Fortuna en Mallorca CÓMO SER UN BUEN INVITADO
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CÓMO SER UN BUEN INVITADO

«¿Ha sonado el timbre?». Mirtylo se paseaba ataviado apenas con una toalla y el móvil prepago pegado a la oreja, mientras el sol tras la ventana propagaba sus últimos reflejos, que variaban indecisos entre tonos violáceos y sangrientos.

Llevaba un rato tratando de localizar a Alistair y por fin parecía que estaba a punto de hablar con el grandullón.

En breve volvería a ser un hombre libre.

Volvió a sonar el timbre con insistencia. Ahora era plenamente consciente.

—Ya va, ya va… —canturreó en dirección a la entrada deseando que a Victoria se le hubiese olvidado algo.

Antes de que le diera tiempo de girar el pomo, un fuerte golpe al otro lado intentó empujar la puerta.

El impacto habría sido sublime, entrenado, y garantizaba el éxito al tomar la plaza, si no fuera porque Mirtylo de manera automática tenía echada la cadena de seguridad.

Pero la impaciencia del atacante fue su error.

Aunque la puerta se había abierto, la cadena aguantaba precariamente, dejando claro que no soportaría un segundo golpe.

Mirtylo saltó hacia atrás. Había reconocido los crueles ojos que asomaban por la ranura.

—Hola, chicos. Parece inverosímil, pero estaba justo llamando a… —explicó a los asaltantes, pero lo interrumpían los ruidos .

Un segundo golpe de hombro. Intentaban convencer a la puerta de que lo razonable era ceder.

Y cedió. Las figuras de Hans y Bruto entraron en casa de Mirtylo envueltos en un aura de vengativa violencia que dejaba claro que no iban a atender a razones.

El señor Pons cogió un pesado cenicero de cristal tallado de la barra de la cocina, lanzó el taburete del desayuno a los pies de Hans, y se lanzó hacia el bar para complementar el cenicero como arma.

En cuestión de los microsegundos que tardó su mano en agarrar un cuello de botella, tuvo tiempo de razonar: «El Blue Label no, demasiado caro; Armañac, difícil de encontrar.

¡Ron! Perfecto, de todas maneras no lo bebo».

El germánico Hans tropezó con las patas del taburete, perdiendo el paso; Bruto apartó a su colega y se abalanzó sobre Mirtylo, encogiendo el cuello y subiendo los puños.

La respuesta que recibió a su actitud combativa fue un kilo y medio de puntiagudo cristal dirigido al centro de su frente.

Pero consiguió esquivar el impacto directo, protegiéndose con el hombro derecho, donde con un golpe sordo recibió el impacto, gruñendo al notar cómo se laceraba su piel.

Se había derramado la primera sangre del combate. Antes de poder reaccionar, Bruto se encontró con el golpe seco de una botella de ron dominicano, que encajó con la cabeza. De inmediato, el policía a tiempo parcial se plegó sobre sus rodillas.

Dos de dos.

Mirtylo ya tenía cogida la medida a Bruto, pero no le dio tiempo a saborear la victoria. Hans se había levantado y cargaba hacia Mirtylo como un toro, olvidando cualquier noción de técnica o elegancia. Consiguió placar a Mirtylo. Lo tenía en su poder. Casi… no. Voló.

Hans notó, más que vio, cómo giraba la habitación, y él con ella. Durante un instante de paz flotó para a continuación caer cuan largo era, reventando la mesita de café. Filamentos de palmera indonesia se le clavaron por todo el cuerpo.

Ante la carga de Hans, Mirtylo se había dejado caer hacia atrás para recibir el cuerpo del atacante y acompañar con el movimiento poniendo un pie en el pecho del motero. Cuando notó contacto, estiró la pierna y lo lanzó por los aires.

—Es la primera vez que me sale. Eso de que el yoga tiene sus beneficios es cierto —chanceó Mirtylo para librarse de la tensión, sacó el modafinilo que paseaba desde hacía horas y se lo tragó, notando el amargo regusto químico en el paladar—. Se me acaba de ocurrir qué hacer con vosotros.

Tras inmovilizar a Hans atándole con la toalla e ignorando a Bruto, que seguía grogui, el señor Pons abrió su botiquín.

Sacó cuatro pastillas de diazepam y una botellita marrón de Rivotril, machacó las pastillas, las mezcló con un chorro del sedante y añadió un par de generosas medidas de ron.

Agitándolo con un dedo, se acercó a los indeseados invitados.

—A esto lo llamaremos el cóctel seré-menos-violento-en-casa-de-desconocidos, o ¿qué os parece el fuck-me-up?

Tanto que os gustan los anglicismos de vuestro jefe —monologaba Mirtylo mientras les obligaba a tragar.

Por norma general no es bueno mezclar calmantes con alcohol, pero dadas las circunstancias, el señor Pons estaba dispuesto a arriesgar—.

Os dejaré bocabajo para que no os ahoguéis en vuestras corruptas babas.

Remató los preliminares del plan regando generosamente con ron a los semiinconscientes atacantes, y tras observar que nadie vigilaba el pasillo, los dejó tumbados en el ascensor.

A continuación realizó dos llamadas desde el teléfono de Hans: la primera, al 112 de emergencias, fingiendo ser un vecino asustado por lo que sonaba como una pelea entre dos turistas borrachos, llamada bastante ordinaria para las circunstancias locales, que Mirtylo especió con un: «creo haber visto un cuchillo».

La segunda fue al número de móvil guardado como Presidente MC en la agenda del teléfono; había varios registros de llamadas salientes en las últimas horas.

—¿Alistair?

—¡Hans! Hey, chitón, ya sabes que el jefe odia que digan su nombre por teléfono. Dime qué necesitas, ojazos, que lo tengo cerca.

—Dile que le llama el vendedor de monedas, que tengo lo suyo y que dónde podemos vernos en media hora.

—Uy, no eres Hans. Qué enigmático. Apunto: lo suyo, en media hora, monedas. —Se hizo el silencio en la línea—. Puedes venir a la siguiente dirección… Tenemos un pequeño evento, ponte guapo.