Frío como la piedra 3 KYA #2
25%

3 KYA #2

Me arriesgo a echarle un vistazo a Lee, pero se ha dado la vuelta y mira a los jugadores de la mesa de billar. Tiene la mandíbula apretada, los hombros rígidos, como si se estuviera esforzando mucho por ignorarme.

Bien. Estamos de acuerdo.

Se acomodan en su mesa de siempre, en la esquina del fondo, y observo a Mercy en acción. Se nota que ha servido a moteros antes: amigable pero no coqueta, respetuosa pero sin dejarse intimidar. En cuestión de minutos los tiene riendo, y la tensión que ni siquiera sabía que llevaba encima empieza a aflojarse.

El local empieza a llenarse cuando van llegando los habituales del viernes noche. Hay jaleo, es caótico, pero manejable. Encuentro el ritmo con las camareras, entre risas y bromas mientras intercambiamos vasos vacíos y dinero por copas llenas de lo que pidan los clientes.

No les quito ojo a los moteros, pero se quedan en su esquina del fondo, al billar y de cháchara. Pasa una hora más o menos antes de que uno de los miembros más jóvenes se separe del grupo y se acerque a la barra.

El chaleco lo identifica como Bones, el guardaespaldas, y se apoya en la barra con una sonrisa desenfadada. Tendrá veintitantos, el pelo oscuro un poco largo de más, con pinta de buscarse líos, y patas de gallo que sugieren que va más de pasarlo bien que de causar problemas.

—Vaya, vaya —dice, y me repasa de arriba abajo con una mirada que, no sé cómo, resulta más curiosa que babosa—. Así que tú eres la nueva jefa. Devil ha sido bastante hermético contigo.

Sigo sacando brillo a los vasos, pero le sostengo la mirada con una sonrisa.

—La misma. Kya.

—Bones —responde, y me tiende la mano por encima de la barra. El apretón es firme pero no agresivo—. Tengo que decirlo, el local tiene buena pinta. Has hecho un buen trabajo.

—Gracias.

—Lo digo en serio. Has hecho lo imposible. Has conseguido que Devil's parezca limpio. O sea, sigue siendo un antro, pero un antro con estándares.

—Menudo halago —digo con cara de póker, aunque por dentro me hace gracia.

Sonríe.

—En serio. He visto muchos bares de clubs de moteros. La mayoría huelen a sudor, cerveza y malas decisiones. Este huele a... lejía.

Eso me arranca una carcajada.

—Me lo tomaré como un cumplido.

—Deberías. —Se inclina un poco hacia mí—. Si necesitas ayuda con algo, arreglar cosas, cargar peso, intimidar a clientes indeseables, soy tu hombre. Trabajo a cambio de cerveza y halagos.

—Tengo la nevera llena de una cosa, y no le hago ascos a la otra.

Se lleva una mano al pecho, fingiéndose a punto de desmayarse.

—Cásate conmigo.

Arqueo una ceja.

—¿Tan fácil eres?

—Señorita —dice con una sonrisa—, soy motero, pues claro que soy fácil.

Eso me arranca otra carcajada y, por un momento, olvido el peso del duelo, la presión y el escrutinio del pueblo.

Se siente... bien.

—¿Qué te pongo?

—Tres de lo que tengas de barril, una sidra y un paquete de esos pretzels.

—Entendido.

Me giro para coger un vaso y lo siento: ese cosquilleo en la nuca. El peso inconfundible de una mirada clavada en mí.

Levanto la vista; el instinto me lleva a mirar hacia el rincón más alejado de la sala.

Lee.

Está sentado en las sombras, cerveza en mano, con la mirada fija en mí. No parece enfadado. Ni divertido. Solo observa, con una expresión totalmente inescrutable.

El estómago me da un vuelco traidor.

Me vuelvo hacia el grifo, fingiendo que no lo he visto. Fingiendo que no me tiemblan las manos ni lo más mínimo mientras sirvo la siguiente cerveza.

¡Para ya, Kya!

Bones desliza un posavasos por la barra con un dedo.

—Pero en serio, cena conmigo algún día. Sin presión. Prometo no pedirte matrimonio a menos que la comida esté de muerte.

Antes de que pueda responder, Lee aparece a su lado como si se hubiera materializado de la nada.

—Bones.

—Eh, hermano. —Bones no se mueve, sin inmutarse ante la repentina aparición de Lee—. Solo estaba dándole la bienvenida a nuestra nueva vecina. ¿Conoces a Kya?

Lee ni siquiera lo mira. Tiene los ojos clavados en mí. Y de repente el bar parece unos grados más caluroso.

Su voz es grave.

—Sí, la conozco.

Algo en cómo lo dice hace que se me encoja el estómago. Y que me revoloteen mariposas.

Bones arquea ligeramente las cejas. Nos mira a los dos, captando la tensión que flota en el aire.

—Vale —dice con una sonrisa lenta y relajada—. Aquí hay historia.

Me aparto de Lee y le sonrío a Bones.

—Era la mejor amiga de la hermana de Lee en el instituto.

—¿Ya no lo sois?

Niego con la cabeza entre risas.

—Seguimos siendo amigas, pero se fue a triunfar a Nueva York.

—La bailarina, ¿verdad?

Lee asiente una vez.

—¿Y vosotros? —pregunta Bones, mirándonos a los dos—. Con una bomba como Kya, ¿vosotros dos tuvisteis algo alguna vez?

Me sonrojo y aparto la mirada mientras coloco la última bebida en una bandeja.

—No. Lee era demasiado guay para una friki como yo.

—No eras ninguna friki. —La negación tajante de Lee me pilla por sorpresa.

—¿Perdona? —Me señalo a mí misma—. Tío, era la reina de lo torpe.

Él resopla frustrado.

—No, no lo eras.

Cruzo los brazos y arqueo las cejas.

—¿Sabes que llevaba bermudas cargo hasta la rodilla y leía fanfics de El Señor de los Anillos en el móvil a la hora de comer, verdad?

Se le tensa la mandíbula.

—¿Y qué? Leer no te hace torpe. Yo lo que recuerdo es que eras lista y divertida. Y preciosa. Siempre lo has sido.

Me quedo paralizada.

Oh.

Bones silba bajito y arrastra su bebida hacia él como si acabara de conseguir asientos en primera fila.

—Joder. ¿Vendéis entradas para este espectáculo o simplemente tengo suerte de estar aquí?

Resoplo, intentando romper la tensión con humor aunque se me encoge el estómago.

—Lee está de broma —digo mientras cojo el trapo—. Sabe que se equivoca.

—No lo estoy.

Hay un momento de incomodidad antes de que Bones se levante.

—Bueno, ha sido un placer conocerte, Kya. La oferta sigue en pie si cambias de opinión. —Le da una palmada a Lee en el hombro—. Nos vemos en la mesa.

Lee gruñe algo ininteligible, con la mirada fija en mí mientras Bones levanta la bandeja de bebidas con una mano y se lleva su vaso de vuelta a la mesa.

Con Bones lejos, la tensión se cuela entre nosotros. Un momento queda suspendido entre Lee y yo, y noto el sutil cambio en la dinámica. Él rompe el silencio.

—Perdona por eso.

—¿Por qué? ¿Porque Bones haya sido educado, encantador y me haya invitado a cenar? —Arqueo una ceja.

—Deberías tener cuidado. Es un mujeriego.

Resoplo, divertida.

—¿Y tú no?

Su expresión se endurece ligeramente.

—Solo te estoy protegiendo.

—No necesito que me protejas, Lee. Ya no tengo diecisiete años.

Algo cruza su rostro ante eso: un recuerdo, quizás, o reconocimiento.

—No —dice en voz baja—. Desde luego que no.

Se me pone la piel de gallina; un calor dulce se despliega en mi vientre ante sus palabras.

Quiero presionarlo, preguntarle por qué lo ha dicho así, pero asiente una vez y vuelve a su mesa, dejándome con la clara sensación de que esta conversación no ha hecho más que empezar.

Cuando los dos vuelven a su mesa, Mercy se acerca y niega con la cabeza con una sonrisa divertida.

—Bueno, eso ha sido interesante.

—Es parte del trabajo —digo, intentando aparentar una calma que no acabo de sentir.

—Cariño, llevo sirviendo copas casi toda mi vida adulta, y reconozco una pelea de egos en cuanto la veo —dice Mercy.

Echa un vistazo hacia la mesa del rincón, donde Lee evita deliberadamente mirarnos.

—Ese hombre tiene sentimientos muy intensos a punto de estallar.

—Es complicado —digo al fin.

—Los mejores siempre lo son —dice Mercy con una sonrisa, y vuelve a sus mesas, dejándome a solas con mis pensamientos y con la sensación de que la presencia de Lee llena todo el bar, incluso cuando intenta ignorarme.

El resto de la noche transcurre sin incidentes. La mesa del MC se queda hasta la última ronda, hablando en voz baja y seria sobre los asuntos del club que los han traído aquí. Lee no vuelve a acercarse a la barra, pero siento sus ojos sobre mí toda la velada: una presencia constante y vigilante que debería molestarme, pero que me hace sentir extrañamente segura.

Cuando por fin se van, Duck se detiene en la barra para pagar la cuenta.

—Buenas copas, buen servicio —dice, dejando el dinero en la barra junto con una generosa propina—. Volveremos.

—Siempre sois bienvenidos aquí —le digo, y lo digo de verdad.

Asiente y se inclina ligeramente, bajando la voz casi hasta un susurro.

—Si alguien te da problemas, llama.

Se me hace un nudo en la garganta.

—Gracias.

Se endereza.

—Buenas noches, Kya.

Salen en fila hacia el aire frío de la noche, y los motores rugen en el aparcamiento. Observo a través de la ventana cómo desaparecen en la oscuridad; Lee cierra la marcha en su Harley negra.

—¿Estás bien? —pregunta Mercy mientras empieza a apilar sillas sobre las mesas.

—Sí —digo, aunque no estoy del todo segura de que sea verdad—. Solo estoy pensando.

Ahora somos adultos. Adultos complicados y dañados, con nuestras historias y nuestras cargas, y sin ninguna buena razón para andar rondándonos así.

Solo espero que los dos seamos lo bastante sensatos como para no hacer ninguna tontería.