COMIDA DE TRABAJO
Pegando la frente al cristal, Mirtylo curioseó por el escaparate buscando a Victoria. En el cartel de la puerta ponía «cerrado», pero no habían bajado las persianas metálicas.
Tocó el timbre.
La vio emerger de la penumbra. El pelo recogido, jersey fino, una ligera falda larga que se transparentaba, y unas abarcas menorquinas de color azul pálido.
Por la falda asomaban unos tobillos que habrían escandalizado a más de uno en siglos pasados y que aún seguían surtiendo efecto en el sexualizado presente.
—Vaya, no daba un duro por volver a verte. Tenemos que hablar seriamente, pero no aquí. Baja tú mismo la persiana, ¿quieres ?
Mirtylo bajó la persiana con estrépito. Victoria fijó el candado, se colgó del brazo de Mirtylo con total naturalidad y empezaron a andar.
—¿Traes algo nuevo? —ella rompió el silencio—. ¿Sabes?, aún no he cobrado la comisión de lo anterior. ¿O es una visita de cortesía? Tengo hambre, ¿vamos a por algo de mar?
Envueltos en una tensa normalidad, caminaron hacia la lonja del puerto, donde Mirtylo se decantó por un restaurante clásico de paredes naranjas, carta mediterránea sin fusiones, y «ca» en el nombre.
El maître saludó familiarmente a Mirtylo y llevó a la pareja a una tranquila mesa en la terraza.
Se encontraban prácticamente solos a media tarde, elevados sobre el mar claveteado de mástiles, entre la omnipresente catedral y un perezoso sol de mayo perfilándose sobre la sierra de Tramontana.
—Veo que tienes esto trillado —dijo Victoria—. Un poco turístico para mí, pero no voy a negarte que cumple con lo que quería. Mira qué colores. Turner se quedaría sin pintura en la paleta.
—¿Por qué me mandaste a Alistair?
—¿Así de golpe? ¿Sin una copa ni nada? —Victoria se dio media vuelta y llamó la atención del camarero. —Mirty, antes de interrogarme elígeme un vino.
Él pidió sin consultar la carta. Si se proponían ser corteses, podían picar algo.
Tomaron una botella de Viñas del Vero Gewürztraminer, un blanco que para Mirtylo contaba con dos cualidades importantes en todo vino: se salía de lo ordinario y estaba en precio.
Lo acompañaron de una sepia con sobrasada, miel y piñones, y media docena de ostras, mientras hablaban cívicamente, como si se tratara de una cita.
—Todo el mundo parece conocerte —inició ella de nuevo—. ¿Llevas mucho en la isla?
—Lo suficiente. Es un buen sitio .
—Qué cansino con el misterio, ¡respóndeme a algo! Ni siquiera puedo situarte correctamente. ¿Cuántos años tienes?, ¿cuál es tu animal favorito? ¡Algo!
—Las ballenas, me gustan las ballenas, se dedican a lo suyo. ¿Cuántos años me echas?
—No sé, eres escurridizo. Pues… tienes las arrugas justas de unos vividos veinte y muchos o unos relajados cincuenta y pocos. ¿Qué aficiones tienes? ¿Caza? ¿Pesca? ¿Dominó?
La comida continuó así, con ella indagando y él jugando al tenis. Tras dos o tres copas de vino, y mientras esperaban el postre, un gató mallorquín con helado de almendra, la conversación perdió ligereza:
—¿Alistair? —insistió Mirtylo.
—Oh, no te lo tomes mal. Pensaba que sabrías gestionar un trozo de pan como Ali. Es un tipo peculiar, pero nos avisó hace unos meses de que buscaba monedas romanas de oro con una cuadriga, y tiende a pagar en efectivo. Lo veía ideal para ti. ¿Qué pasa? ¿Te he metido en un lío?
—Tú y yo vemos el pan con ojos diferentes.
Mirtylo observó a su acompañante de cerca y no captó ninguna disonancia entre las palabras de la chica, su expresión facial y su tono de voz.
La explicación parecía sincera, y eso le alegraba.
Se había arriesgado regresando a ella, pero aún no estaba seguro de haber acertado.
Victoria, viendo a su compañero de negocios pensativo, intervino:
—Si terminaste mal, no me interesa saber los detalles. No soy curiosa, pero ¿por qué has vuelto a la tienda?
—Eres mi marchante de arte favorita. —Lo que no añadió Mirtylo es que si buscaba a otro comprador, podría volver a las zarpas de Alistair—.
Tengo más monedas, dos áureos de oro y tres de plata, aquí va una muestra.
—Mirtylo puso sobre el mantel las dos monedas plateadas—.
Solo te pido que busques a alguien menos pintoresco que Alistair y ese club de amantes del cuero .
—Tengo a otros en mente. No pagan tanto como Ali, pero son menos oscuros .
Eso sí, podrían tardar unas semanas y no será todo en efectivo.
Si quieres, te ayudo con el papeleo. Hay maneras de gestionarlo.
Aunque si siguen apareciendo áureos de Pompeyo, bajará el valor.
Incluso te pediré que me regales uno. —sonrió con calidez, sus manos se rozaron sobre las monedas—.
Estas de plata son extraordinarias también, otra liga, pero te conseguiría unos veinte mil por cada una con el coleccionista adecuado.
Algo más en subasta. Creo que incluso te las podría comprar yo y todo.
—La jugada es esta: tres de plata y dos de oro por un total de cuarenta mil euros por anticipado.
Tú te quedas las de plata, yo me quedo una de oro, y la otra la vendemos en tiempo y forma.
Lo único que tienes que lograr es, al tipo que yo te traiga, hacerle creer que le compras el lote entero por cuarenta mil. ¿Todo claro?
—Ah, ahora lo entiendo. He aquí las maquinaciones que te hicieron acabar mal con Ali. Pero tranquilo, no estoy en el mundo de las antigüedades para juzgar a la gente. Si fuese cien por cien justa, sería la primera en arruinarme. Venga, trato hecho.
Se dieron la mano sobre los restos del postre compartido, tardando más de lo necesario en romper el contacto, y se acabaron la botella de vino.
—¿A dónde me llevas ahora?