Fortuna en Mallorca RECLAMACIÓN DE IMPAGOS
54%

RECLAMACIÓN DE IMPAGOS

En el salón, oculta tras un panel de madera que forraba la estantería, asomó una pequeña caja fuerte de aspecto barato.

El intendente dudó unos instantes, pero después de recibir un rodillazo en la rabadilla, no tuvo más remedio que abrirla.

Contenía unos pocos documentos, sobres, y cinco mil euros.

Mirtylo prestamente le entregó el dinero a Buzo, para que el tacto de los billetes lo tranquilizara, y se quedó la documentación.

—¿Y mis millones? —Buzo insistía.

—Es lo que queda —seguía en lo suyo el intendente.

—No te apures, querido. Medio día conmigo y ya has tenido un buenísimo desayuno y vas recuperando tu fortuna.

—Mientras hablaba el señor Pons, repartía su atención entre el subyugado intendente, que enfocaba al suelo, los sobres que confiscaba en sus manos, y la puerta de entrada, por si aparecía la mujer y la situación se salía aún más de control.

Había que moverse con rapidez, pero nada de lo que tenían era suficiente para librarse de Alistair.

—Buen primer paso en el camino a la decencia.

Y ahora enséñanos la otra caja fuerte, la buena.

—El intendente abrió mucho los ojos y cogió aire para empezar con más excusas.

Mirtylo podía leerle como un libro abierto; se movía a tientas, pero funcionaba.

Decidió proporcionar un asidero a las poco complejas ideas de aquel veterano del frente logístico—: Escucha, tenemos nuestras fuentes de información.

Ni los secretos de cama son sagrados hoy en día.

—Mirtylo le guiñó un ojo a su anfitrión—.

¿Prefieres que preparemos los bisturís, entonces?

Rendido y sintiéndose traicionado por los visitantes, el intendente los condujo escaleras arriba, al dormitorio, y de una cómoda antigua extrajo dos cajones llenos de calcetines que dejaba a la luz una caja fuerte incrustada en el suelo. Se agachó para abrirla. Mirtylo lo notó tenso.

El señor Pons tuvo el tiempo justo para darle una patada en el lomo mientras este se revolvía disparando por debajo de la axila.

Buzo, paralizado unos segundos por el disparo, reaccionó lanzándose al suelo y tirando de los pies del intendente para sacarlo de debajo de la cómoda.

Pese a las heridas y encontrarse en inferioridad de condiciones, el dueño de la casa gemía como una rata acorralada defendiendo su nido de esas dos viciosas serpientes. No soltaba la pistola.

Mirtylo se lanzó hacia él empuñando la aguja de calceta que conservaba en su poder y se la clavó al intendente entre los omóplatos; el banderilleado aulló, soltó el arma y se dio por vencido.

Buzo controlaba al intendente, pistola en mano; era una antigua Llama Especial de fabricación española, barata y gastada, pero a la vez pequeña y fiable.

Mirtylo, con gran solvencia, se metió de cabeza en la caja fuerte.

Tenían que ser rápidos antes de que los vecinos localizaran el origen del estruendo.

Sacó de la segunda caja fuerte otros treinta y cinco mil euros, y cinco monedas antiguas.

Aprovechando la penumbra, se guardó una en el bolsillo sin distinguir de qué metal era.

—Que no desespere mi joven soldado. Aquí hay algo más de dinero para tu recuperación mental y espiritual —y dirigiéndose al intendente—: ¿No habías fundido todas las monedas?

Mirtylo le mostró las que había sacado de la caja fuerte.

Eran cuatro: dos de plata y dos de oro. Áureos de Pompeyo las de oro, doscientos cincuenta mil la pieza.

Buzo, reforzado por la autoridad que le daba la pistola, se abalanzó sobre ellas y se las guardó.

Mirtylo rezó por que la que tenía escondida en el bolsillo fuera de oro.

Era justo lo que necesitaba para librarse de Alistair .

—Sí, las fundimos —admitió el intendente—. Me quedé esas, no sé, de recuerdo. Pensé que se las daría a los nenes en algún momento. Lleváoslas.

—Muy amable, eso haremos, pero porque lo dices tú.

Todo por el equilibrio cósmico, ¿recuerdas?

Por mi parte estoy satisfecho. ¿Buzo? Por supuesto, eres libre de pegarle dos tiros y quedarte un rato.

Ah, y dale las gracias a la mujer cuando venga a ayudarnos.

Luego puedes llevarte el BMW y antes de las nueve estarás en comisaría.

Ya no tendrás que preocuparte por tu situación habitacional los próximos años.

—El señor Pons dejó que sus palabras penetrarán en el duro cráneo de su compañero—.

O si lo prefieres, puedes seguirme. Te resultará más rentable y creo que puedo ayudarte.

Nuestro querido amigo no tiene nada que denunciar, ¿verdad?

—Se acercó al intendente para observarlo de cerca—.

Te tropezaste en casa, una bajada de tensión…

No te falta nada, sobre todo dinero ilegal que carece de justificación para estar en tu poder, ¿verdad? ¿Verdad, he dicho?

El intendente estaba sudoroso y pálido:

—Verdad, verdad. ¿Podéis marcharos de una vez?

Buzo respondió a la insolencia con un par de puntapiés. No conseguía calmarse. Los altibajos de su existencia y la repentina estabilidad patrimonial lo desequilibraban.

Mirtylo lo contuvo e inició la retirada.

—Como decía sabiamente alguien grande: «confía, pero revisa». —Mirtylo le arrebató el móvil al malogrado intendente—. Buzo, deja la pistola. No la necesitas.

Buzo lo miró fijamente mientras la enfundaba tras el cinturón, ante lo cual Mirtylo se encogió de hombros, y abandonaron Inca.

Quedaba así el intendente en medio de una estancia revuelta, jurando y perjurando que jamás de los jamases invitaría a nadie del trabajo a casa, y puede que a la familia tampoco.

Pasados unos largos minutos se puso a recoger.

Su calculadora mental le indicaba que había salido ganando de todo el envite, aunque tendría que hablar seriamente con su señora.