2 LEE
Lo primero que noto es que por fin han arreglado el cartel.
La «B» de Bar solía parpadear como una luciérnaga moribunda, jodidamente molesta cada vez que pasaba en moto. Pero ahora brilla firme y nítida contra el crepúsculo. Extraño.
¿Lo segundo que noto? La música.
No es la mierda honky-tonk de siempre ni el mismo rock clásico que llevan poniendo desde antes de que yo naciera. Es algo con blues, grave, con una voz de mujer densa como la miel y el desamor.
Empujo la puerta y entro en el murmullo cálido y familiar del bar. Solo que algo se siente distinto. Más limpio, quizá. Como si alguien hubiera empezado a prestar atención a detalles que llevaban años olvidados.
Ya no vengo tanto como antes; los asuntos del club me han tenido ocupado últimamente. Pero esta noche tengo un motivo. Devil llamó hace un rato, dijo que estaba cerrando el traspaso y quería avisarme antes de que corriera la voz. Como ejecutor, mi trabajo es saber quién opera en nuestro territorio.
No dijo quién era el nuevo dueño, lo cual ya de por sí era raro. Devil no suele andarse con misterios. Si acaso, es demasiado directo para el gusto de la mayoría. Es lo que más me gusta de él.
Veo al viejo cabrón detrás de la barra, puliendo un vaso. Está cuadrado como un armario, con el colesterol a juego. El tío es un infarto con patas metido en un chaleco de cuero que debería haberse jubilado hace cinco años.
—Pensé que ibas a colgar el delantal —digo mientras me acerco y me dejo caer en un taburete que ha conocido tiempos mejores.
Gruñe sin levantar la vista.
Me inclino hacia adelante, esperando. En cuestión de segundos aparece una cerveza delante de mí. Puede que Devil no sea el tipo más hablador, pero sabe que no venimos aquí por eso.
Le doy un trago, esperando a que suelte algo. Me ignora, coloca vasos y limpia mostradores más viejos que Matusalén.
Al final, sabiendo que el terco cabrón me va a obligar a preguntar, lo hago.
—Me han dicho que vendes el local.
Me lanza una mirada que dejaría orgullosa a Medusa.
—Estoy cerrando la transición. El traspaso ya está hecho. El local tiene nuevo dueño desde ayer.
—¿Me vas a decir quién es? —me echo hacia atrás, estudiando su cara en busca de algún indicio—. ¿Es alguien de por aquí? ¿Alguien que entienda cómo funcionan las cosas?
Se encoge de hombros.
—No hace falta. Lo averiguarás pronto.
—Devil, si es alguien que va a dar problemas...
—Tranquilo, Harley —el uso de mi nombre real me hace enderezarme—. El nuevo dueño no va a ser un problema para el club. Si acaso, podría resolver algunos asuntos pendientes.
Antes de que pueda preguntarle qué coño significa eso, el cabrón se larga y me deja con más preguntas que respuestas. Típico.
Da igual. Tengo ojos. Ya lo averiguaré.
Me dirijo hacia las mesas de billar, echando un vistazo al local. El sitio tiene buena pinta, mejor de lo que ha tenido en años. Alguien ha cambiado las bombillas fundidas, ha limpiado superficies que probablemente no conocían un trapo desde que las instalaron.
Entonces la veo.
Está agachada, sacando algo de debajo de uno de los reservados, y joder si esta no es la mejor vista que he tenido en toda la puta semana.
Caderas anchas y redondas enfundadas en unos vaqueros claros que le sientan de escándalo. Muslos que no se acaban. El tipo de culo que hace que un hombre quiera dar gracias al universo, invitarla a una copa y luego ponerse de rodillas solo por el honor de adorarlo.
Es suave donde tiene que serlo, el tipo de mujer hecha para abrazarla. Esta mujer es pura curva. Exuberante. Jodidamente espectacular.
Lleva el pelo rubio recogido en un moño descuidado, con mechoncitos que se le rizan en el cuello, y está tarareando —tarareando de verdad— mientras se retuerce en el asiento del reservado para alcanzar algo debajo de la mesa.
El vaivén de sus caderas, cómo se le tensa la camisa en la espalda, ese atisbo de piel por encima de la cintura cuando se mueve...
Sí. Eso es un problema.
Un problema muy caliente.
Suelta un sonido de triunfo y se incorpora del reservado con una botella vacía en la mano. Y es entonces, cuando se gira hacia la barra, cuando mi cerebro pisa el freno de emergencia con la fuerza suficiente para provocar un latigazo cervical.
Porque conozco esa cara.
Incluso años después, con las mejillas más llenas y una seguridad que antes no tenía, sé exactamente quién es.
—¿Kya?
Su nombre me sale estrangulado, como si me lo hubieran arrancado de la garganta. Como si llevara años sin pronunciarlo, que es exactamente lo que ha pasado. ¿Y por qué iba a hacerlo? Era la amiguita pesada de Emma que nos seguía a todas partes como un cachorro perdido.
Era la amiga de Emma.
Era una cría.
Kya se queda paralizada, gira la cabeza hacia mí y veo cómo se le abren los ojos de par en par. Durante un segundo ninguno de los dos se mueve. La gramola sigue sonando, pero todo lo demás desaparece.
Esta no es la misma chica que solía esconderse detrás de Emma cuando yo entraba en una habitación. Esta no es la chica de ojos demasiado grandes y muros de defensa que siempre parecía lista para salir corriendo a la primera señal de problemas.
No.
Esta es una mujer.
Y no una mujer cualquiera.
Es toda curvas suaves y presencia rotunda. Y mi cerebro —mi traicionero cerebro que claramente no funciona bien— está fijándose en cosas de la mejor amiga de Emma en las que no tengo ningún puto derecho a fijarme.
Como esas caderas anchas y ese vientre redondo que ni siquiera intenta ocultar. Tiene unos muslos que parecen capaces de aplastar el ego de un hombre. Y quizás también su cráneo. Y joder si no quiero que lo intente.
La camiseta se le estira sobre unos pechos llenos y pesados de una forma que debería ser ilegal. No veo marcas de sujetador, lo que solo lo empeora. O lo mejora. La cintura se le estrecha, suave pero firme, abriéndose hacia unas caderas hechas para que un hombre apoye las manos.
Su piel tiene un brillo cálido, como si por fin durmiera bien o tomara suficiente sol. Los pómulos se le han afilado un poco, la mandíbula más definida. Hay una peca tenue cerca del labio que no recuerdo, y una pequeña cicatriz sobre la ceja. ¿Pero sus ojos? Siguen siendo ese mismo tono profundo y cautivador de avellana, solo que ahora hay acero detrás de ellos.
Kya se mantiene erguida, con la barbilla levantada, los hombros relajados, como si por fin se sintiera cómoda en su propia piel. Ya no se esconde. Eso es lo que más me impacta: su confianza y su calma. La adolescente encogida que llamaba a mi puerta en mitad de la noche ha desaparecido, y en su lugar hay una mujer que sabe lo que quiere y no tiene miedo de ir a por ello.
Y joder, si eso no me pone a mil.
¿Qué demonios me pasa?
—¿Lee?
Su voz también es diferente, y oír mi nombre en esos labios me provoca algo que no debería provocarme.
Carraspeo, intentando recuperar la compostura.
—Has vuelto.
—He vuelto.
Deja la botella con cuidado sobre una mesa.
—¿Para siempre?
—Por ahora.
Cruza los brazos, y me obligo a mirarle a la cara en lugar de... a otras cosas.
—¿Emma sabe que estás aquí?
Algo cruza fugaz por su rostro: dolor, quizás, o decepción.
—Todavía no.
El silencio se extiende entre nosotros, y me doy cuenta de que la estoy mirando fijamente. Otra vez. A la amiga de Emma. A alguien a quien solía considerar prácticamente una hermana pequeña.
Alguien que definitivamente ya no parece una hermana pequeña.
Contrólate, imbécil.
—Así que —digo, buscando una conversación normal— este es tu local ahora.
—Supongo que sí.
Hay un tono de desafío en su voz, como si me retara a decir algo al respecto.
—¿Desde cuándo?
—Desde ayer.
Empieza a limpiar la barra con movimientos precisos y controlados.
—¿Devil no mencionó eso cuando llamó al club?
Eso es lo que tiene Kya: entiende lo integrado que está el club con este lugar, con todo el pueblo, en realidad.
—Mencionó la venta. No mencionó...
Hago un gesto vago.
—A ti.
—Bueno —dice con voz cuidadosamente neutra—, sorpresa.
Me pongo tenso. Esa es una forma de decirlo.
Entonces me golpea como un puñetazo. Pero no es solo atracción lo que hace que cierre los puños. Si Kya está aquí, si está dirigiendo el Devil's, entonces está directamente en el punto de mira de Summit. Y Devil, el viejo bastardo manipulador, la puso ahí.
—¡Devil! —ladro, recorriendo la sala con la mirada.
El viejo emerge del pasillo trasero, y la expresión de culpabilidad en su rostro me dice todo lo que necesito saber.
—Fuera. Ahora.
—Lee... —empieza Kya, enderezándose, pero ya estoy caminando hacia la salida trasera.
Devil me sigue, y en cuanto estamos en el callejón, me vuelvo hacia él.
—¿En qué coño estabas pensando?
Lo estampo contra la pared de ladrillo, no con fuerza suficiente para hacerle daño, pero sí para dejar clara mi postura.
—¿Le vendiste el bar? ¿Le pusiste una diana en la espalda?
—Quítame las manos de encima, chico.
Su voz es calmada, pero hay acero debajo.
Lo suelto, pero no retrocedo.
—Summit lleva meses rondando este lugar. Sabes de lo que son capaces. Y simplemente se lo entregas a...
—A familia —interrumpe Devil—. Esa chica ha sido familia desde que era así de alta, cuando venía aquí a recoger a su madre. Tiene más derecho a este lugar que nadie.
—¡No tiene ni idea de en qué se está metiendo!
—¿No?
Devil se endereza la chaqueta.
—Kya Sullivan es más dura de lo que crees. Siempre lo ha sido. Sobrevivió a Patty, sobrevivió al juicio de este pueblo, sobrevivió sola durante años. Puede con esto.
—No con Summit. No con el cartel...
—Con la protección del club, puede.
Entrecierra los ojos.
—A menos que estés diciendo que el MC no puede proteger a los suyos.
La acusación queda flotando entre nosotros.
—Además —continúa Devil—, ella es exactamente lo que este lugar necesita. Lo que este pueblo necesita. Alguien que no se doblegue ante el dinero de Summit.
—Deberías habérmelo dicho. Podríamos haber encontrado otro comprador...
—No había otro comprador que mantuviera esto como el Devil's. Que luchara por él.
Se acerca más.