Fortuna en Mallorca BIODIVERSIDAD MARINA
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BIODIVERSIDAD MARINA

El barco saltó y, girando sobre sí mismo, cambió de rumbo noventa grados. El motor borboteaba, parecía luchar por coger aire. Seguía funcionando, pero ahora emitiendo quejidos. Otro golpe siguió al primero, y provocó otros noventa grados de nueva dirección.

La embarcación se balanceaba violentamente.

Hans cayó al agua al primer envite, justo cuando se estaba encendiendo uno de los puros de Mirtylo y comentando los momentos más coloridos de la noche. Su atención no había estado al nivel de la navegación nocturna, tarea siempre peliaguda.

Bruto, que como todas las demás almas embarcadas no entendía qué pasaba, se puso a mirar por la borda buscando al compañero caído.

No acertaba a apagar el motor, y el segundo impacto, que casi le lanza al agua a él también, provocó que la embarcación pasara por encima de su malogrado colega en el mar, con fatal resultado. Solo se escuchó un último grito.

Bruto detuvo, ya tarde, el motor y se puso a examinar la superficie del agua ayudándose de una potente linterna.

No vio a Hans, pero sí distinguía fragmentos de su casco flotando.

Con pavor, percibió que el barco empezaba a escorar.

No ayudó a su estado anímico que el desfigurado cuerpo del su amigo y compañero de fatigas legales e ilegales eligiera ese preciso momento para aparecer ante sus ojos, flotando boca abajo mientras las olas lo alejaban.

Aun con todo lo terrorífico que le parecía cada uno de aquellos elementos, ninguno, por separado o en conjunto, le generaron el horror que le infundió un desproporcionado ojo blanco que emergió del agua devolviéndole la mirada desde la oscuridad marina.

Un monstruo se asomaba de las profundidades, para sumergirse de nuevo.

Antes de que Bruto pudiera entender lo que veía, una mano le tocó el hombro:

—Hans, colega… —dijo instintivamente, aunque sabía que no podía ser él.

Un gancho en la barbilla lo noqueó.

—Tres de tres. Te tengo cogida la medida —dijo Mirtylo a la postrada figura.

Unos instantes atrás, Mirtylo, todavía en el camarote, se había visto forzado a cambiar de plan cuando vio que, de manera lenta pero segura, la embarcación se estaba empezando a llenar de agua.

Eso le hizo desatar a Buzo, que no hizo amago de moverse, y salir con cuidado a la cubierta.

Allí vio a Bruto desprevenido, al cual saludó con efusividad y violencia.

Estaba claro que se iban a pique, y pese a sus muchas habilidades, el señor Pons sólo era un navegante amateur, no tenía capacidad de evitarlo.

«Dejaré el yoga y me apuntaré a vela», meditó mientras la brisa nocturna ventilaba su desnudez y el barco escoraba .

Entonces rebuscó ágilmente por la cubierta una balsa salvavidas, que no encontró, pero sí se topó con sus puros, y se metió uno distraídamente en la boca.

Encontró también dos chalecos salvavidas, una bolsa impermeable que contenía la documentación del barco, un boli y una pistola de bengalas.

Colocó un chaleco salvavidas a Bruto —ya era más de lo que este habría hecho por él— y lanzó el otro chaleco a Buzo adentro del camarote, donde el agua ya cubría un palmo.

Volvió a salir a la noche, recogió la bolsa impermeable, sacó los papeles, metió la cartera, llaves, puros y, con gran alivio, su reloj, que arrebató de la muñeca del inconsciente Bruto.

—Este muchacho debería ver a un neurólogo.

En ese momento en su desnuda rabadilla notó que Buzo había salido del camarote. Sujetaba el chaleco con una mano y miraba hacia la oscuridad.

—Tenemos que saltar —le indicó Mirtylo.

—¿Para qué?

—No me vengas con una crisis existencial ahora. Sí, apuñalaste a un tipo que te salvó la vida, pero también te puso en peligro. Si me preguntaran, diría que es prácticamente un empate. La vida tiene estas cosas. ¡Salta!

—No tiene sentido.

—Eres un chaval, aún estás a tiempo de hacer tu vida, u otra si esta no te gusta. Vamos, ¡salta!

—¿Para qué?

No era el momento de resolver pequeñas grandes preguntas, y más con Mirtylo centrado en salvar su expuesto pellejo.

Cambio de planes: empujó al inerte Bruto al agua y agarró a Buzo para lanzarse juntos por la borda.

Pero la tentativa se vio interrumpida cuando una gran sombra negra emergió del agua y los dos compañeros vieron cómo el cuerpo de Bruto se elevaba cuatro metros sobre la superficie, lanzado cual muñeco de trapo, el brillante chaleco naranja contrastando con la oscuridad del cielo …

No gritó, quien sí lo hizo con un terror que perforaba los tímpanos fue el lívido exinfante, en la ya semihundida cubierta.

Una orca había decidido que aquel cuerpo envuelto en un chaleco salvavidas era un entretenimiento ideal, y lo lanzaba una y otra vez para horror de la tripulación del Mi Maricarmen .

Finalmente el cuerpo de Bruto cayó con un ruido sordo al agua, para ser inmediatamente llevado a las profundidades. Se ve que para la mente juguetona de la orca, lanzar era igual de divertido que hundir.

—Qué leñes —dijo Mirtylo mordiendo su puro hasta romperlo en la boca.

—El pez… Jonás… Soy Jonás, lo sabía.

—Oh, no, nada de evangelizar a estas horas. Prepárate, tenemos que nadar. ¿Ves esa sombra a lo lejos? Esa es la costa. El suroeste. ¡Venga!

—Ya sé para qué. —Buzo lanzó el salvavidas por la borda, se sentó apaciblemente en la cubierta, se abrazó las rodillas y comenzó a entonar con voz queda una canción de cuartel que no había entendido hasta ese momento—: La muerte, la muerte no es el final… —cantó con voz quebrada.