EL CUARTO DE LA COLADA
Cuando Alistair visitó por primera vez la propiedad, era incapaz de entender dónde estaban los doscientos metros adicionales que prometía el anuncio; no los encontraba por ninguna parte, y el agente inmobiliario parecía nervioso cuando le preguntaba.
Sólo encontró los metros solicitados al final de la visita, cuando le hicieron entrar en el búnker que el comercial presentaba como un «espacio insonorizado polivalente».
Llegados a ese punto, los compradores habituales siempre se echaban atrás; nadie quería tener una puerta blindada de medio metro de grosor en un sótano, las mazmorras sexuales están en declive, un holocausto nuclear parece improbable y, además, la construcción no era enteramente legal a ojos del consistorio local.
Alistair, por otro lado, sí sabía a qué dedicar ese espacio.
Los moteros guiaron a Buzo y arrastraron a Mirtylo hasta la cámara de tortura, donde los sentaron sobre sendas sillas de aluminio y los ataron con bridas de plástico.
Mirtylo, que había recuperado el ánimo, colocó una mano sobre el reposabrazos con el pulgar hacia arriba, de modo que cuando uno de los esbirros apretó la brida, Mirtylo, aparentando un espasmo, endureció el antebrazo y consiguió unos milímetros de libertad bajo la atadura. Repitió lo mismo con la otra mano.
Mientras tanto, Ali se acercó a un organizador de herramientas metálico que colgaba de la pared de hormigón.
Las herramientas, inocentes en esencia, adquirían connotaciones siniestras en aquella diáfana habitación decorada con acero inoxidable, diferentes tonos de gris y un perturbador techo de color rosa chillón.
Alistair se encasquetó sobre la calva una gorra de béisbol descolorida con la silueta perfilada del portaaviones USS George Washington bordada en hilo amarillo, y esnifó una montañita de polvo blanco.
Se frotó la base del cuello y con ojos como alfileres miró a sus invitados.
Dirigiéndose a toda la sala, con su voz retumbando en las duras paredes, dio orden de empezar:
—Vale, vale, vale… ¡Let’s do this! —. Sudoroso, activo, rojo. Se acercó a Buzo y le golpeó varias veces centrándose en el torso, cuidando la técnica y su postura—. ¿Propuestas? Quiero hacer algo imaginativo con estos dos. Que vaya alguno a buscar al informático. ¡Go!
—Aaahhh —protestó Buzo antes de que sus ojos se volvieran turbios y se sumergiera en otro de sus letargos.
Los allí congregados sugirieron un variado de: tenazas, cuchillos, descargas eléctricas y, por último, un soldador.
—No, que la última vez fuimos incapaces de quitar los restos de piel chamuscada, y además, las de la limpieza se quejan del olor.
—Reportando al puente, presidente —interrumpió un chaval con una camiseta que lucía tentáculos dibujados.
—¡Por fin! ¿Ya has dejado de machacártela viendo vídeos de decapitaciones? Tengo la fiesta llena de mujeres reales, y a ti ni se te ve el pelo. Claro, sin tentáculos como en esos dibujitos que consumes, no te motiva. ¿Qué has leído últimamente sobre torture ?
—No son dibujos.
— Whatever . No debimos lanzar la segunda bomba, les afectó. ¡Vamos! ¡Ideas, he dicho que quiero ideas, originalidad, iniciativa!
—He sacado toneladas de SOP de la CIA. Hay movidas retorcidas, luces, porno gay, falta de sueño, música de Madonna a todo trapo.
Por cierto, ¿vosotros sabéis quién es? Tuve que buscarla, no tenía ni idea.
Ah, sí… torturas, sí. Pues pañales también.
Si me dais un rato, os puedo pasar un manga sobre un detective psicótico, superturbio.
Podemos sacar ideas de ahí, ¿no? ¿Y si los metemos en un espacio estrecho, como un maletero o algo así?
A mí la claustrofobia me parece una movida.
¿Me puedo ir ya? Tengo una ICO a punto de empezar.
— ¡Jesus Christ! Quédate bien quietecito en un rincón y aprende.
Mientras hablaba, Alistair se acercó y volvió a trabajar el cuerpo y la cara de Buzo para motivar al equipo.
Por la violencia que empleaba en cada golpe, parecía que los tatuajes de sus nudillos se imprimirían en el cuerpo del desdichado exmilitar.
Mirtylo aprovechó la pausa para preparar una defensa contra la tortura.
Todo el mundo se desmorona cuando le prestan la debida atención, así que, a marchas forzadas se inventó una historia que lo pudiera sacar vivo del búnker.
Algo sobre servicios secretos podría funcionar.
Sólo tenía que hacerles trabajar lo suficiente para sonsacarles, pero sin que le costara secuelas permanentes.
En aquel momento aparecieron Hans y Bruto.
Mirtylo suspiró, no necesitaba ver sus iluminadas caras, por la depravada anticipación, para saber que iban a disfrutar haciéndole daño.
—¿Qué os ha pasado esta vez? —les saludó Alistair—. No digáis nada, pero como sigáis así, os tendré que revisar la paga. ¿Ideas para estos dos fuckers ? Se me está acabando la paciencia.
—Yo usaría con estos porcs el método ecológico —dijo Bruto—. ¿Te acuerdas, presidente? Se te ocurrió hace unos meses y te quejabas de que no tenías con quién probarlo.
—¡Brillante! Llamad y que nos traigan bichos frescos—. Alistair se acercó a Buzo y le arreó un par de veces más en el torso.
—¿Qué es el medio natural? —preguntó el informático.
—Soy un genious . Tortura ecológica, se llama. En un rato lo verás.
Hans y Bruto, voluntariosos cuando se trataba de venganza, iniciaron los preparativos: cortaron la ropa a Buzo y Mirtylo y les propinaron un manguerazo de agua helada.
Los moteros pasaron el rato a base de golpes y un par de rondas de submarino mojado amateur, en las que obligaron al informático a operar con la manguera para gran diversión de los asistentes, salvo dos, que eran las víctimas de un ahogamiento simulado demasiado real.