EL JUEGO DE LAS PREGUNTAS
Mirtylo observó a Buzo, que le empezaba a dar un tic en el ojo.
—Vamos. Y déjame hacer a mí, no vaya a ser que empieces a patear al tipo inmediatamente.
Se acercaron a la puerta y Buzo llamó al timbre.
Mirtylo se situó un paso por detrás, preparado para hacer uso de alguna de las identificaciones policiales sustraídas a los acólitos de Alistair, cuando ante él apareció el intendente, que abría la puerta regañando anticipadamente a su mujer por dejarse las llaves.
Durante un par de segundos se quedó mirando a los desconocidos antes de cerrar con un «no me interesa», pero Buzo coló la bota por el hueco, Mirtylo empujó ligeramente y ambos entraron en la casa avasallando.
—¿Dónde está lo mío? —Fue lo primero que dijo el exinfante nada más cruzar el umbral.
—¿Quién eres? ¿Buzo? ¡Pero qué alegría verte! —El gesto preocupado y los ojos saltones del intendente contradecían sus palabras—. ¿Dónde, dónde has estado? ¿Quieres un poco de agua? ¿Necesitas ayuda? Por cierto, tu familia te está buscando. Déjame llamar al cuartel para que les avisen…
El intendente rebuscaba en sus bolsillos, incapaz de encontrar su móvil. Por lo que veía desde la entrada, Mirtylo constató que habían estado de reformas; aún quedaban cajas de azulejos apiladas en los rincones.
El intendente seguía parloteando nervioso:
—El teniente nos dijo que habías tenido una crisis nerviosa y que habías renunciado. ¿Qué… qué has estado haciendo? ¿Dónde está mi maldito móvil? Ah, aquí, llamaré a la policía, ¿vale?
—Ya estamos aquí —Mirtylo entró en escena, aunque no tuvo tiempo de jugar el papel de garante de la seguridad del Estado. Buzo le interrumpió:
—¿Dónde está lo mío?
—¿De qué hablas? ¿Lo tuyo? Tu cuarto lo limpiaron y todas tus cosas se fueron a… a la basura. ¿Por qué? ¿Querías que te las guardara? Yo encantado, pero no me avisaste. Somos amigos, lo sabes, ¿verdad?
—Quiero lo mío.
—Yo no… yo… ¿A qué te refieres? Es decir, estoy encantado de que vengas a casa y ver que estás bien, pero ¿te he ofrecido ya agua? Hace calor hoy, ¿eh? Qué tiempo, pasamos de lluvias a calor extremo. Será el calentamiento global, me tiene preocupado, en las noticias no hablan de otra cosa.
—Dame lo mío, cabrón. —Buzo le quitó el móvil y lo estampó contra el espejo del recibidor.
—Mejor responde a tu compañero de armas —intervino Mirtylo—: Entiendo la emoción del reencuentro y todo eso, pero es el momento de confesar.
—¿Y… y… y tú quién eres, eh? ¡Fuera de mi casa!
Mi mujer está arriba y sabe que estáis aquí, y llamará a la policía si me pasa algo.
—El asaltado intentó lanzar un puño a la cara de Buzo, que respondió frenando el brazo, retorciéndolo y aplastándole la cara contra el gotelé; el intendente captó el mensaje —: Ah, oh, ya sé, te refieres al cargamento del Líbano.
Te lo dije, ¿o no te lo dije? Pensaba que te lo había dicho.
Pues el contenedor cayó al mar. Justo en el que iban tus baratijas.
Qué mala suerte, macho. Pero ¿qué quieres que le haga?
Yo no puedo sacarlo del fondo del mar como si fuera la sirenita.
Suéltame, ¿quieres? Que oye, lo haría si pudiera, lo sabes, ¿verdad?
Encantado me tiraría de cabeza el primero.
Pero no me oriento bien bajo el agua, algo del oído interno. En mi familia somos de secano.
Buzo, con mirada furibunda y una mano en toda la cara, apretó un poco más la cabeza del intendente contra la pared con la fuerza de alguien que reclama sus millones.
Mirtylo se sorprendió del autocontrol de su compañero; lo veía más golpeador que estrujador.
Una vez más, constató que no hay que juzgar a las personas con rapidez.
El intendente se empezó a poner primero bermellón y luego púrpura.
Y tras quince largos segundos adquirió plena consciencia de que no había compasión en los ojos de sus invitados.
—Vale, vale. Os lo contaré.
Buzo sólo apretó más fuerte.