LA HORA MÁS OSCURA
Mirtylo seguía batiendo las piernas con ayuda de pensamientos estimulantes, del tipo: plumón de ganso, café irlandés, leños crujientes, Victoria… Le pareció que el horizonte empezaba a clarear, pero aquella visión optimista podía estar jugándole una mala pasada.
Cerró los ojos y los mantuvo así unas cuantas respiraciones profundas.
Cuando los abrió, la claridad era más certera.
No estaba equivocado. Permaneció flotando mientras la luz inundaba el mar Balear, la franja del Mediterráneo donde se encontraba y que separa las islas de la península.
El amanecer, más que bonito, era dramático.
Un par de gotas saladas humedecieron los ojos del señor Pons, para ir a perderse con sus compañeras en la superficie.
Pero lo mejor que tenía ese amanecer en particular es que era revelador: la luz se recortaba contra la escarpada costa norte.
Ya sabía a dónde tenía que dirigirse .
—La vida es sufrimiento, en este caso corpóreo. Y aunque duela, sólo tienes que nadar.
Si lograba mantener la concentración y no dejaba que su espíritu desfalleciera, estaba salvado.
Ya pensaría a su debido momento en el reto que suponía la costa rocosa.
Así que siguió nadando metódicamente en un estado de trance inducido por el ejercicio continuado, cuando sintió un primer pinchazo en la pierna.
El dolor le rompió el ritmo y le cortó a media respiración.
Decidió ignorarlo y seguir. Pero entonces un segundo pinchazo le fustigó el abdomen.
Un ardor atroz se propagó por todo el cuerpo, no pudo ignorarlo más y detuvo la marcha por segunda vez.
Se palpó la tripa; no era un tirón, eran picaduras.
Miró alrededor buscando qué lo había causado, mientras escaneaba su cuerpo.
El reporte que obtuvo no era prometedor:
—Un par más de esos misteriosos pinchazos adicionales y nos vamos al fondo.
En el Mediterráneo hay pocos habitantes que supongan un peligro para la integridad física de una persona, con una notable excepción: la Physalia physalis , conocida como carabela portuguesa, una gran medusa de tonos violáceos y larguísimos tentáculos que causa, cuando pica, un largo etcétera de síntomas terriblemente desagradables, en especial si la infeliz víctima que se topa con ella se encuentra, por circunstancias de la vida, agotado, que es exactamente como él estaba en ese momento:
—Instálate en la costa. Aire limpio, tranquilidad…
Ideal para la salud —pronunció con amarga ironía mientras escupía agua y se detenía ante un grupo de flamantes carabelas portuguesas que le esperaban a unos metros, elevándose palmo y medio del agua—.
Y pensar que me sacarán del mar exactamente como el maldito Ali quiere: azul, muerto y con una medusa chupándome la cara.
Malditos dioses, maldito día, maldito negoci , maldito yo.