ESTRELLA DEL ALBA
«Mirtylo Pons, por primera vez en los últimos tres días no tienes ningún plan», caviló.
Dolorido, picoteado y fatalista, empezaba a hundirse manteniendo a duras penas nariz y boca a flote.
Su diálogo mental se había acallado, ya no tenía a nadie a quien embaucar, ni siquiera a sí mismo.
Lo único que le ayudaba a flotar era una bolsa impermeable sujeta al cuello; si la soltaba, todo sería más rápido, menos sufrido.
Se desenganchó la bolsa y la mantuvo ante sus ojos.
A través del plástico semitransparente distinguió el naranja chillón de la pistola de bengalas que había cogido maquinalmente antes de abandonar el barco.
«De perdidos, al fondo del mar», reflexionó mientras luchaba por sacarla de la funda, pero tal esfuerzo le hacía hundirse.
Se aupó con los restos de su voluntad para salir a flote, mirando de reojo las venenosas siluetas moradas e intentando mantenerse alejado de ellas.
Con manos torpes y dedos helados, abrió la bolsa impermeable y metió con cuidado la mano.
Levantó la pistola de bengalas y apretó el gatillo, con tan mala suerte que el retroceso hizo que la pistola saliera volando de su débil mano, golpeándole el hombro.
El señor Pons se hundía en el Mediterráneo.
Los pulmones hinchados con una última y avariciosa respiración.
El silencio le envolvía. Sin embargo, había algo impropio en aquel etéreo entorno salino, una nota discordante.
Sus encharcados oídos percibían una vibración en el agua.
Tragando mar, aleteó como pudo con los brazos agarrotados y emergió.
En la creciente claridad vio algo justo en el límite de su visión: el mástil de un velero que llevaba un grupo de gente.
No había velamen y se movía a motor, propagando su sonido por el agua.
—Sí, sí, sí, no… Sí. Retiro las maldiciones .
Notó otro pinchazo urticante en la mano y volvió a hundirse.
Impulsándose apenas con una pierna, asomó la cabeza y giró el cuello desorientado.
Ya no veía la embarcación, sólo distinguía a las medusas, que parecían haberse acercado movidas por el chapoteo.
A través de las violáceas formas localizó de nuevo el mástil, que viró ligeramente.
No estaba seguro de que se dirigiera hacia él, e intentó atraerlo alzando y moviendo ambas manos, pero solo consiguió tragar más agua. No le quedaban fuerzas.