3 KYA
La última entrevista del día entra por mi puerta a las cuatro en punto, y ya sé que es la indicada.
Mercy Rogers es segura de sí misma pero no arrogante, consciente pero no a la defensiva. Tendrá treinta y pocos, con rizos pelirrojos salvajes que atrapan la luz como alambre de cobre, y elaborados tatuajes de manga completa que asoman por debajo de una camisa blanca impecable. Tiene el tipo de curvas que llenan sus vaqueros y vuelven locos a los hombres: una mujer que ocupa espacio y no se disculpa por ello. Su sonrisa es genuina, le llega a los ojos verdes, que claramente han visto de todo pero no han perdido su brillo. Es el tipo de sonrisa que le garantiza propinas incluso en las malas noches.
Es perfecta.
—¿Tú eres la nueva dueña? —pregunta, deslizándose en el reservado frente a mí sin esperar a que la invite.
—La misma —respondo.
Cierro la carpeta con las otras solicitudes: tres universitarios que no sabían distinguir un Manhattan de un martini, y un tipo que no dejaba de mirarme las tetas en lugar de a los ojos. No debería estar haciendo esto, pero la última camarera, Sarah, renunció hace dos días para probar suerte en Las Vegas.
—Dime por qué quieres trabajar aquí.
—Porque necesito un trabajo, y tú necesitas a alguien que sepa la diferencia entre un buen servicio y hacer la pelota —se reclina, completamente relajada—. Llevo doce años de camarera, con altibajos. Estuve cinco en el Murphy's Pub en Ailington antes de que cerrara —dice, refiriéndose a un pueblo vecino—. Luego hice eventos privados por mi cuenta durante un tiempo y trabajé en el club de campo una temporada. Aprendo rápido, así que en un par de turnos conoceré a todos los que crucen esa puerta, lo que beben y cuáles dejan buena propina.
Ya me cae bien.
—¿Por qué cerró el Murphy's?
—El nuevo dueño quería convertirlo en un local de cócteles artesanales. Cobraba dieciocho dólares por un old-fashioned y luego se extrañaba de que la gente del pueblo dejara de ir —se encoge de hombros—. A veces la gente solo quiere una cerveza y que la dejen en paz, ¿sabes?
Y tanto.
—¿Por qué no te quedaste en el club de campo? Seguro que pagan mejor y tienen mejores condiciones de lo que yo puedo ofrecer.
Su rostro se endurece.
—Digamos que tenían problemas con mi… estilo —señala sus tatuajes—. Además, no era un ambiente de trabajo sano.
—¿Qué te hace pensar que este lugar será diferente?
Mercy echa un vistazo alrededor, fijándose en la pintura fresca de las paredes y los taburetes reparados.
—Para empezar, es un bar de moteros. No me vas a dar la lata por mi aspecto. Pero sobre todo es porque no estás intentando cambiar lo que funciona. Solo lo estás mejorando. Dándole un lavado de cara. Eso lo respeto.
Justo lo que quería oír.
—Estás contratada —digo, tendiéndole la mano por encima de la mesa—. ¿Puedes empezar esta noche?
—Joder, sí.
Cuando Mercy se marcha a buscar sus cosas, recorro el bar una vez más, comprobándolo todo. El nuevo chef llegó ayer y ya ha transformado la cocina de un atentado contra la sanidad pública en algo que se parece a una cocina funcional. Las dos camareras de siempre vienen a las seis, ambas del pueblo, llevan años trabajando en el Devil's y conocen a la clientela. No se inmutan ante moteros ni currantes que vienen a desahogarse.
Devil me entregó oficialmente las llaves hace tres días, después de formarme durante dos semanas. El viejo cascarrabias me dio una palmada en el hombro con fuerza suficiente para dislocármelo antes de salir por la puerta. Si se le escapó una lagrimilla, desde luego yo no la vi. Va a pasar la jubilación pescando, dijo, aunque sospecho que volverá a echar un vistazo antes de que acabe el mes.
Un adicto al trabajo reconoce a otro.
Los primeros días de formación fueron un caos. El inventario no se había actualizado en años, y los libros de cuentas parecían material de un curso de criptografía de la CIA. El congelador contenía más experimentos científicos que comida, y los grifos de cerveza parecían requerir brujería para sacar cerveza de verdad en lugar de espuma. Pero debajo de toda la mugre y la grasa había buenos cimientos. El bar de Devil, aunque el propio Devil siempre lo había llamado simplemente El Bar, tenía la base de un lugar que podía prosperar. Solo necesitaba a alguien que se preocupara por él.
Así que me puse a ello.
Empecé por lo básico, limpiando a fondo cada superficie hasta dejarme los dedos en carne viva. Luego contraté a un equipo de limpieza para los baños, porque ni loca entraba ahí sin un traje de protección química, una excavadora y un cura de guardia. Después retapicé los asientos de los reservados en cuero sintético verde oscuro: seguía teniendo aire de antro, pero ya no se pegaba todo.
Una mano de pintura fresca transformó las paredes mugrientas en un elegante carbón mate, con apliques ámbar cálidos para suavizar el ambiente. Por último, lijé y reteñí la barra, sacando a relucir la veta de la madera vieja que llevaba décadas oculta bajo bebidas derramadas y quemaduras de cigarrillos.
Es increíble lo que puedes conseguir con mucho aceite de codo, dinero ilimitado, un desprecio absoluto por el sueño y una determinación obstinada de ahogar tu dolor en trabajo duro.
La señora Henderson, la de la cafetería, trajo a su club de lectura a tomar algo esta tarde y declaró el lugar «muy mejorado». Viniendo de ella, eso es casi un elogio desmedido.
Estoy exhausta pero satisfecha cuando llegan las siete y media y hay movimiento sin agobios. Los habituales han ido entrando, curiosos por los cambios. Hacen preguntas, como esperando que convierta el local en un bar de vinos o que organice brunchs con yoga.
Pero luego se sientan. Beben. Piden de comer. Y me dicen que volverán mañana.
Algo estaré haciendo bien.
Mientras lucho contra un bostezo, lo oigo: el rugido de motos en el aparcamiento. Varias, por el sonido: ese gruñido inconfundible que te vibra en el pecho quieras o no.
Me tenso, preguntándome si Lee está entre ellos, y odio que el pulso se me acelere solo de pensarlo. Anoche, cuando entró en mi bar, no estaba preparada para el puñetazo en el estómago que supuso volver a verlo. El chico por el que una vez me moría de vergüenza se ha convertido en un hombre capaz de parar el tráfico con solo respirar. Todo hombros anchos y peligro contenido, todavía se mueve con esa misma seguridad natural que recuerdo, pero ahora va envuelto en cuero y tiene una actitud que me deja la boca seca.
Maldita sea, Kya. Contrólate.
Había olvidado lo que era desear a alguien con tanta intensidad que dolía físicamente. El calor que se me había acumulado en el bajo vientre cuando me miró. Pero entonces me llamó «cría», y el hechizo se rompió. Me recordó exactamente cuál era mi lugar en su mundo. Era, soy y siempre seré la amiguita de Emma.
La puerta se abre y entran como si fueran los dueños del lugar. Lo cual, en cierto modo, supongo que lo son. Este es su territorio, su pueblo, su bar, da igual a nombre de quién esté la escritura.
El tipo que va en cabeza se parece un poco a Papá Noel con su barriga cervecera, el pelo blanco y la barba canosa. Es Duck, lo recuerdo de las veces que visitaba al padre de Lee, Stone, en su casa. Detrás de él vienen tipos con los que fui al instituto, Cash y Mack, los dos con pinta de ser la definición misma de «moteros peligrosos». Y cerrando la marcha, con ese mismo andar despreocupado y chulesco que recuerdo tan bien, está Lee.
No estoy preparada emocional, mental ni físicamente para volver a verlo.
Y menos después de lo de anoche.
Cierro los ojos y aspiro hondo.
Joder, todo mi cuerpo se encendió como una cerilla. Había olvidado lo que se sentía. No, borra eso: nunca lo había sentido antes. El calor en el bajo vientre. El cosquilleo bajo la piel. Cómo cada terminación nerviosa se despertó solo porque él respiraba el mismo aire. Fue un puñetazo de deseo que me arrebató cualquier pensamiento coherente.
Abro los ojos y lo observo mientras se acerca.
Está más ancho que antes. Más fornido de hombros. Más duro de mandíbula. El chaleco de cuero le abraza el cuerpo como una segunda piel, y la camiseta oscura de debajo se tensa sobre un pecho que ya quisieran las estrellas de cine. Los muslos son troncos de árbol en esos vaqueros gastados. Las manos —Dios, esas manos— le cuelgan sueltas a los costados, como si no hubiera decidido si abrazarte o destrozarte.
Y ni me hagas empezar con esa boca. Esa boca de labios carnosos y gesto serio que probablemente haría que cualquier chica olvidase hasta su puñetero nombre.
Se me seca la garganta. Los pezones se me endurecen contra el sujetador, los traidores. Cambio el peso de un pie a otro, de repente hiperconsciente de cómo los vaqueros se me ciñen a las caderas.
Mi cuerpo no se ha enterado de que esto es una malísima idea. Él es peligro con P mayúscula y un cartel de «prohibido tocar».
—Buenas noches, chicos —dice Mercy, que ya está cogiendo botellas antes siquiera de que pidan—. ¿Queréis mesa?
—Sería genial, cielo. —Duck se vuelve hacia mí y asiente con educación—. Kya.
Por una fracción de segundo pienso que Lee podría haberle hablado de mí. Al fin y al cabo, han pasado años desde que lo vi, y dudo mucho que se acordara de la chiquilla que fui. Entonces bajo la vista hacia la placa con mi nombre que llevo prendida en la camisa y reprimo una carcajada. Pues claro que sabe mi nombre: está escrito ahí mismo en letras negras sobre un rectángulo de plástico.
Tonta.
Desesperada por hacer algo con las manos, cojo un trapo y me pongo a secar un vaso que no lo necesita.
—Bienvenidos. La primera ronda invita la casa.
Duck arquea las cejas.
—Eso es muy generoso.
—Los buenos vecinos se apoyan —digo, sin apartar la mirada—. El club siempre es bienvenido aquí.
Es un movimiento calculado: ganármelos desde el principio, mostrar respeto por su posición en la jerarquía local, dejar claro que no busco problemas. Por el sutil asentimiento de Duck, sé que aprecia el gesto.