Fortuna en Mallorca UN PERMISO A DESTIEMPO
52%

UN PERMISO A DESTIEMPO

El botín surcaba el Mediterráneo cuando Buzo y Cordero llegaron a Palma. Stalin, a su vez, terminó en el Hospital Central de la Defensa en Madrid debido a unas complicaciones en el riñón. Un par de semanas de rutinaria espera en el cuartel y la fortuna se reuniría con la unidad.

Buzo andaba taciturno, corroído por la expectación y los nervios, mientras el cabo, contenido y tranquilo, hacía lo que le corresponde a un buen soldado de vuelta a casa, irse de permiso.

A las pocas horas de dejar el cuartel, el espartano Cordero se encontraba encerrado en el baño de un casino del paseo marítimo, donde, compartiendo tapa de retrete y vicios químicos, se había hecho amigo de dos atléticos chavales acostumbrados a calentar banquillo en el club de fútbol local.

La perspectiva de riquezas que pronto atracarían en el puerto, cual galeón retornado de las Indias, le hizo perder todo control.

Quemando ahorros, dio varias turbulentas vueltas de reloj hasta que se encontró en una partida de póker cerrada al gran público y auspiciada por Alistair.

El veterano se ganó la simpatía de sus compañeros de timba, compuesta por uno de los futbolistas, varios banqueros, un millonario de la tecnología y un heredero saudí.

El cabo los amenizaba con batallitas guerreras, algunas tangencialmente verídicas, pero sobre todo con rumores, fantasías y leyendas cuartelarias que había recopilado durante años de servicio, todo bajo la atenta mirada de las agudas pupilas de Alistair.

Cordero empezó ganando, muchísimo, y luego perdiendo aún más.

— Army boy , es el momento de irse. No tienes crédito en mi casa.

—Te pagaré. Palabra de soldado viejo.

—Venga, Alistair, deja que se quede, es un buen tipo —protestó la mesa en coro: los demás jugadores ganaban con gusto lo que perdía Cordero.

—Mira, tengo algo que te gustará… —Cordero se acercó a Alistair, y dando la espalda al resto de la mesa sacó el áureo de Pompeyo que se había guardado como amuleto en la cartera—: Tengo más.

Previendo que le arrancarían el oro de las manos, Cordero demostró sus entrenados reflejos tragándose la moneda con ayuda de un trago largo de whisky.

Como todo americano, Alistair respetaba a un buen showman , y abrió la mano del crédito. Alargó así el cabo su racha perdedora al grito de «Filipinas no se rinde», pero se marchó a casa sin su carnet de militar, una deuda de cuarenta mil euros, y un:

—Ya no tienes escapatoria, army boy . Te espero en una semana.