1 KYA
Diez años después
—Sabes, cuando llegara a los veintitantos, daba por hecho que tendría mi vida resuelta —murmuro, entornando los ojos hacia la caravana de la que una vez recé por escapar—. No volver a meterme de cabeza en este pozo de mierda.
En cambio, aquí estoy, hundida hasta los tobillos en la grava irregular, vestida de luto riguroso, contemplando los fantasmas de mi infancia. El aire de marzo atraviesa mi grueso abrigo de diseñador, la única prenda de marca que tenía. Lo compré para demostrar que lo había conseguido.
Pues vaya si me sirve de algo ahora.
El lugar no ha cambiado. La caravana sigue inclinada hacia la izquierda, como si arrastrara una resaca perpetua, y sigue oliendo a humo rancio y arrepentimiento, incluso desde aquí fuera. El viento silba a través de la puerta mosquitera rota, y juro que puedo oír la voz de mamá, áspera de tanto fumar y de tantas disculpas que nunca llegaron.
Vaya, mira quién ha vuelto por fin a casa.
La ironía no se me escapa. Todos esos años huyendo de este lugar, construyendo una vida que era exactamente lo opuesto de todo lo que representaba. Líneas limpias, colores neutros, una existencia meticulosamente organizada donde todo tenía su sitio y nada me recordaba mis orígenes. Y aquí estoy, de vuelta al punto de partida.
Solo que ahora es mío, quiera o no.
Mi madre, Patricia «Patty» Sullivan, rompecorazones profesional y reina ocasional del karaoke, murió en un accidente de coche el martes pasado. Recibí la llamada de un policía estatal aburrido que ni siquiera era capaz de pronunciar mi nombre bien, trabándose con las sílabas como si fueran cristales rotos en su boca.
—¿Kii-ah Sullivan?
—Kai-ah —le corregí.
—¿Kikah?
—Kai-ah.
—Bien, lamento informarle, señorita Sullivan, de que su madre ha fallecido.
Por desgracia, no fue el dolor ni la conmoción lo que sentí, sino el reconocimiento vacío de que llevaba años preparándome para esta llamada. Mamá se había ido matando poco a poco con alcohol y malas decisiones desde que tengo memoria. Parte de mí se sorprendió de que hubiera tardado tanto. Escuchar la noticia fue como oír la campana final de una pelea que había terminado mucho antes de que el árbitro contara hasta diez.
El resto de sus palabras se difuminaron hasta que me dijo algo que me devolvió de golpe a la realidad.
—Acababa de cobrar un cheque —añadió como de pasada, como si fuera un detalle sin importancia—. De la lotería estatal. Un millón.
Me reí. Una carcajada histérica, de esas que te sacuden el cuerpo entero, de esas de «¿me estás tomando el pelo?», que probablemente hizo que el pobre hombre pensara que la pena me había trastornado. Claro que ganó la lotería. Claro que murió antes de gastar un céntimo. Y claro que me lo dejó todo a mí.
Incluso muerta, mamá seguía siendo capaz de ponerme la vida patas arriba. Al menos esta vez de una forma que podría ayudarme.
Suspiro y arrastro la maleta escalones arriba; las ruedas golpean con fuerza contra la madera combada. El sonido resuena por todo el parque de caravanas como disparos, y casi espero que la señora Kowalski, la vecina de al lado, asome la cabeza y empiece a hacer preguntas que no estoy preparada para responder. Pero el parque está en silencio, la mayoría de la gente ya recogida para pasar la noche con sus cenas precocinadas, su cerveza y su negación de que este es el lugar donde los sueños vienen a morir.
No pienso quedarme mucho. Solo lo justo para ocuparme de la herencia, vender lo que no soporte conservar y averiguar qué demonios hacer con un millón de dólares que me sabe más a dinero sucio que a bendición.
Saco la llave del bolso y abro la cerradura.
Nada más entreabrir la puerta, el olor me golpea.
Podredumbre. Moho. Basura.
Me dan arcadas y me tapo la boca con la mano mientras abro más la puerta de una patada. El aire de dentro es espeso, húmedo y fétido, como basura dejada al sol a pudrirse. El hedor me envuelve como una garra y me arrastra de golpe a cada noche horrible que pasé en este lugar.
La moqueta está manchada. Los platos siguen en el fregadero. Hay un envase de comida china a medio comer en la mesita, cubierto de moho verde. ¿Y lo peor? Que ni siquiera me sorprende.
Retrocedo tambaleándome hasta el porche y trago bocanadas de aire fresco. Me escuecen los ojos. Se me revuelve el estómago.
—Gracias, mamá —murmuro, rezando por no vomitar.
Cuando se me pasan las náuseas, cierro la caravana con llave, tiro el bolso en el coche y hago lo único racional.
Voy en busca de una copa.
Nuestro pueblecito tiene dos bares: el club de campo en la otra punta, y el Devil's. El club de campo es solo para socios, así que me quedo con el único antro en ochenta kilómetros a la redonda.
Entro en el aparcamiento y niego con la cabeza mientras aparco. Hay cosas que no cambian.
El letrero sigue parpadeando con la palabra «Bar» en letras que conocieron tiempos mejores. La abolladura en la pared izquierda sigue ahí, la que dejó Tommy Hendrix cuando estrelló su moto en el último curso del instituto.
Me quedo sentada en el coche un momento, aferrada al volante, intentando reunir el valor para cruzar esas puertas. Aquí es donde mamá pasó la mayoría de las noches durante los últimos treinta años, encaramada a un taburete, reinando sobre quien quisiera escuchar sus historias de los buenos tiempos, cuando era la reina del baile y el mundo estaba lleno de posibilidades.
También es donde pasé algunas de las noches más largas de mi infancia, esperando en el coche a que mamá saliera tambaleándose para llevarnos a casa borracha. Es donde aprendí a tragarme el orgullo y la vergüenza a partes iguales, a sonreír educadamente mientras ayudaba a mi madre, tambaleante y farfullando, a llegar al coche, con la mitad del pueblo mirando y la otra mitad juzgando desde lejos.
Pero es el único lugar que me parece adecuado esta noche. El único lugar donde puedo hacer el duelo como es debido por alguien que me rompió el corazón mucho antes de irse.
Empujo la puerta, que se atasca como siempre, raspando contra el marco con un chirrido de uñas sobre pizarra. El olor me golpea de inmediato: cerveza y grasa de lo que sea que pase por comida en la cocina, mezclado con lejía industrial y el dulzor sutil del whisky derramado.
Es como entrar en una cápsula del tiempo, cada detalle exactamente como lo recuerdo. La misma máquina de discos en la esquina suena con alguna canción country melancólica sobre amor perdido y segundas oportunidades. La misma diana cuelga ligeramente torcida en la pared del fondo, lo bastante lejos de la mesa de billar para que nadie resulte herido. La misma colección de letreros de neón de cerveza que lo tiñe todo de rojo y azul, como si el lugar entero estuviera perpetuamente bañado en el resplandor de una sirena de policía.
No esperaba ver a Devil —el hombre, el mito, la leyenda envuelta en cuero— detrás de la barra. Está más viejo ahora, más canoso, las arrugas alrededor de los ojos más profundas y marcadas. Pero sigue teniendo el físico de alguien que levanta camiones con una mano.
Cuando levanta la vista y me ve, un millón de emociones le cruzan el rostro. ¿Sorpresa, tal vez, o reconocimiento? Pero su expresión se recompone enseguida en esa máscara neutral que recuerdo, la que nunca dejaba entrever lo que pensaba.
—Vaya, vaya —dice arrastrando las palabras, dejando el vaso que estaba puliendo—. Mira quién aparece por aquí.
—Hola, Devil —digo mientras me subo al taburete en el que solía colarme cuando mi madre no miraba. El vinilo está agrietado en los mismos sitios, remendado con cinta aislante que se ha vuelto gris con los años—. Ponme algo fuerte.
Levanta una ceja.
—¿Día difícil? —pregunta mientras coge una botella de whisky. Del bueno, no el matarratas que solía servirle a mi madre.
Se ve que sabe distinguir un abrigo de marca cuando lo ve.
—Semana difícil. Año difícil. Una puta década difícil, si te soy sincera.
Sirve sin decir nada y desliza el vaso por la barra con soltura. Cuando el whisky me baja por la garganta, cierro los ojos y dejo que arda.
—Me enteré de lo de tu madre —dice en voz baja—. Lo siento, chica.
La palabra chica me golpea más fuerte de lo que debería. Así me llamaba entonces, cuando tenía diez, trece, diecisiete años, y venía a recoger a mi madre de cualquier lío en el que se hubiera metido.
Asiento con la cabeza, sin fiarme de mi voz.
El silencio se alarga mientras, a nuestro alrededor, el bar sigue con su ritmo eterno: el murmullo de las conversaciones, el golpe seco de las bolas de billar, el zumbido lejano del aire acondicionado, que lleva agonizando desde los tiempos de Clinton.
—¿Te acuerdas de aquella noche —digo por fin—, cuando tenía dieciséis años? Llovía a cántaros y llamaste para decir que mamá estaba lista para volver a casa.
Las manos de Devil no paran de moverse, puliendo vasos con la memoria muscular de treinta años detrás de la misma barra. Pero veo la ligera pausa, cómo se le tensan los hombros apenas una fracción.
—¿Qué noche? Hubo muchas.
—La noche que llevaba aquí desde el mediodía. Cuando llegué, estaba inconsciente en el reservado del fondo. Tú estabas sentado con ella, sin más... cuidándola. Para que nadie la molestara mientras dormía la mona.
Me mira un instante antes de volver a lo suyo.
—Lo recuerdo.
—Me ayudaste a llevarla al coche. No se tenía en pie, pero actuaste como si no fuera nada. Como si fuera un martes cualquiera.
Doy otro trago, más pequeño esta vez, y dejo que el whisky me caliente por dentro.
—Podrías haberla dejado volver sola a casa. Podrías haber mirado para otro lado. Pero no lo hiciste.
—No habría estado bien.
—No —coincido—. Pero no a todo el mundo le importaba hacer lo correcto.
Devil deja el vaso que ha estado puliendo y me mira de verdad por primera vez desde que entré. Sus ojos son del mismo azul penetrante que recuerdo, de esos que parecen atravesar cualquier máscara hasta llegar a la verdad que hay debajo.