Fortuna en Mallorca NIDO DE SOLTERO
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NIDO DE SOLTERO

El caballeroso Mirtylo se ofreció a acompañar a Victoria a casa. Así tendría otro dato sobre ella y finalmente cerrarían la logística de la compra de monedas. Pero la chica tenía otros planes :

—Prefiero que vayamos a la tuya.

La pareja se vigilaba y flirteaba a partes iguales mientras paraban un taxi en el concurrido paseo marítimo. Ninguno de los dos se fijó en un mundano coche de policía local aparcado a cierta distancia. Rápidamente llegaron a Foners, a la guarida de Mirtylo.

Ya en el ascensor se vieron entrelazados por primera vez.

El apartamento del señor Pons era un espacio funcional en forma de L: un alargado salón con cocina integrada y terraza con vistas al mar, y un dormitorio al que se dirigieron sin prestar atención a la decoración.

En la cama, Mirtylo tenía la irreal sensación de encontrarse fuera de su cuerpo.

Los últimos dos días habían sido muy exigentes y se había jugado la piel en demasiadas ocasiones.

Pero no se concedió tiempo para la autocompasión.

Victoria lo liberó de toda carga en cuanto sintió su contacto.

Bajo la culta capa de aquella erudita del arte, había agresividad primigenia.

Se sintieron conectados, quedaron satisfechos y dispuestos a repetir en ocasiones futuras, lo cual es señal de que el encuentro íntimo resultó, cuando menos, interesante.

Tumbados sobre las sábanas blancas de algodón, Mirtylo creyó comprender cómo es que Victoria trataba con gente como Alistair.

Él también había sacado sus propias conclusiones:

—¿Quién eres, Mirty?

La respuesta que recibió fue el silencio y una sonrisa de Mirtylo.

—Un tipo normal.

—Normal… Vale. Una pregunta más fácil, entonces: ¿sabes qué hora es?

Y antes de que él respondiera, ella vio un reloj de muñeca que brillaba en la mesilla de noche y se estiró para cogerlo. Lo alcanzó rozando su pecho desnudo con el de Mirtylo y regresó a su lado de la cama. Aquel movimiento devolvió vigor a Mirtylo. Entrelazaron sus cuerpos. Repitieron .

—No dejas a una chica indiferente.

Victoria recogió el reloj, el culpable de la placentera interrupción que se había perdido entre las sábanas.

Pero no se conformó con mirar la hora. Le dio vueltas, lo observó y finalmente se lo probó.

Quedaba gigantesco en su muñeca. Se lo volvió a quitar y leyó la inscripción grabada: Alea jacta est .

—¿Fan de Julio César? A ver, aún es temprano, eres un hombre eficiente. Por cierto, es bonito tu Royal Oak, y caro. Deberías llevarlo más, te pega.

—Sólo es una copia—se rio Mirtylo—. Me voy a dar una ducha, ¿vienes?

—Deberíamos cerrar lo del trabajo antes de seguir con otros líos —se despidió ella escabulléndose por la puerta.