Fortuna en Mallorca REACCIONES QUÍMICAS
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REACCIONES QUÍMICAS

Nada. No hubo explosión. Los ocupantes de ambos coches se sorprendieron tanto que redujeron la velocidad.

Cordero usó la pausa para acertar al lanzador RPG, cuyo enfermizo cuerpo salió despedido del coche con cara de sorpresa y los pantalones sucios.

Otra bala acertó al conductor de los perseguidores, que se detuvieron al instante.

Nuam, por otro lado, no tenía planeado detenerse. Siguió con el pie en el acelerador como alma que lleva el diablo, un diablo en este caso bastante fan de las decapitaciones. Y desviándose por carreteras de tierra, cruzaba a trompicones paupérrimos campos en dirección a la frontera.

Esta vez no hubo ánimos para la tropa por parte de Cordero. Habían visto pasar la guadaña de la muerte demasiado cerca del gaznate.

Nuam conducía como un loco, y con razón; no tenían ni idea de si los perseguidores seguían tras ellos o si, llegados a este punto, aparecerían más sublevados.

Pero lo que preocupaba al cabo no era el ánimo de la tropa, era el estado del maletero.

Escudriñaba con desánimo los restos de la destrozada puerta e intentaba distinguir si alguna moneda iba cayendo por el camino.

No sabía qué era mejor: ver caer alguna y saber que, aun perdiendo, seguían ahí, o arriesgarse a que todas las hubiese evaporado el RPG.

No se detuvieron hasta que, habiendo cruzado otro campo exactamente igual a los anteriores e indistinguible de los siguientes, Nuam les confirmó que estaban en el Líbano.

La frontera en este punto no era más que otro camino de tierra.

Nadie se había molestado en colocar los postes con barriles azules que podrías encontrar en la Blue Line marcada en los mapas de resoluciones de la ONU.

Así que un trozo de tierra era Siria, y el otro el Líbano.

Ante esta arbitraria ocurrencia del derecho internacional, los ocupantes del coche notaron una calma muy real, aunque no todos.

Buzo se pronunció con un hilo de voz:

—Creo que Stalin no está bien.

Cordero se giró: la palidez bajo el fuerte moreno natural de Stalin era evidente. Profundas ojeras parecían dibujarse en su cara en tiempo real.

—¿Por qué coño te lo has callado? —sacó su rabia Cordero—: ¡Nuam, para!

—¡Yo qué sé, me han metido un cohete por el culo! —se justificó Buzo—. Me ha costado un rato recomponerme.

Cordero tuvo que aceptar que era una razón justa para ser egoísta en la percepción de la realidad, y se volvió al conductor para repetirle la orden.

Pero Nuam ignoraba a Cordero, pisó el acelerador y derrapó por caminos agrícolas.

Antes de que Cordero o Buzo pudieran reaccionar, Deir El Aachayer con su templo romano derruido se materializó ante ellos, en la colina.

Aparcaron en la puerta de la casa del patriarca Yussuf.

Buzo y Nuam metieron a Stalin, poco presente pero aún consciente, en casa y esta explotó en actividad.

Cordero, por otro lado, viendo que el frente sanitario estaba cubierto y siendo superada su camaradería por la avaricia, se acercó al maletero con la boca reseca.

Esperaba ver hierros retorcidos y ennegrecidos, pero lo que encontró fue que la cabeza explosiva del RPG había dejado un boquete limpio y circular al penetrar en el portón.

—Ese bicho está pensado para reventar tanques. ¿Por qué leñes no ha explotado? —Tuvo que pelear un poco hasta que consiguió abrir el maletero—: Milagro.

Las bolsas donde habían guardado el expolio estaban intactas, exceptuando un poco de nylon chamuscado.

Lo que sí había sufrido era el bidón de diésel, que recibió el impacto directo del RPG, absorbiendo el efecto de la carga explosiva.

Pero aun sí, había fragmentos de metralla: uno de ellos traspasó el asiento de Stalin, la ropa de Stalin y luego al propio Stalin.

Entre la tensión, el golpe y el combate, el soldado no sintió la herida en el momento, confundiendo la pérdida de sangre con sudor.

Mientras, ya en la casa, Yussuf el patriarca daba órdenes y vigilaba la puerta.

Era el mayor de la línea sucesoria del clan, un representante de la familia que había vivido en la misma región antes incluso de que los prerromanos salieran de Troya.

Aún conservaba terrenos y poder a ambos lados de la frontera, pero nunca era suficiente, entre otras cosas porque entre sus responsabilidades entraba mantener a una creciente lista de familiares; los descendientes parecían expandirse en número, pero permanecían estancados en capacidad intelectual, como ese zoquete de Nuam.

Cuando el tal Cordero buscó su apoyo, Yussuf decidió vender una milicia siria a los azulones españoles porque los potenciales beneficios superaban con creces las poco probables represalias de la ONU.

Además, su nieta favorita estudiaba odontología en Londres y quería regalarle un piso en la capital.

Algo había salido mal, y de alguna manera intuía que era culpa de Nuam .

Cordero entró en la casa sin soltar su AK y cruzó miradas con Yussuf. Ambos entendieron que cada uno sabía a qué jugaba el otro y que ahora mismo la partida estaba empatada. El cabo comprobó que ya habían detenido la hemorragia de su soldado, y en ese preciso momento Nuam apareció:

—Amigo, llamamos primo. Muy buen médico de animal, no tiempo para médico de gente.

—Stalin, ¿puedes moverte? —Buzo ignoró a Nuam y se acercó al herido.

—Sí, cabo —murmuró casi inaudible.

—Nos lo llevamos.

—Pero ¿no deberíamos dejar que lo curasen bien primero? —preguntó Buzo manchado de sangre.

—Trae el todoterreno, nos largamos. Y si intentan detenerte, dispara.

—Cordero salió a la calle y esperó junto al tesoro a que Buzo llegara.

Transportaron rápidamente los expolios de un vehículo a otro y regresaron a por Stalin.

Viendo que Buzo era puro nervios, se vio obligado a compartir la lógica de sus órdenes—: Si le llevamos cosido, tendremos que dar muchas explicaciones.

No te preocupes, está hecho un toro. Confía en papá Cordero.

Al ver que sus compañeros de aventuras iban a dejarle, Nuam se apresuró insistente a Cordero. Después de todo, había sido el chófer fiel y le dolía verlos partir, tanto como le dolía ver el desprecio reflejado en la furibunda mirada que le dedicó su tío al verlo entrar en casa.

—Coche. Yo salvar amigo. Inshallah .

Cordero metió la mano en una bolsa y le entregó un puñado de monedas sin mirarlas. Tenía más que suficientes para llevar la vida que quería.