4 LEE
Mi padre, nuestro Presidente, da unos golpes en la mesa con los nudillos. La sala queda en silencio.
—Orden. La Iglesia está en sesión —dice Stone, con la mirada de pedernal. Hilos plateados surcan ahora su cabello oscuro, aunque sigue joven y en forma con solo cuarenta y ocho años. Desde que se divorció de mi madre, las chicas del club se le han echado encima, pero ninguna relación seria. No se lo reprocho. Podría haberle sido infiel hace años cuando ella se fue por primera vez, pero se mantuvo fiel hasta que se firmaron los papeles.
Es un buen padre y un Presidente aún mejor. Nuestras miradas se cruzan al otro lado de la mesa, y veo que no se le ha escapado nada. Ni esa tensión contenida en el aire, ni mucho menos la inquietud de los miembros alrededor de la mesa.
Tank, nuestro Vicepresidente, abre con la noticia que todos sabíamos que llegaría.
—Summit está presionando otra vez. La semana pasada enviaron estudios de recalificación a todos los residentes de los barrios del oeste: Oakridge, Pinecrest y todo Iron Way. Van con discreción, pero están preparando el terreno para hacerse con el control.
Summit Development. Ese nombre ha sido una maldición para nuestro pueblo desde que apareció el primer folleto reluciente en los buzones. Todo sonrisas radiantes y promesas de lujo, ofreciendo comprar terrenos a precio de oro, asegurando que traerían empleos, crecimiento y oportunidades a nuestro pequeño rincón polvoriento. Durante un tiempo, funcionó. La gente vendió. Algunos necesitaban el dinero. Otros no sabían en qué se metían. ¿Pero la mayoría? Se quedaron.
Resulta que a Summit no le interesaba la comunidad. Querían control. Cuando la gente del pueblo rechazó sus ofertas, empezaron a apretar las tuercas: ofertas a la fuerza, acoso, disputas de propiedad, multas. Arrastraban a los viejos a los tribunales por escrituras medio ilegibles, avisaban a los inspectores de infracciones urbanísticas y enterraban a la gente en papeleo y multas hasta que rendirse era más fácil que luchar.
Casi lo paramos hace unos meses. ¿Pero ahora? Han vuelto y no se andan con mierdas.
Cash, nuestro Tesorero, tamborilea inquieto con los dedos sobre la mesa. El tío es unos años más joven que yo, con una cara por la que las estrellas de cine matarían. Nos meteríamos con él por eso si no fuera porque es el mejor puto contable que el club ha tenido en su vida. Lleva meses rastreando las finanzas de Summit como un sabueso.
—Están perdiendo pasta, y rápido. Han tenido seis intentos de compra fallidos en los últimos dos meses. Eso sin contar los retrasos legales de los vecinos a los que hemos ayudado a resistir. Solo la propiedad de la señora Wilson les ha costado casi cincuenta mil dólares en honorarios legales.
—Y eso los hace peligrosos —dice Duck, inclinándose hacia delante—. Acorrala a un lobo y más te vale estar preparado para sangrar.
Con su barba blanca y su pecho de tonel, Duck está retirado, pero fue Sargento de Armas antes que Hawk. Es de esos hombres cuyas palabras aún pesan cuando decide abrir la boca. Los demás asienten alrededor de la mesa.
—Por eso nos lo estamos tomando en serio —dice Stone, mirando a Hawk—. Hawk nos ha encontrado un contacto: Josie Bright. Abogada. Discreta, eficaz, y no es de por aquí, así que no levantará sospechas.
Hawk ya está con el ceño fruncido desde su asiento junto a la puerta. Nuestro Sargento de Armas: el tío es enorme, macizo como un camión y con el mismo mal genio. Hawk se encarga de proteger al club de cualquier peligro, interno o externo. Hace cumplir las reglas, y créeme, no quieres ser tú el que las rompa.
A menos que seas uno de sus críos. En ese caso, tienes barra libre.
—La reunión será en Devil's —dice, y aprieto la mandíbula.
Tiene sentido: Devil's es terreno neutral. Podemos hacer que parezca que uno del club está ligando con la abogada, no que estamos teniendo una reunión formal. Pero hacerla allí pondrá a Kya en el punto de mira de Summit, y eso no me gusta nada.
Joder. No es momento para pensar en eso.
Bones arquea una ceja.
—¿Nos preocupa que haya micrófonos en la sede?
Axel niega con la cabeza.
—No, pero no podemos descartar que nos vigilen. Puede que Summit no nos esté escuchando, pero nos observan. En Devil's hay más movimiento, más ruido. Es más seguro hablar allí.
—Tengo más malas noticias —dice Cash, meneando la cabeza—. Están financiando tres escaños en las elecciones locales. Y han metido mucha pasta en esos candidatos.
—Las elecciones al consejo son la semana que viene —añade Mack, nuestro Secretario—. Si Summit consigue esos escaños, tendrán los votos para aprobar la recalificación. Se cargarán las protecciones locales. Podrán acelerar las demoliciones.
—Y los vecinos acabarán en la puta calle —murmuro, pensando en las familias que conozco de toda la vida, que llevan generaciones viviendo en esas casas.
Stone asiente.
—Por eso nos estamos adelantando. Esta abogada, Josie, está especializada en protección del suelo, derecho municipal y casos de corrupción. Nos dirá qué opciones legales tenemos y si hay base para una demanda colectiva.
Hawk gruñe.
—O si ya toca dejar de hablar y empezar a repartir hostias.
—Nadie va a repartir hostias todavía —dice Stone con calma—. Somos más listos que eso.
—Pero preparados —añade Tank—. Siempre preparados.
—¿Y qué hay de la maquinaria? —pregunto, pensando en nuestras tácticas anteriores—. La última vez tuvimos bastante éxito saboteando sus bulldozers para retrasar las obras.
Axel asiente.
—Sigue sobre la mesa. Pero han reforzado la seguridad. Ahora tienen exmilitares patrullando, no solo vigilantes de pacotilla.
Me recuesto en la silla y dejo que la mirada vague por las viejas fotos de la pared: viajes de otros tiempos, hermanos que ya no están. Summit cree que está tratando con gente del pueblo. No entienden que lo que tienen enfrente es sangre, hueso y legado.
Ellos construyen pisos de lujo. Nosotros protegemos a los nuestros.
Y reduciré su maldito imperio a cenizas antes de dejarles avanzar un centímetro más.
—Una cosa más —añade Stone, recorriendo la sala con la mirada—. La nueva dueña del Devil's. Kya Sullivan.
Se me tensan los hombros al oír su nombre.
—¿Qué pasa con ella? —pregunto, intentando mantener un tono neutral.
—Necesitamos saber de qué lado está —dice Stone—. Devil confiaba en ella, pero esto ya no va solo de vender cerveza. Si vamos a usar su local para reuniones, tenemos que asegurarnos de que es de fiar.
—Es de fiar —afirma Duck con rotundidad—. Sabe cuál es su lugar y lo que le debe al club. Esa chica tiene temple.
—Puede que sí —concede Stone—. Pero Summit tiene pasta de sobra. Y todo el mundo tiene un precio.
La insinuación me enciende por dentro. —Ella no —suelto, más brusco de lo que pretendía—. La conoces. Es de los nuestros.
Todas las miradas se vuelven hacia mí, y me doy cuenta de que he dicho más de lo que quería. Bones arquea una ceja, con un atisbo de sonrisa en los labios.
—Lo era. Ha estado fuera mucho tiempo.
Se me tensa la mandíbula al oír el escepticismo inesperado en la voz de mi padre. —Como ha dicho Duck, es de fiar.
—Puede que sí, pero hasta que estemos seguros, hay que vigilarla —decide Stone—. Lee, eso te toca a ti. No le quites ojo, sondéala sobre Summit. Averigua de qué lado está.
Genial. Justo lo que necesito: órdenes oficiales de pasar más tiempo cerca de la mujer que ya ocupa demasiado espacio en mi cabeza.
Sabía que debería haberme quedado en la cama hoy.
—Se levanta la sesión —dice Stone, apartándose de la mesa.
Mientras los demás se levantan, Bones me pone una mano en el hombro. —¿Estás bien?
—Siempre.
Sonríe, calándome de arriba abajo. —Claro. Por eso casi le arrancas la cabeza a Stone cuando insinuó que tu chica podría venderse.
—No es mi chica —gruño.
—Si tú lo dices —se ríe, levantando las manos como rindiéndose—. Claro que, si no es tuya, no te importará que la invite a salir, ¿no?
Se me contrae el músculo de la mandíbula, pero mantengo la expresión cuidadosamente neutra. —Adelante.
—Genial —sonríe Bones, disfrutando claramente del momento—. La recogeré el viernes por la noche. La llevaré a algún sitio bonito, le haré pasar un buen rato…
—Haz lo que quieras —digo, pero cierro los puños. Cada instinto me grita que le diga a Bones que se largue, que Kya es intocable. Solo pensar en las manos de otro hombre sobre ella me da ganas de cometer un asesinato.
En lugar de eso, me encojo de hombros. —Pero luego no vengas llorando cuando te rompa el corazón.
Bones se ríe y se dirige a la puerta, dejándome a solas con unas ganas tremendas de golpear algo.
La sala se vacía poco a poco mientras los hermanos se dispersan en corrillos. Me quedo sentado, perdido en mis pensamientos, hasta que me doy cuenta de que Stone tampoco se ha movido. Me observa con esa mirada suya, la que dice que ve más de lo que me gustaría.
—¿Qué pasa? —pregunto cuando todos los demás se han ido.
Se reclina, cruzándose de brazos. —Tú dirás.
Sostengo su mirada, sabiendo que no tiene sentido hacerme el tonto. —Es complicado.
—Siempre lo es con las mujeres —dice con una ligera inclinación de cabeza—. Sobre todo las que se te meten en la sangre.
—Kya no es… —empiezo, y luego me detengo. No tiene sentido mentirle a un hombre que me enseñó a mentir—. No es lo que esperaba al volver. Es diferente.
Una imagen de Kya me cruza la mente. No solo las curvas y la seguridad en sí misma, sino el acero en sus ojos, cómo plantó cara sin achantarse. La mujer en la que se ha convertido no tiene nada que ver con la niña asustada que apareció en nuestra puerta aquella noche bajo la lluvia.
Stone me estudia durante un largo momento. —Solo recuerda: el club está por encima de todo. Siempre ha sido así.
—Lo sé.
—¿De verdad? —Sus ojos buscan los míos—. Porque he visto esa mirada antes. En Hawk cuando conoció a Andi. En Axel con Poppy. Es la mirada de un hombre al que se le están moviendo las prioridades.
—Mis prioridades están claras —digo con firmeza—. Vigilaré a Kya, pero no voy a liarme con ella. Es intocable.
Stone arquea una ceja. —¿Quién ha dicho nada de involucrarse?
Pillado. Mierda.
Se levanta y me pone una mano en el hombro. —Ten cuidado, hijo. Los corazones y los asuntos del club no mezclan bien.
No tengo que preguntarle cómo lo sabe; lo vi con mis propios ojos.
—Kya no es un problema —insisto, pero las palabras me suenan huecas hasta a mí.
Stone se limita a lanzarme una mirada que dice que él también fue joven una vez, y que entiende mucho más de lo que me gustaría. —Como he dicho, ten cuidado. —Duda—. Pero no tengas miedo de acercarte si hace falta. El club siempre está por encima de todo.
Me deja sentado a solas en la capilla. Fuera, los motores rugen al arrancar mientras los hermanos se pierden en la noche.
Me paso una mano por la cara, sintiendo el peso del parche en la espalda. Vigilar a Kya es una cosa. No ponerle las manos encima va a ser harina de otro costal.
Joder. Esto no es lo que necesito ahora mismo.
Pero las órdenes son órdenes. Y papá tiene razón: el club es lo primero. Siempre.