Fortuna en Mallorca EXCURSIÓN A LA COSTA
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EXCURSIÓN A LA COSTA

El ambiente en la mazmorra cambió de repente.

La enfermiza euforia de los asistentes se había esfumado con la confesión de Buzo.

No es que lo que acababan de escuchar importara a la mayoría de los moteros, ni siquiera al informático, pero Buzo ensombreció la energía positiva con la que estaban trabajando hasta el momento, y si Ali les daba la opción de salir del subsuelo, preferían ir a por los rescoldos de fiesta que quedaban.

Mirtylo rompió el silencio:

—Espera, espera. ¿Que dejaste a Cordero tieso en mi nueva casa? ¿Dónde está el cuerpo? Yo no vi ningún cuerpo. ¿En el baño?

—Nevera .

—¡Mierda! Y yo que pensaba que había invertido en un caramelito. ¿Me soltáis? —Se interesó Mirtylo sin excesiva esperanza.

Alistair miró hacia la mesa. Fue a por otra dosis, y de camino volvió a palparse instintivamente el cuello, alargando el movimiento hacia su pecho. Hoy estaba abusando y su organismo no respondía. Sin girarse, gruñó a la congregación que tenía a su espalda:

—Ya hemos vaciado la piñata. Deshaceros de ellos.

—Alistair, suéltame… Es lo mejor. Te consigo una moneda más. ¿Qué te parece?

—Me aburres, buddy . Con las monedas que hemos sacado de los bolsillos de esa rata desertora, ya tengo para una colección.

Me voy arriba. Y vosotros dos —dirigiéndose a Bruto y Hans—: os doy una última oportunidad.

Lleváoslos en la lancha y ahogadlos en el mar.

Ni se os ocurra hacerlo aquí. Tenéis que aseguraros de que respiran cuando los tiréis por la borda para que se les llenen los pulmones de agua.

Ah, y que floten, ¿me entendéis? Quiero leer sobre ellos en el periódico.

Y no olvidéis obligarles a tragar algo de alcohol.

Después, que alguien se lleve el coche al desguace.

Christ , ¡tengo que pensar en todo! Adiós, buddy .

Alistair dejó su gorra de marino en su sitio y salió de la sala farfullando con paso pesado.

Lo último que vio Mirtylo fue la calavera tatuada de su cráneo antes de desaparecer por la puerta blindada.

Al jefe le siguieron el resto de los asistentes.

El informático, más pálido que al principio, fue el último en irse, echando una mirada a los dos desgraciados que dejaba atrás; había aprendido una experiencia vital.

Ya con la habitación vacía, Bruto se acercó a Mirtylo y le hizo tragar bourbon mientras amenazaba:

—Me debes una pistola. Así que me voy a quedar con tu reloj, tu cartera, tus estúpidos puros y el coche. Y da gracias de que no te meta esta botella por el cul .

Sin desatarlos de las sillas, llevaron a los dos presos a una Mercedes Vito, adonde los lanzaron sin ceremonias: primero a Buzo y luego, con especial odio, a Mirtylo. El golpe fue contundente.

Los malogrados cautivos viajaron en un estado deplorable: mojados, desnudos y en asientos moviéndose de lado a lado por el vaivén.

Parecía que la carretera elegida formaba parte de la tortura.

Mirtylo entendió que bajaban a la costa, porque de otra manera era imposible explicar tanta sacudida.

Bruto obtenía especial placer acelerando en las rectas cortas y frenando en las curvas, escuchando los golpes y el repiqueteo que llegaba desde la parte trasera.

Era una lástima para él no poder tenerlos encerrados en un maletero estrecho durante horas, pero trabajaba con lo que tenía.

—¿Por qué no los ahogamos en el mismo puerto? —resonó la voz de Bruto tras el cristal opaco que lo separaba del maletero.

—Eso lo dices porque aún te da miedo navegar —Hans se burló de él—: Vamos a hacer las cosas bien, que ya tenemos al presidente cabreado con nosotros.

—No me da miedo el agua, son los peixos . Dan mal rollo. Tienen ojos raros.

—Te jodes. Haremos las cosas como toca.

Mirtylo, que escuchaba atento, había conseguido liberar un brazo y luchaba contra la segunda brida con la intención de no subir a ningún barco. Un minuto más y se liaría a sillazos con los pluriempleados sicarios.

Tras una recta más larga que las anteriores, llegaron a una curva cerrada que hizo a las sillas volar y estamparse contra las paredes del vehículo.

De repente la física, la ingeniería y la anatomía se encontraron las tres en un espacio confinado, cada una haciendo de las suyas.

La ingeniería retorció los tubos de aluminio de las sillas, la anatomía hizo que el cerebro de Mirtylo bailara dentro del cráneo desconectando temporalmente la consciencia y aflojando su vejiga, y por último, la física, que nada más estaba presente para poner orden, se contentó con que respetaran sus leyes.

El viaje, pese a ser movido, se le hizo corto al inconsciente Mirtylo. La horrible carretera, la pedregosa costa y la ausencia de restaurantes Michelin espantarían a cualquier turista de aquel desértico puerto de pescadores donde aparcaron.

Cuarenta casas de piedra, treinta gatos y veinte embarcaciones en el puerto de hormigón.

Eso convertía la localidad en una ubicación ideal como base para actividades ilegales, o para pescar; también era buen sitio para pescar.

Por no haber, no había ni bar de pueblo, lo cual, para los estándares locales, significaba que la población formalmente ni existía.

En el muelle, Hans se fue a preparar la embarcación mientras Bruto vigilaba.

Un gato se acercó a la furgoneta en busca de pescado, frotándose en la pierna del vigía mientras investigaba.

Era un animal gris atigrado, el típico gato callejero de raza común europea.

Miró a Buzo con grandes ojos verdes y maulló pidiendo comida, pero Bruto lo apartó de una patada.

El gato se alejó y lo miró intensamente.

Si hubiese sido una mirada humana, alguien supersticioso habría temido un mal de ojo, pero solo era un gato.

Bruto estaba demasiado ocupado examinando la superficie del oscuro Mediterráneo; sintió un escalofrío imaginándose la multitud de peces silenciosos y fríos, ocultos bajo aquel manto acuático.

—Tienen ojos como de muerto. Qué asco me dan.