5 KYA
Mi primera semana como propietaria del Devil's termina oficialmente con mi cuerpo desparramado en el sofá, rodeada de recibos arrugados y hojas de contabilidad que me resultan tan incomprensibles como la física cuántica. La luz del portátil proyecta un resplandor azul sobre el caos de mi pequeña sala de estar.
No fui capaz de quedarme en la caravana de mamá, no con el olor y los recuerdos, así que alquilé una casita en las afueras del pueblo. No es nada del otro mundo, solo tiene un dormitorio, suelos que crujen y un calentador de agua caprichoso, pero está limpia y es mía. Por ahora, al menos.
El móvil vibra y me arranca del duermevela. Parpadeo mirando la pantalla, sorprendida de ver el nombre de Mercy.
Mercy
¿Sigues viva, jefa?
Kya
Apenas. ¿Por qué?
Mercy
Necesito tu visto bueno para un pedido. Además, Duck acaba de llamar. El MC necesita un favor.
Frunzo el ceño al leer el mensaje. ¿Un favor? ¿A mí?
Kya
¿Dijo de qué se trataba?
Mercy
No. Solo pidió que lo llamaras cuanto antes.
Kya
Gracias. Aprueba el pedido. Llamaré a Duck.
Estoy a punto de soltar el móvil cuando suena.
—¿Sí?
—Kya —la voz ronca de Duck me llena el oído—. Conseguí tu número a través de Devil. ¿Te llegó mi mensaje?
—Sí. ¿En qué puedo ayudaros?
—Necesitamos la trastienda durante unas horas. Y tu discreción.
Frunzo el ceño mientras trazo dibujos en la alfombra con el dedo gordo del pie.
—¿Es ilegal?
—No.
—¿Me va a meter en problemas con alguien?
—No si podemos evitarlo.
Cierro los ojos y suspiro con fuerza.
—Eso no suena nada bien.
—No te preocupes. Es asunto del club. Delicado, pero no habrá repercusiones. Te lo prometo.
Me contengo para no volver a suspirar.
—Vale. Pero te cobraré el doble por la sala. Considéralo plus de peligrosidad.
Suelta una risita.
—Tú misma, cielo.
La llamada se corta y me quedo mirando el móvil con un nudo en el estómago. ¿En qué demonios me acababa de meter? Supongo que lo averiguaría mañana.
El jueves llega con nubes de un gris acerado y un frío que me cala hasta los huesos mientras abro la puerta principal del Devil's. El bar parece otro a la luz del día. Las rozaduras del suelo se ven más, el desgaste de los taburetes resulta más evidente. Es como ver a alguien sin maquillaje: con todos sus defectos y su carácter al descubierto.
Es mi momento favorito del día.
Estoy reponiendo la barra cuando oigo el primer rugido de motos en el aparcamiento. El reloj marca las 2:45. Llegan pronto.
La puerta se abre y Duck entra primero, seguido de Stone, el padre de Emma y Lee y presidente del club. Hace años que no lo veo, pero las canas que le salpican el pelo oscuro le sientan bien.
Tras él entra un desfile de cuero y vaqueros: Cash y Mack, Bones y varios más que me suenan del pueblo pero cuyos nombres desconozco. Lee entra con el grupo y su mirada se cruza con la mía desde el otro lado de la sala. Su expresión es indescifrable mientras me observa aquí, en medio de los asuntos del club.
El último en entrar es un hombre de barba cuidadosamente recortada y ojos penetrantes que parecen registrar cada detalle de la sala. Su chaleco lo identifica como «Axel - Road Captain».
—Kya —Duck asiente a modo de saludo—. Te agradecemos que nos dejes usar el local.
—No hay de qué —digo, señalando hacia la trastienda, donde ya he colocado mesas y sillas—. Hay café recién hecho, por si alguien quiere.
Stone se acerca con una chispa de reconocimiento en la mirada.
—Kya Sullivan. Cuánto tiempo.
—Señor Armstrong —extiendo la mano, esperando un apretón. Pero lo que recibo es un abrazo. Uno de verdad, como imagino que un padre le daría a una hija a la que no ha visto en años.
Es cálido y fuerte, y por un instante me permito fingir que es mi padre, feliz de tenerme en casa.
Niña tonta. Ya no te queda familia.
—Ahora soy Stone para ti —dice con una leve sonrisa mientras me devuelve al suelo—. Ya no eres una cría.
—No, señor —asiento—. Hace mucho que no.
Sus ojos me estudian un momento, con algo pensativo en su expresión. —Duck me dice que no te importa que celebremos esta reunión aquí.
—Devil me explicó que esto pasa de vez en cuando. Lo entiendo.
—Así es. Aunque intentamos molestar lo menos posible. —Su mirada es penetrante cuando se cruza con la mía—. Pero que quede claro: lo que se hable aquí, aquí se queda.
—Siempre se me ha dado bien guardar secretos —le digo, sin apartar la mirada. La referencia tácita a todas aquellas noches que pasé encubriendo a su hija, y a todas las veces que él fingió no verme escabullirme de su casa al amanecer, flota entre nosotros.
Sus labios esbozan una media sonrisa, como si le hiciera gracia. —Desde luego. Empecemos.
Pasamos a la sala del fondo, pero antes de que nadie se siente, Axel saca un pequeño dispositivo del bolsillo de la chaqueta.
—Procedimiento estándar —explica al ver mi cara de extrañeza—. Solo compruebo si hay micrófonos.
Recorre la habitación metódicamente; el dispositivo emite pitidos de vez en cuando mientras lo pasa por encima de las lámparas, debajo de las mesas y por los rincones de la sala. Cuando termina, asiente hacia Stone.
—Limpio.
Me quedo junto a la puerta. —¿Necesitáis algo más?
Stone cruza una mirada con Duck y luego niega con la cabeza. —Estamos bien, Kya. Gracias.
El mensaje está claro. Asiento, salgo de espaldas y cierro la puerta tras de mí. Me quedo allí un momento, escuchando el murmullo de voces que empieza al otro lado.
Una parte de mí sabe que debería respetar su privacidad. Pero otra parte —la que creció en este pueblo, la que entiende las consecuencias de la ignorancia— no puede simplemente alejarse. No cuando parece que está pasando algo gordo.
Me dirijo al almacén de al lado, esquivando cajas de licor y material de papelería. A fuerza de limpiar este monstruo de edificio, he ido conociendo sus peculiaridades. Así fue como encontré el pequeño hueco en la pared compartida por donde antes pasaba una tubería. Lo han tapado por el lado de la sala de reuniones, pero si sabes dónde mirar, todavía se oye a través. Por no hablar de la pequeña mirilla que hay justo al lado.
Estaba segura de que Devil lo sabía perfectamente y escuchaba con regularidad a cualquiera que usara la sala. Menudo bribón.
Pego la oreja a la pared, esforzándome por distinguir las voces. Y entonces la oigo. Una mujer.
Me giro, miro por el agujero y me sorprende ver a una mujer de unos cuarenta y pocos con piel morena cálida y rizos naturales recogidos en un moño pulcro. Lleva un traje caro y un elegante maletín de cuero.
—Usted debe de ser la Sra. Bright —dice Lee, mientras su postura cambia sutilmente.
—Josie, por favor. Lo de Sra. Bright me hace parecer maestra de preescolar.
—Lee Armstrong —se presenta, y luego presenta a los demás de la mesa.
Deja el maletín sobre la mesa. —He revisado los documentos iniciales que me enviaron. Tienen un problema serio entre manos.
—Muy serio —coincide Stone—. Lee nos estaba poniendo al día sobre las maniobras políticas de Summit.
Josie abre el maletín y saca una carpeta. —Eso encaja con su modus operandi en otras comunidades. Se establecen, y luego usan el dinero para impulsar cambios de zonificación que benefician sus proyectos y perjudican a los vecinos de siempre.
Frunzo el ceño y me acerco más a la pared. ¿Están echando a la gente de sus casas? Solo pensarlo me revuelve el estómago de rabia. Este es mi pueblo, mi gente. ¿Cómo es posible que esto no esté en portada? ¿Y qué pinta el MC en todo esto?
—¿Podemos pararles los pies? —pregunta Duck.
—Eso depende de varios factores —dice mientras extiende varios documentos—. Necesito saber qué pruebas podemos reunir, cómo de organizada está la respuesta de la comunidad y si podemos encontrar un resquicio legal para impugnar sus operaciones.
Bajan la voz, así que vuelvo a pegarme a la tubería y aguzo el oído.
—...Summit está cambiando de táctica —dice Lee; su voz llega más clara que las demás—. Han estado intentando echar a los vecinos haciéndoles la vida imposible: cortándoles los suministros, inventando infracciones urbanísticas, bloqueándoles el acceso a las carreteras. Pero ahora van por la vía legal. O al menos, fingen ir.
La crueldad gratuita de todo esto me golpea como un puñetazo. No son solo números en un plan urbanístico: son vidas reales que están destrozando. La rabia me crece con cada detalle, y me inclino hacia delante, desesperada por oír más.
—¿Qué quieres decir? —pregunta Josie.
—Tienen tres candidatos presentándose al ayuntamiento —explica Lee—. Todos ellos vendidos como «ciudadanos preocupados» que quieren «revitalizar» Stoneheart.
La voz grave de Duck llega después. —Revitalizar es solo otra forma de decir «echar a los pobres».
—Exactamente —coincide Lee—. Pero la cosa se pone peor. Tenemos fuentes que dicen que Summit ya está untando a gente del ayuntamiento. Por eso les aprueban todos los permisos mientras los demás se pudren en un infierno burocrático.
Cambio de postura, intentando oír mejor, mientras Axel menciona algo sobre una constructora y alguien llamado Poppy.
—Lo de Bennett Construction fue solo el principio —dice Axel con tono áspero—. Ahora están enviando cuestionarios sobre recalificación a los vecinos, como si estuvieran recogiendo opiniones del barrio, cuando en realidad solo están identificando qué zonas atacar después.
La conversación continúa y apenas puedo creer lo que oigo. Si el club tiene razón, hay una organización corrupta actuando en nuestro pueblo.
Pero ¿con qué fin?
Doy un respingo cuando un aliento cálido me roza la oreja; la voz de Lee es un murmullo grave que me eriza la piel de los brazos.
—¿Has encontrado lo que buscabas?
Me giro sobresaltada y de repente estamos cara a cara, con las narices casi rozándose. El corazón me martillea en el pecho mientras me fijo en su mirada penetrante, en cómo tiene la mandíbula apretada con una tensión apenas contenida. Intento retroceder, pero el pie se me engancha en una caja de mercancía que hay detrás y tropiezo.