Fortuna en Mallorca EXPLOSIÓN SORPRESA
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EXPLOSIÓN SORPRESA

Primero todos miraron a Buzo, e inmediatamente después se centraron en la granada que acababa de caer a los pies de Alistair y sus dos acólitos.

«Plan D, innecesario y antes de hora. Te has pasado de listo», ese fue el intrusivo, egocéntrico y probablemente último pensamiento que le vino a Mirtylo mientras buscaba refugio.

—Un-Mississippi, dos-Mississippis, tres-Mississippis… Nada. —Mirtylo asomó la cabeza por detrás del pesado macetero tras el cual se había escondido.

«Ese Vasili… Lo de maqueta era puro camuflaje. ¡Doscientos metros! Algo sospechaba el muy… Si ni me ha cobrado el género».

La fiesta continuaba, pero se iban acercando más moteros al observar al presidente hacer movimientos extraños.

Los recién llegados inmovilizaron a Buzo mientras Mirtylo se topó de cara con el cañón de la persuasiva Llama Especial, empuñada por su igualmente persuasivo nuevo propietario: el motero que tan negligentemente le cacheó al entrar.

También se acercó un pálido y torcido espécimen de pelo pajizo engominado que agarró al perro con familiaridad.

—Ali, ¿qué pasa aquí? No sé qué hacéis, pero dais mala vibra a lo que ya de por sí es un evento complicado. Necesito que la próxima vez traigas gente guapa. Uy, ¿y tú quién eres? —miró de arriba abajo a Mirtylo.

—Largo, Pavel —gruñó Alistair, que había recogido la granada del suelo y le daba vueltas mientras su piel variaba de un tono a otro como si de una sepia furiosa se tratase.

—Grrr, me enseñáis los colmillos. Vale, vale… me voy. Ya os cazaré luego, o vosotros a mí.

«Plan C». Mirtylo tenía que mentir: mentir como si no hubiese mañana, como si le fuera la vida en ello, porque intuía, por el aspecto del presidente del club de moteros, que no estaba exagerando:

—Alistair, escucha…

—Mi organizador, caro como él solo, es nobleza europea —Alistair se palmeaba el torso intentando asegurarse de que estaba entero—. Chicos, llevadlos al cuarto de la colada. Y for fuck’s sake , revisadlos bien esta vez.

Los empleados de Ali agarraron con mayor dureza a Mirtylo y a Buzo y los arrastraron hacia una de las construcciones supletorias de la casa.

—¡He venido con refuerzos! —gritó Mirtylo todavía al alcance del oído de Alistair.

—Basta de charlas, buddy .

—¿Tú irías a una reunión de trabajo sin alguien que te cubriera las espaldas, eh? —seguía gritando—. ¡Tengo un tirador en el monte, apuntándonos!

—Claro que sí, y yo te voy a hacer cosquillas. Te sacaré el hígado por la nariz si intentas algo .

—¡Le he dicho que si no salgo de aquí en una hora, que dispare a quien le parezca el jefe, y eso será exactamente a y media! —Mirtylo decidió probar con el juego de las dudas.

Alistair, pese a su brutalidad, gozaba de una imaginación que sazonaba con la dosis de paranoia necesaria para llegar lejos en el mundo criminal. Sin quererlo e instintivamente, miró el grillete de acero que transportaba en la mano, que además incluía reloj.

Mirtylo continuaba voz en grito, consciente de que con la duda se puede hacer andar a una persona muy lejos:

—No pensé que fuera necesario describirte, porque eres lo suficientemente imponente.

Pero ahora que veo a tus invitados, puede que elija a uno de esos ricachones de ahí.

No aspiro a meterme dentro de la cabeza eslava de mi tirador, pero creo que iría a por ese morenito con sombrero panameño de ahí, el que se parece a Pablo Escobar.

—Alistair siguió la dirección del gesto de Mirtylo y frunció el ceño—.

¿Sabes lo que pasará si uno de esos cae muerto?

Atención, focos, investigaciones, testigos, y para cuando lo arregles todo, perderás la pátina de respetabilidad por la que tanto has trabajado.

Te volverás un apestado. Habrá represalias.

¿Te dará tiempo a volver a América a los brazos del FBI?

A mí me matarás, pero mal de muchos, consuelo de tontos.

Una sombra se dibujó en el semblante de Ali, que ocultó tras una inocente mueca animal. Mirtylo notaba que había abierto una grieta en el muro. Ahora tenía que agrandar la brecha con amenazas básicas: los enemigos ruskies , poner en peligro el estatus, y la lucrativa salida de no hacer nada.

Buzo lo único que hacía era mirar al suelo con semblante lunático; la oscuridad había tomado el control de su cabeza. El pomerania se había ido a la piscina a beber agua con cloro.

—¡Si tus inútiles no te han reportado dónde he parado de camino, pregúntale al soldado !

—Y bien, soldier boy , ¿dónde ha parado este cabroncete? —Alistair se dirigió a Buzo; mientras, sus acólitos, notando que la dinámica de la situación cambiaba, aflojaron el agarre con el que sujetaban a los retenidos.

Buzo tardó en responder, sus captores lo zarandeaban y tuvieron que repetir la pregunta. Hablaba mecánicamente, sin ninguna emoción:

—En Palma no sé qué hizo. Decía algo de buscar un comprador para las monedas. De camino aquí, paramos en Son Espanyol, pizzería Napoli, no sé a quién vio. Yo estaba en el coche.

—Ya sabes quién lo regenta, ¿verdad? —Mirtylo intervino—.

Por tus ojos veo que lo sabes. Seguro que les has comprado material alguna vez.

—Por respuesta, Mirtylo obtuvo un silencio atento.

En vez de mostrarse conservador, y movido por el modafinilo, el señor Pons se dejó llevar—: Tengo a un hombrecillo que según me dicen fue campeón de biatlón en Yakutsk.

Puede que lo del biatlón sea una trola, pero dispara como quien se hurga la nariz, no falla ni queriendo.

Además, está un poco ido después de servir en Daguestán, pero como dicen por allá, el talento no te lo puedes beber.

Es inútil buscarlo con la mirada. Está a un kilómetro, oculto en una caseta de labriego abandonada.

—Toda Mallorca está plagada de casetas de labriegos y pastores, tanto modernos como antiguos, era fácil para Mirtylo asumir que habría alguna alrededor; continuó su monólogo—: Sí, nosotros nos encontramos en la penumbra, pero ahí, tus invitados, perfectamente iluminados…

No los oiremos, solo los veremos caer. Como veterano de la Navy , sabes lo que pasa cuando te aciertan con una bala del calibre 50 BMG a un cuerpo humano blando, ¿verdad?

Entrada pequeña, salida explosiva. Salpicará a todos.

Adiós a Mallorca, adiós a la vida bonita.

—Mirtylo empujaba frenéticamente a Alistair con toda la fuerza mental que podía transmitir a través de sus poros, mientras luchaba por salvar su propio y egoísta pellejo—: Sé razonable, Ali, has sacado medio millón con dos monedas que te han llovido del cielo.

Déjame ir. Quedan… déjame ver: siete, solo siete minutos para la hora de mandarlo todo al infierno.

Mirtylo sentía la libertad al alcance. Las garras que lo tenían firmemente sujeto empezaban a aflojar presión.

Los moteros ya sabían qué decisión tomar y notaban que el jefe estaba a punto de dictar sentencia.

Miraban al líder de la banda en busca de confirmación.

Alistair dudaba, no quería mostrar debilidad, pero era verdad que ese Mirtylo es un personaje extraño, no había podido averiguar nada de él en profundidad, pese a que había tirado de muchos hilos muy bien conectados.

Y luego estaba lo de los ruskies ; se podía esperar cualquier cosa de esos fuckers irracionales.

El pomerania había ido a marcar con orín un arbusto donde dormía inconsciente un invitado a la fiesta.

—Lo que sí sé es que miente más que habla —resurgió Buzo de su letargo.

—Ajá, decidido, buddy . Juguemos —zanjó Ali.

—Al diablo —murmuró Mirtylo entre dientes.

En ese preciso momento se oyó una detonación, y una figura de las que rodeaban la piscina cayó a plomo al agua. El grupo quedó en silencio. Mirtylo, con su mejor cara de póquer, añadió:

—Veo que mi biatlonista lleva el reloj algo adelantado.