CONFESIÓN COACCIONADA
Buzo había sido sincero con Mirtylo, salvo unos breves instantes que se esforzó en borrar de su memoria. Instantes que precisamente acontecieron en la nefasta casa que había pasado a ser, salvando algún detalle procesal, de Mirtylo.
Cordero estaba demacrado, cubierto por sus propios jugos internos, cuando le abrió la puerta a Buzo, que se encontró cara a cara con su respetado superior, por el cual había sacrificado la carrera militar. Cordero daba tumbos por el salón, buscando el apoyo de una lata de cerveza.
—Ahora lo veo. Necesitabas dinero, era lo único que te importaba —Buzo se encaró, quería que le respondiera algo contundente: una excusa, una disculpa, cualquier cosa que explicara cómo se podía haber equivocado tanto de héroe—. Querías dinero y nosotros te dábamos igual.
— S ó lo te importa el dinero, sólo te importa el dinero… —Cordero lo imitó burlón—. Anda, relájate. Toma una copa, polluelo. ¿Un tirito? Te sentirás mejor después de un tirito.
—¡No, no, no! ¡Ya nunca, ya nada irá bien! —gritó Buzo perdiéndose en la furia y lanzando un golpe al aire.
Incluso en su deplorable estado, Cordero era mejor luchador que él.
Bloqueó la mano de Buzo, le hizo ponerse de rodillas y pedir perdón a «papá Cordero» por insubordinación antes de lanzarlo con un puntapié hacia la mesa.
Se reía, se reía borracho, y aun así era fuerte.
Pero Buzo cogió de la mesa el afilado gladio, la espada que volvía a ver la luz tras dos mil años de entierro y tenía sed.
El metal negro absorbía la poca iluminación de la estancia, su empuñadura parecía hecha a medida de la vengativa mano de Buzo.
Cordero se reía, se acercó a la mesa. Buzo atacó, acertó entre las costillas.
El cabo dejó de reírse, siseó, el aire abandonó sus pulmones colapsados. Cayó al suelo.
Las manos de Cordero, ya sin oponer resistencia, señalaron hacia la mesa. Sólo le importaba alcanzar la botella. Buzo siguió golpeando, una tras otra. La antigua espada bebió sangre de nuevo.
Buzo era consciente de que en ocasiones sí se invocan a los demonios, y no los de las fábulas sumerias. Estos son muy humanos, y sus sombras surgieron con la sangre derramada de Cordero para encontrar refugio en la cabeza de Buzo. Los demonios le animaron a olvidar.