ROMANOS
—Ya conoces fragmentos de mi historia. Pero como todo ha terminado y no hay prisa, te la cuento de nuevo, si quieres —declaró la curtida voz del veterano lanzando un leño a la hoguera.
Dos solitarias figuras humanas se refugiaban del viento a las puertas del templo.
Al lado de ellos corría un riachuelo, donde dos mulos sedientos bebían.
Habían caminado mucho aquel día, hombres y mulos, todos cargados a conciencia, dejando atrás la población al pie de aquella elevación.
No querían llamar la atención, solo necesitaban agua y un prado para los animales.
Llevaban víveres de sobra, para algo eran legionarios.
—Tú eres joven. Por este golpe de suerte, te ahorrarás muchas penurias al servicio de nuestros incansables superiores. Pues al final del servicio no hay fortuna, aunque sea a la sombra de un gran hombre, más allá de la que te labres tú mismo, chico. Y nosotros ya hemos hecho fortuna.
—Pero ¿qué hay del servicio a Roma? Acabo de empezar, me consideraba afortunado de servir a Pompeyo el Grande.
—El Grande, grande en ambición. Escucha mi latín, porque es fácil de comprender: llevo veinte años de legionario, empecé bajo Sila, el maestro de nuestro actual cónsul. Yo, como ciudadano, me presenté voluntario. Dejé mi Ostia natal para buscar fortuna lejos del trabajo servicial de mi padre.
El joven le escuchaba, contento de que un veterano lleno de cicatrices lo tratara de igual a igual. En verdad, solo era un calon que ayudaba con la intendencia y el cuidado de los mulos.
—¿Y qué conseguí? Pasar veinte años, ¡veinte!
, que se dice pronto, cavando, marchando, y derramando sangre.
Para que me obliguen, al final de mis días de servicio, a marchar con jóvenes que aún no han secado la leche materna de sus imberbes morros.
No. Hablan mucho, no saben nada de la vida y, lo que es aún peor, cobrando yo, ¡un veterano!
, lo mismo que ellos. Grande es la afrenta.
Y todo por ser afortunado en el juego. ¡Maldita la casa del centurión, sus antepasados y sus descendientes, por venderme así ante el tribuno!
Denunciarme por hacer trampas a los dados, sabiendo que es imposible mantener una hoja de servicio completamente limpia y a la vez ser un soldado voluntarioso.
Te diré algo, y acuérdate bien: no te fíes de las gentes del Trastévere, son unos recién llegados a Roma. ¡Salvajes incultos…!
—Pero al menos has visto mundo. A nosotros nos han llevado a la Capadocia desde Roma tras la instrucción y no he visto más que Asia de pasada.
—¿Y qué te parece viajar?
—Es cansado.
—Exacto, y eso que apenas has empezado. No hay verdad en el viajar.
Eres joven y no lo recordarás, pero yo ya servía cuando Sila, el patrono y profesor de nuestro actual Magno.
Marchó a Grecia. Ese fue mi primer viaje, Grecia.
En vez de civilizar bárbaros en los confines de la república, nos dedicamos a matar a nuestros hermanos griegos.
No me malinterpretes. Es culpa de los propios griegos por juntarse con malas compañías y, como siempre, no saber defender lo suyo.
Mas lo que les organizamos en Atenas, ya que por juventud participé, fue una verdadera masacre.
Yo, que no me tomo por sensible, aún me despierto por las noches.
Pero eso no fue viajar, una simple escapada.
Cuando empecé a ver mundo, fue con Pompeyo.
—¿Y cómo es participar en un triunfo?
—Dime, ¿te gustaba cuando en la instrucción te dedicabas a marchar y el instructor te golpeaba con la vara para corregir la postura?
—No, la verdad .
—Pues lo mismo, pero rodeado de un pueblo borracho. Y todo es caro esos días en Roma. Vino, comida, mujeres…
—Vaya. No lo había pensado así. Has vivido muchas aventuras.
—Aventura ninguna. Mucha hambre, enfermedades y vísceras de compañeros.
Pero calla, que me cortas. Ya no recuerdo dónde estaba.
Bueno, el caso es que aquí nos tienes ahora, luchando contra los restos del imperio de Alejando, del que Pompeyo se ve heredero.
En mi opinión, hemos llegado veinte años tarde.
Mucho he seguido a Pompeyo, mucho, y te digo que no ha mejorado con los años.
—¿Y qué crees que va a pasar?
—Pues habrá guerra civil. Otra más, todo se repite. Volvemos a tener dos grandes. Primero lucharán bajo la manta, y luego sobre ella. ¿Y qué quieres que te diga? Pompeyo puede que sepa ganarse a los nobles, pero en cuanto al pueblo, anda suspirando por César.
—No me refería a eso, sino a lo que cargan los mulos.
Es decir, eso que cuentas es interesante, pero se me escapa, no lo entiendo del todo bien.
Lo que sí he entendido es que la parte buena del servicio son el vino y las mujeres.
Y que lo bueno parece muy separado en el tiempo por largas jornadas de marcha y trabajo duro.
Por eso me refería a qué va a pasar con ese cargamento que… ¿nos hemos apropiado?
—Que hemos rescatado. Hay que hablar con propiedad, muchacho.
Me alegra que veas la verdad en mi sabiduría.
Sobre la pérdida del cargamento, es culpa del maldito centurión, por no haber previsto el ataque y preocuparse más por ascender que por vivir.
Si Hércules protege a nuestro Grande, a nosotros nos protegen Cástor y Pólux, que tienen predilección por el soldado de a pie.
—Pero ¿no deberíamos devolverlo?
—¿Y aparecer con solo la pequeña parte que tenemos?
¿Solo dos mulos, cuando se han perdido otros veinte y un carro?
¿Para qué, para que nos tilden de traidores y nos acusen de haber escondido el resto?
¿Para que nos den de latigazos, nos crucifiquen, o nos lapiden?
Porque eso es lo que te garantizo que pasará.
No, muchacho. Te propongo un plan mejor.
—¿Cuál?
—Cada uno se queda el cargamento de un mulo a partes equitativas. Creo que es un pago justo por una vida de servicios, y por que el destino te prive de la oportunidad de servir lo tuyo, que en conciencia ibas a cumplir.
—No sé. Era la paga de toda la legión.
—No seas mentecato. Nadie pagaría a la legión en áureos.
Nos mataríamos entre nosotros a la primera partida de dados.
Apostaría que llevamos el soborno de algún gran señor.
Piensa que hemos evitado Tiro y nos dirigimos a Jerusalén, que está bajo asedio.
¿Te parece justo que algún gran señor, que ya es rico, reciba un tesoro por traicionar, cuando nosotros por ser fieles recibiríamos el látigo?
—No suena no justo, no.
—Correcto. Tú que eres joven, puedes ahogarte en vino y mujeres. Ve a Tarso y consigue un buque, visita Hispania y acuérdate de tu viejo camarada en tus pocos momentos de lucidez.
—Suena interesante. O… podría ser actor. Me gusta el teatro, pero nuestro teatro, el romano, no ese rarito griego.
—También puedes hacer eso, sí. Podrías tener tu propia compañía, un esclavo que te escriba comedias, tragedias y todo el repertorio. Es más, con la carga de ese mulo te podrías convertir en el mayor mecenas teatral de la República.
—Suena bien, suena muy bien. ¿De verdad lo crees?
—Te lo aseguro.
—¿Y tú qué harás, ir a Hispania?
—De todo lo que he visto, me gusta el mar Hospitalario.
Tiene un buen nombre. Me recuerda a mi Ostia natal, al menos como era antes de toda la locura moderna.
Creo que me retiraré a la vieja colonia del Quersoneso.
Me dedicaré al comercio y a la crianza de niños, como mi viejo padre.
Pero basta de hablar, me duele la rodilla.
Eso es que se acerca una tormenta. Ocultémonos en el templo hasta que pase, nos entretendremos contando nuestras nuevas riquezas.
—Pasará rápido —dijo el joven desertor anticipando ya sus triunfos teatrales—. No parece este un sitio donde llueva a menudo.