SIN AYUDA
—¡Qué rapidez! —saludó Victoria.
—¿Hola…? Victoria, querida, ¿eres tú? —Una voz masculina en falsete sonó por el auricular—: que me dice el presi que te vengas a la fiesta.
Por ahora ya ha habido de todo, nena: risas, lloros, perversión, incluso unos intrusos.
¡De todo! No te lo puedes perder. Ponte algo picarón.
Ah, sí, que el presi dice que insista en saludar a tu padre, que mucho cuidado con el corazón a estas edades.
¿Está tu padre bien, querida? Ay, me dejáis preocupado.
Apunta la dirección, guapa: la carretera es algo fea pero no tiene pérdida…
Colgaron.
La joven miró con impotencia el teléfono. Un par de correos electrónicos no harían nada por ella, no con la inmediatez que necesitaba. Apretó el dispositivo hasta que sus finos dedos se resintieron y la mano tembló por el esfuerzo.
—Te echaré de aquí, aunque sea a pedradas.