Fortuna en Mallorca TODO TIENE UN MOMENTO EN LA VIDA
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TODO TIENE UN MOMENTO EN LA VIDA

En el camino de vuelta a Palma, Buzo encañonó a Mirtylo con la gastada pero mortal pistola Llama. Haber visto su fortuna emerger del mar para inmediatamente después perderse en detalles técnicos, había desestabilizado la, ya de por sí, no muy sólida psique del infante.

—¿Quién eres? ¿Y cómo sabías que teníamos que venir aquí? ¿Qué ha pasado? ¿Por qué conocías a su mujer? ¿Millones… y me voy con unos míseros cuarenta mil? ¿Por qué me haces esto? ¡Responde!

Mirtylo se encogió de hombros, paseó su puro entre los dientes y siguió conduciendo. No daba señales de que la presencia de la pistola le afectase. Tomó aire e improvisó:

—Era un hilo del que tirar, y en la vida el cinismo ayuda —empezó a responder en un tono calculadamente ligero, mientras llevaba la cuenta con los dedos; enfrentarse a muchas preguntas a la vez le permitía controlar la narrativa sin profundizar en ninguna cuestión—: Al verla salir por el portal recordé que la había visto en el periódico, celebrando el gordo.

Tengo buen ojo para las caras. No nos mintió con lo del dinero, tenía guardados los extractos del banco y han vuelto a tirar de tarjetas.

Y ya sabes quién soy: tu viejo amigo Mirtylo, estamos buscando juntos a Cordero.

—Pareces uno de esos políticos que tienen respuestas para todo. ¿Y qué hay de las monedas? Te las has guardado pero son mías, deben tener algún valor.

—Ah, ¿te interesa la numismática?

—¿Te parezco un mando o un empollón?

—Todo lo contrario. Es más, no abusas de la reflexión, eres un tipo duro, de la escuela de la calle. —Mirtylo se sonrió ante su propio chiste—. Mira, te lo pondré fácil: si sabes a dónde ir, te las compran caras.

—¿A dónde me recomiendas?

—Yo mismo puedo moverlas por ti y doblar la cantidad que tienes ahora. Con ochenta y pico mil euros en el bolsillo y siendo un tipo en la flor de la vida, te comes el mundo.

—Ya. Cordero también era de los de prometer el oro y el moro, y luego acabé en el arroyo.

Mirtylo presintió que tenía que cambiar el vector de ataque. Buzo sonaba agresivo. Reflexionó sobre qué palancas funcionarían con el mendigo, y se le ocurrieron dos: ejército y huir.

—¿Qué opinas de la Legión Extranjera Francesa?

Alfas de verdad. Ahí encajarías inmediatamente.

Te puedo conseguir un barco que te lleve de Palma a Saint-Cyprien.

De ahí, un autobús a Perpiñán y, ale, ya estás en la Legión: vida marcial, aventuras de esas que te gustan, una nueva identidad bajo el nombre que quieras…

«Siempre que te guste llamarte Pierre», quiso añadir Mirtylo, pero se lo calló.

Mantuvo el silencio un par de kilómetros.

—Legión Extranjera… Sí, en el cuartel a veces se hablaba de eso. ¿Y cómo lo hago?

—Déjame trabajar un par de días. Te consigo un apartamento y vendo las monedas a cambio de una comisión. Tú mismo puedes decidir cuánto pagarme, sé que serás justo. Para el lunes estarás surcando los mares. ¿Qué te parece?

—No sé. Eres turbio —Buzo sopesó unos segundos—. Bueno, pero haremos la venta juntos. Dame las monedas, que las guardo yo. —Se recolocó la pistola.

—Por supuesto. Ante todo, confianza mutua. Pero entenderás que necesito trabajar con algo. Si me das una de cada, prometo llevarte conmigo a la venta. —Mirtylo contuvo la respiración, estaba a punto de ganarse su libertad.

Buzo apoyó la cabeza contra el frío metal de la pistola, la sentía confusa y algodonada; antes seguía a Cordero, ahora se veía obligado a seguir a Mirtylo. Estaba a punto de rendirse. Un atisbo de cordura le llevó a concluir:

—No, ya conoces la dorada, puedes describirla perfectamente. Te dejo solo una de plata.