me mira fijamente, con el pecho agitado, los ojos encendidos. Por un momento, creo que va a decir algo más, algo de lo que no podrá retractarse, pero entonces su rostro se vuelve impenetrable.
—Bien —dice, con la voz de pronto fría y distante—. ¿Quieres encargarte de esto sola? Adelante. No pienso perder el tiempo intentando ayudar a alguien que no quiere que la ayuden.
Se da la vuelta y se dirige hacia la puerta con pasos rígidos, cargados de una furia apenas contenida.
—Lee... —empiezo, arrepintiéndome ya de hasta dónde ha llegado esto, pero él me corta con un gesto brusco.
—Ahórratelo. —tiene la mano en el pomo—. Has dejado clara tu postura. No volveré a molestarte.
La puerta se cierra de un portazo que hace temblar las ventanas. Me quedo paralizada, con la adrenalina todavía recorriéndome el cuerpo, aferrada al borde de la barra con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos.
El silencio que sigue es ensordecedor.
—Mierda —murmuro mientras la rabia se me escapa del cuerpo, dejando solo un vacío doloroso en su lugar.
No debería haberlo presionado así. Sé que solo estaba preocupado. Pero hay algo en Lee Armstrong que siempre me pone a la defensiva, que me hace querer demostrar que soy lo bastante fuerte para valerme sola.
Aunque no esté segura de serlo.
Limpio los vasos con más fuerza de la necesaria, intentando ignorar el nudo que se me forma en la garganta y el escozor en los ojos. No tengo tiempo para esto, para él, para estos sentimientos complicados, para la maraña de emociones que despierta en mí.
El móvil sigue en silencio sobre la barra. Ningún mensaje esta vez.
Y eso duele más de lo que debería.
—Maldita sea —susurro, apartándome de la barra vacía y del eco de palabras que ya no puedo retirar—. Malditos hombres.
Tengo un negocio que llevar, facturas que pagar y a Summit Development con quien vérmelas. No tengo tiempo para sentimientos complicados por Lee Armstrong.