LAVANDERÍA CHINA
Mirtylo no conseguía separar a Buzo del intendente. El soldado se encontraba catatónico aplastando contra la pared la cabeza del compañero de cuartel, cuyas protestas se iban convirtiendo en aullidos potencialmente delatores. Había que darse prisa antes de acabar en el calabozo local.
Mirtylo usó la aguja de tejer para pinchar violentamente el trasero de Buzo a través de los vaqueros, maniobra que le daba espacio suficiente para proteger al intendente:
—Ya ves que a Buzo la cárcel le supondría una mejora de sus condiciones.
—El señor Pons usaba un tono comedido, interrumpido solo por los jadeos del dueño de la casa y el relinchar de dientes de Buzo—.
No te preocupes por saber quién soy. Piensa en mí como un mediador desinteresado que busca restaurar el equilibrio cósmico.
Así que mi recomendación es que hables y aligeres la carga.
—En menudo jaleo me metiste, macho. —El intendente dejó de jadear y decidió hacer caso al desconocido—: Te repito que el contenedor cayó al mar, es lo que me dijeron los de la naviera. Ya te lo conté la última vez que te vi.
—Te dijeron, pero eso no es lo que pasó —azuzó Mirtylo, aunque el intendente se dirigía a Buzo.
—Bueno, pues a la semana siguiente me llamaron.
No te imaginas qué semana. Me pusieron de vuelta y media en el cuartel.
Como si fuera yo el cochino Neptuno y fuese mi culpa todo lo que pasa en el mar.
El caso es que, como he dicho, me vuelven a llamar: un problema de identificación en el puerto.
Y cuando recogemos nuestro contenedor, me querían cobrar extra por tenerlo aparcado.
Toda la mañana al teléfono, macho, no veas qué estrés, organizando todo…
¿Y crees que alguien me dio las gracias?
—Si no vas al grano, me aparto y Buzo hará que no comas nada sólido en tu vida.
—Qué humor, Cristo bendito. Bueno, el caso es que llega el contenedor, te busco y no te veo por ningún lado.
Y me estaba jugando otra peta de los gerifaltes, que si es contrabando, que si es coca y tal…
Por algo así se me puede caer el pelo. ¿Qué coca voy a traer del Líbano?
Eso es tema de la armada y sus visitas a las Indias.
Oye, ¿no tenías tú un amigo colombiano? El caso es que me llevé tus pertenencias, como favor, ¿eh?
, y las guardé aquí en el garaje. Todo mientras espero a que aparezcas.
—¡Al grano! —ladraron al unísono Buzo y Mirtylo, intentando el primero darle con el puño.
—¡Ya va, ya va! Que si hablo mucho, que si poco…
Parecéis mi mujer. El caso es que mi suerte no mejora.
Dejo todos esos trastos en el garaje y ¿qué os creéis?
Pues otra bronca en casa: que si el garaje está hecho un espanto, que aquí no entra un trasto más, y encima cuando dije que era para un amigo, no mejoró la cosa.
Ya sé yo que cuando haces un favor, lo único que te caen son desgracias.
—Buzo, arráncale la lengua.
—Calma, suéltame, baja el puño. ¡Ay, eso duele!
El caso es que lo tuve un par de semanas en el garaje, pero pasadas las fiestas ya mi señora me puso un ultimátum.
Los Reyes le trajeron una bici al crío y la tenemos que guardar en algún sitio, y el caso es que lo bajé todo al mercadillo de Santa María del Camí y…
Y ya no lo tengo. Lo siento. —Terminó el relato con la boca seca y brillo en los ojos .
—Ni una mención a su cuñado joyero y cómo han lavado el dinero con la lotería. Buzo, muerde.
—Yo te… —gruñó Buzo ahogando con los brazos el cuello de su excompañero.
Los ojos del intendente se salían de sus órbitas. Se juntaba el miedo, la asfixia y ver que el desconocido al que intentaba ignorar lo sabía todo, absolutamente todo.
—Mírame a la cara —Mirtylo intervino—: Otra mentira de tu boca, como que el BMW es de saldo, te tocó de verdad la lotería o cualquier otra soplagaitez, y tu amigo Buzo te corta las pelotas y te las mete por la boca.
Veo en tu mirada que tienes imaginación, pues piensa que eso lo hará mientras sigues respirando.
—Mirtylo había leído esa amenaza en una novela de aeropuerto y le agotaba pensar en la logística que se necesita para llevarlo a cabo.
Buzo afianzó lo dicho apretando el brazo.
El intendente, ya entre toses y mocos, reveló lo que había pasado con las monedas, esta vez con pocos detalles y precisión profesional en cuanto a los números, pero valió: resulta que cuando se encontró con treinta kilos de oro y veinte de plata, recurrió a su cuñado.
Fundieron la plata y el oro de inmediato para evitar la trazabilidad; la plata la vendieron a otras joyerías por catorce mil euros, mientras que el oro, valiendo más de un millón, necesitaba otro tipo de tratamiento.
Entonces contactaron con un empresario de origen cantonés con exceso de efectivo y aquejado de fiebre del oro.
Negociaron con él y con su hija en edad escolar haciendo de intérprete, y le colocaron la totalidad de lingotes.
De ahí, a comprar un décimo de lotería, y tras los correspondientes impuestos, el dinero, ya limpio, apareció en las cuentas del intendente y de su cuñado.
El señor Pons escuchaba comprensivo el esquivo camino del capital. Sabía que el dinero disfruta con planes simples para ser ganado, y con complejos para ser ocultado. Buzo no entendía nada, solo tenía claro que alguien se había quedado su dinero.
—Me has robado, alimaña. ¿Dónde está lo mío? —Volvió a rugir.
—¿Cómo que dónde está? ¡Que ya no hay! Te lo acabo de contar: nos pidieron descuento por comprar oro al por mayor y sin factura, luego está la prima por el décimo premiado, luego los impuestos…
En este país no te dejan respirar, macho.
Lo poco que quedó se me fue en tapar agujeros y…
—Buzo lo tiró al suelo y empezó a patearle—. ¡No, no! Te juro que…
—Ya. Suficiente desahogo —dijo Mirtylo a Buzo separándolos—. Llévanos a tu caja fuerte.
—No me queda nada… —lloriqueó el intendente.
—Te creo. A la caja fuerte.