Fortuna en Mallorca PATRÓN DE EMBARCACIÓN DE RECREO
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PATRÓN DE EMBARCACIÓN DE RECREO

Buzo y Mirtylo yacían tirados en el camarote.

Buzo, completamente dolorido, presentaba un aspecto penoso: hinchado, de color rojo-púrpura, se sujetaba precariamente a los restos de la silla y retorcía las extremidades en posturas antinaturales.

A Mirtylo lo despertó la luz verde de seguridad que alumbraba la salida del camarote; notaba el traqueteo del motor.

—¿Dónde estamos?

Buzo no respondió, gimoteaba y repetía frases inconexas.

Viendo que no contaba con ningún aliado, Mirtylo puso a trabajar su cabeza, cosa que no le resultó fácil.

Estaba viviendo una de esas noches que genera contracturas a la mañana siguiente, pero si no intervenía ya, no llegaría a esa hipotética mañana.

El señor Pons apartó el dolor y las náuseas, y se encontró que debajo se escondía un miedo paralizante que nacía en las profundidades de la amígdala.

Tras un rato de esfuerzo neuronal, entendió que estaba en el barco y que notaba el mar tranquilo.

Hizo un repaso a la cronología: ¿cuánto tiempo había estado apagado?

A juzgar por que aún no había luz solar, no demasiado.

Debían de estar en la escarpada costa noroeste de la isla, era lo único que estaba tan cerca.

—Fantástico, ya sabes dónde estás —se animó—. Ahora huye antes de que te ahoguen.

Movió los brazos; no había nada roto. Uno de los reposabrazos se había abollado, y el tubo de aluminio de la estructura estaba partido.

Con lo cual, rápidamente consiguió romper la ligadura que sujetaba el brazo derecho.

Se detuvo. El motor traqueteaba regular.

Náuseas. Las voces apagadas de Bruto y Hans se colaron en el camarote.

Se encontraban tras la pequeña portezuela.

Apenas tres centímetros de material los separaban.

Hablaban, pero él no distinguía el tema.

Daba igual, lo único importante era que no entraran en ese preciso momento.

El señor Pons rebuscó en los cajones de aquella diminuta y eficiente cocina: en la penumbra sólo pudo encontrar varios cuchillos romos y un sacacorchos oxidado del tipo cuchillo de sumiller.

—La llave de mi libertad .

¡Cómo apreció el señor Pons el reconfortante peso de ese objeto en la mano! Sin duda, sería un buen sustituto de la aguja de tejer que se quedó en la finca de Alistair. Colocó la espiral entre los dedos y cerró el puño alrededor del mango. Seguía desnudo, pero ahora contaba con un aguijón.

Decidió no desatar a Buzo. El barco era angosto, y el desertor inestable. ¿Qué hacer? Al notar que la embarcación iba perdiendo velocidad, decidió atraer a uno de los carceleros poniendo la radio del camarote a toda potencia para atacarlo por sorpresa cuando entrara.

Pese al mareo, entre los restos de silla y el sacacorchos, se sentía con posibilidades. Así que estiró los músculos, inspiró fuerte y alargó la mano hacia el dial del volumen.