SANTA PACIENCIA
Victoria caminaba bajo la luz de las estrellas y la luna.
Debido al enorme chaquetón y gorro de lluvia impermeables que llevaba, su figura era indefinida.
Parecía más un espantapájaros que había cobrado vida, que la sofisticada urbanita que regentaba una respetada tienda de antigüedades en el centro de Palma.
Se detuvo a esperar.
Finalmente encontró el sitio adecuado que le permitía observar la carretera de acceso a la finca de Alistair.
Las luces de neón y la rítmica música electrónica indicaban que aún era temprano.
Así que se acomodó sobre unas rocas, abrazándose las piernas y oculta en el chaquetón.
La atmósfera dentro de la prenda era cargada, pero lo encontraba reconfortante: el perfumado tabaco de pipa del padre, que tarde o temprano impregnaba toda la ropa de la casa, luchaba contra el olor a lavanda que la protegía de las polillas.
Notando en el pecho el acompasado retumbar del bajo que se propagaba desde la finca, cayó en un duermevela inquieto. De vez en cuando tenía la sensación de escuchar arranques de carcajadas dignas de un clan de hienas, aunque estaba demasiado lejos de la fiesta para que el sonido fuera real.
Se despertó sobresaltada con el rugido de un motor lejano.
—La he cagado —fue lo primero que le vino a la cabeza, un pensamiento que abarcaba muchas decisiones de los últimos días, años incluso, pero sobre todo se refería a haber dejado escapar a Alistair.
Consiguió despejarse cuando se dio cuenta de que el rurruru que sonaba no era un vehículo, sino el canto de un chotacabras que se dedicaba a cazar insectos al vuelo; es más, la música había parado—.
Vamos, Ali, ahora te toca hacer tu parte.
Espero que de verdad me consideres igual de tonta como me haces sentir.
Miró el móvil: no había ninguna llamada perdida, solo un mensaje cuyo único contenido era un pasivo-agresivo «?». Preparó su mejor voz nerviosa, buscó el número de Alistair, y sin darle opción de mandar, empezó a gimotear:
—¿Hola…? Lo siento mucho, jo, de verdad, no encuentro el camino.
Llevo horas dando vueltas, y justo ahora veo en mi coche una luz que se enciende.
Creo que es la gasolina. Lo siento, hay un árbol y…
y un cartel que dice… ¿A ver? Sí, ¡ese! Ahí, estoy aparcada justo delante.
—Mientras recibía todo tipo de instrucciones detalladas, vio pasar un par de coches, una furgoneta negra y, acto seguido, un BMW anticuado que le hizo pensar en Mirtylo.
«¿Qué andará haciendo? Dudo que su noche sea tan mala como la mía».