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Para una persona normal y corriente, encargar medusas vivas un viernes de madrugada es algo complicado, pero todo en esta vida es fácil con dinero y contactos, en especial en una isla acostumbrada a los gustos excéntricos. Alistair obtuvo su encargo en media hora.
Cuando llegaron los contenedores de plástico con los invertebrados vivos, se hizo un corro de cabezas alrededor: había una medusa grande de bordes violáceos y gruesos tentáculos, y otra de aspecto no muy sano, amarillenta y transparente, con dos tipos diferenciados de apéndices.
Y después estaba el tercer contenedor, donde en un principio los moteros pensaron que no había nada, para luego comprobar que estaba plagado de pequeñas medusas con forma de bombilla transparente de unos cinco centímetros.
—¿Para qué es esto? —indagó el informático.
—De verdad, para ser tan listo no entiendes nada que no sea de ordenadores.
Pues mira, vamos a jugar con las medusas y luego tiraremos a estos dos tipos al mar.
Así, cuando sus traidores cuerpos sean escupidos a la costa, nadie sospechará nada.
Serán simplemente dos ahogados más en un país donde no interesa espantar a los turistas.
Alistair abandonó todo intento educativo, que notaba desperdiciado en el informático de la organización, y se acercó a los invitados.
Ni Buzo ni Mirtylo estaban en condiciones óptimas.
Mientras el señor Pons reaccionaba a los golpes y a las desdichas, sin mostrar dolor ni quejas, Buzo insultaba incoherentemente, gimoteaba y miraba frenéticamente alrededor, buscando una salida.
— Buddy , eh, buddy , hola… ¿Hay alguien? —Ali cogió a Mirtylo del pelo mirándole a los ojos—. Bien, ahí estás. Ahora responderás a todas mis preguntas: quién eres, por qué me rondas, qué tienen los ruskis contra mí, dónde tienes escondido el ganso de oro que caga monedas romanas y…
—Y Cordero —interrumpió débilmente Mirtylo.
—¿Qué?
—¿Dónde está Cordero? Todo esto debería pasarle a él, ¿recuerdas ?
—Tiene cojones este buddy . Cierto, qué cabeza la mía, Cordero dices. —Alistair extrajo con una manaza la medusa grande de bordes violáceos y la estampó en la cara de Mirtylo—. Soy de la teoría de que hay que empezar fuerte, y seguir más fuerte.
Era una sensación rara: agua, peste a alga y a pescadería de mercado. Mirtylo acusó el golpe acuoso, pero no mucho más, solo un leve ardor.
—¿Por qué no le hace nada? —se interesó el informático, observando que la cara del señor Pons apenas se enrojecía—. En la playa estos bichos pican como un demonio.
—¡Yo qué sé! ¿Te parezco un naturalista o qué? —Alistair volvió a centrarse en Mirtylo—: Y tú, ¿respondes o voy a por la siguiente?
Mirtylo tomó una decisión: en el próximo golpe comenzaría a hablar. Primero, moneda. Segundo, que era agente secreto eslovaco. Y tercero… intentó aflojar las bridas, pero no se movían lo suficiente. Hacía tiempo con lo que podía.
—Pregúntale a él por Cordero —Mirtylo señaló a Buzo con la cabeza—. Que fue el último en verle.
Alistair se acercó a los contenedores y eligió con una mano enguantada la segunda medusa más grande, una Chrysaora de desagradable aspecto amarillo con venosos surcos rojos, esta sí, altamente venenosa. Se giró rápidamente y cascó sin previo aviso. Los tentáculos surcaron el pecho de Buzo.
Al primer golpe de medusa, las bombillas de Buzo se encendieron para seguidamente explotar por exceso de tensión. Todo su cuerpo se arqueaba de picor, el ardor le atravesaba la piel, subía por la columna, le quemaba el cerebro. Una fuerte culpa le invadía, estaba avergonzado:
—¿Por qué me castigas, Señor? Ya sé lo sé —Buzo lloraba y en su cabeza el fuego se convertía en todo a la vez: Jonás, los sirios al sol, Stalin sangrando, el teniente gritando, los buitres, la penumbra de la iglesia, Cordero riendo …
Alguien le hablaba, no entendía, no escuchaba.
Cordero riendo. La espada pidiendo sangre. Tenía que confesar, tenía que sacarlo, el ardor pararía. Buzo habló. Todos escucharon. Mirtylo se dedicaba a frotar discretamente la brida derecha con un tornillo que sobresalía de la silla.