Fortuna en Mallorca CHAPUZÓN MAÑANERO
90%

CHAPUZÓN MAÑANERO

Mirtylo se lanzó al agua y empezó a nadar con agilidad hacia lo que él presuponía que era la costa.

«No hay nada peor que dejarse comer por las voces de tu mente», pensó recordando a su desaventurado compañero.

La voz de Buzo sonaba cada vez más débil en la oscuridad.

El señor Pons oyó cómo la canción era interrumpida por un par de golpes; eran las orcas entreteniéndose con el casco de fibra de vidrio.

Nadó más rápido y volvió a escuchar la voz de Buzo, pero no estaba seguro de si la canción se había reanudado o si era su cabeza, que la ponía a modo de hilo musical.

Entre brazadas reflexionaba sobre sus decisiones vitales: le gustaba empezar los días de semirretiro con un vigorizante baño en el Mediterráneo; ese mar interior, piscina infantil donde la civilización occidental aprendió el arte naval, por lo general un mar tranquilo y cálido.

Sin embargo, hoy no era uno de esos días.

Nadaba desfondado, agotado por los acontecimientos, golpes y amenazas.

Cuando el cuerpo le pedía un descanso, seguía braceando.

Sintiéndose cada vez más cerca de la extenuación, las heridas le ardían por la sal y tenía el pulso disparado.

«¿Aumentará el modafinilo el riesgo de infarto? Debería leer el prospecto alguna vez».

Al fin se detuvo.

Después de treinta minutos largos nadando, no se había convertido en comida de cetáceo.

Las orcas no le seguían. Él no lo sabía, pero lo cierto es que las mal llamadas ballenas asesinas, originalmente bautizadas por marinos españoles asesina-ballenas , no tienen apetito por la carne humana, prefieren el pescado fresco, el calamar de las profundidades o la ocasional y tierna cría de ballena.

Su dieta tiene mucho más en común con el amante del sushi que con un billonario aburrido, que sí aprecia la variedad que otorga un buen trozo de humano.

Flotando en la oscuridad, no pudo evitar otro pensamiento intrusivo: a los náufragos se les recomienda tirarse al agua con calcetines oscuros, para no atraer a los tiburones, pero no hay ningún consejo sobre qué hacer si estás en pelota viva.

«Todo me pica. Bueno. Si pica, cura. Eso significa que sigo en el plano terrenal.

Piensa, piensa, está oscuro, no hay nadie, no hay nada, y menos mal que no llevo calzoncillos.

Con todo lo que he pasado estarían para tirar.

El mar está tranquilo. Estaremos a unos dieciocho grados.

Un cuerpo sano puede sobrevivir alrededor de un día.

Estás algo maltrecho, pero ni tan mal. Queridos dioses del mar…

—no sin es fuerzo, raspó en el fondo de sus conocimientos—: Neptuno, Poseidón, Mazu, Talay, Lir, Aegir y san Telmo, estimados todos: os prometo que donaré a Sea Shepherd si me permitís vivir, y nunca más visitaré un zoo de esos que hacen a vuestros hijos pasar por el aro.

Bien, esa parte está cubierta. A todo esto, ¿estoy nadando en la dirección adecuada? ».

Estiró el cuello. Una persona de estatura media puede ver a más de cuatro kilómetros de distancia, eso cuando no está hasta las orejas en el agua, porque eso es lo que veía: agua y noche.

Además, sin saber cuánto tiempo llevaba el barco navegando, era imposible saber cuánto le quedaba por nadar.

Observó el cielo: nada. Las estrellas estaban ocultas por nubes que no se distinguían, aunque se intuían. Tampoco había luna.

—Maldita Mallorca. Debería haberme retirado a una casita en el interior de Francia, lejos del mar. Tener un jardín de rosas, criar conejos, dedicarme a leer delante del fuego y usar mantequilla en vez de aceite para cocinar.

Siguió nadando, notaba un incipiente calambre en el gemelo, pero lo ignoró. Mientras se moviese y respirase, seguiría vivo. Ese era el plan A, el único: seguir con vida.