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No es fácil despedir a un militar per se , pero el joven teniente era un genio en lo suyo.

Surgido del miedo a empañar la hoja de servicio, un frío odio le guiaba a lo que prometía ser una carrera marcada por la excelencia.

No podía perdonar a los causantes de aquel traspiés en su primera misión de alto nivel.

De regreso a Palma se deshizo de Cordero con relativa facilidad; a este le faltaba un año para cumplir los cuarenta y cinco.

El teniente apenas tuvo que acelerar la burocracia para que le concedieran la licencia, y se congratulaba de haberlo conseguido con el cabo estando de permiso.

Con Stalin tampoco se complicó. Como estaba de baja, le quitó el destino y pidió un reemplazo, quedando así Stalin en el limbo militar lejos de Palma. Otro éxito para el teniente.

Cuando le llegó el turno a Buzo, el teniente tuvo que aplicar toda su capacidad burocrática.

Redactó un informe personal negativo sobre él, pero antes de enviarlo y, por lo tanto, tener que justificarlo arriesgándose a ganarse la fama de buscabullas entre la tropa, invitó a Buzo a una reunión.

Metió al infante en el despacho y le dio a leer el informe, para a continuación calentarle la cabeza al ya de por sí nervioso soldado:

—Escucha, lo mejor que puedes hacer es renunciar.

Veo claramente que no tienes lo que se necesita para el servicio.

—El teniente siguió así un rato apelando al honor, al sacrificio y a los valores, para terminar mostrándose magnánimo—: Espero una respuesta por escrito en dos días.

Y ahora largo, que tengo llamadas. —Descolgó el teléfono—.

¿Taller? ¿Ya me habéis cambiado el aceite?

Un lejano «sí, mi teniente» resonó en el auricular mientras Buzo salía al pasillo del cuartel para buscar al intendente, que ya sin amigos y sin servicio, se convertía en su último vuelo con destino a la felicidad:

—Calla, calla, ¡calla! ¿Por qué todo lo malo me pasa a mí? —se lamentó el intendente.

—¿Qué pasa? —Buzo ya se temía lo peor antes de preguntar.

—Te juro que alguien me ha echado el mal de ojo.

—¿A qué te refieres?

—Tenía que haberme ido a trabajar con mi cuñado, como me decía mi mujer. Pero no. Yo quería ser muy hombre, probar mi valía, disparar. Tendrás seguridad laboral y una pensión temprana, me decían.

—¿Han llegado ya los contenedores del Líbano?

—Pero ¿por qué yo? Dios mío, ¿por qué? Voy a misa, soy buen esposo, nunca me he llevado ni un lápiz de esta cochina oficina ni nada…

—Céntrate, o te zurro. ¿Cuándo llega el contenedor con mis cosas?

—¿Qué contenedor? Ah, se cayó del barco. Está en el fondo del mar.

—¿A qué te refieres?

—Pues muy fácil: el contenedor se cayó del barco y está en el fondo del mar.

—El intendente vio que su amiguete se quedaba vacío, como si la estructura que le mantenía se derrumbara dejando una frágil fachada —: Oye, ¿estás bien?

Te veo pálido. Tampoco es para tanto, macho, ya me las arreglaré.

Peor fue esa vez que perdimos un camión en la carretera, que te juro, era una pura línea recta.

¿Nunca te he contado esa historia? Es de las buenas.

Verás, era el primer día de maniobras y el ceporro del conductor va y …

Buzo salió del cuartel en piloto automático, bajó a la ciudad sin saber cómo, sin pensar, sin decidir.

Simplemente, sus piernas lo llevaron a donde una noche de borrachera había acompañado a Cordero.

Necesitaba recibir órdenes de su experimentado cabo; seguro que aquel viejo soldado se guardaba un as bajo la manga.

Cordero tardó en abrir la puerta. Por el ruido, parecía que le costaba operar con la cerradura.

Buzo entró. Su situación no mejoró.