PARTIDA Y REGRESO
La resaca después del combate nunca es agradable, y los ocupantes del Carina sufrían las secuelas entre variantes enfermizas de euforia y apatía.
—Vaya un bautizo, ¿eh, tropa? Lo habéis hecho muy bien. Vivos, con dinero y de vuelta a casa. Nuam, volvamos por otra ruta, una con menos amigos de tu tío.
—Llevar amigo por camino alto, donde pastores con corderos.
—Sea. Me sentiré en mi hábitat. —El cabo encendió la rítmica música de la radio local para llenar el vacío.
Intentaba animar a la tropa manteniendo el buen humor, cualidad que había entrenado durante años siguiendo la máxima miliciana de «sufre en silencio» a la que él había añadido un corolario propio: «distrae a tus compañeros del sufrimiento, o todo se irá a la… ».
—¿Qué ha pasado, cabo? —preguntó Stalin, contrariado por lo que acaba de vivir—. ¿Quiénes eran?
—Estado islámico, milicia local, tropas gubernamentales de paisano… Quién sabe. Venían a por nosotros y no iban a invitarnos a un kebab, eso seguro.
—Yo no quería disparar, se movió, fue a por el arma, se movió, fue él. Lo juro.
—Tranquilízate, Buzo. O tú a ellos o ellos a ti. Ese es el juego.
—Pero ¿cómo es que seguimos vivos? —se sorprendió Stalin—. La granada no explotó, pensaba que iba a terminar hecho un emparedado entre balas y metralla.
—Lo vi. Sería una granada de entrenamiento, nos querían vivos y por eso empezaron tan cariñosos.
El silencio se hizo en el coche, exceptuando la música libanesa. Los soldados estaban sumergidos en pensamientos, mientras Enrique Iglesias se colaba en las listas de grandes éxitos locales. La familiaridad de la canción no animó a nadie.
—Mi cabo, ¿no es un poco raro que vinieran en coche? Nosotros somos tres, y era muy poca tropa para atraparnos vivos. ¿O este les iba a ayudar? —sospechó Buzo señalando a Nuam y moviendo el AK con mala idea.
La pregunta tenía lógica, y se hacía eco de los pensamientos que ocupaban al propio Cordero.
—No le des vueltas, polluelo. Deja que papá Cordero sea el que piense.
A nuestro amigo Nuam lo necesitamos para volver.
—El aludido fumaba un cigarrillo tras otro, ya sin la alegría de la ida.
Cordero proseguía filtrando información, pero ya sin compartir sus sospechas—: No sé.
Alguien en el pueblo les habrá llamado… Tal vez pensarían que éramos los arqueólogos, que han vuelto. Un bocadito fácil de digerir .
—No me fío —objetó Buzo.
—Relájate con el tintineo del maletero. La vida va a ser muy diferente a partir de hoy. Ya veréis qué dulce os sabe la primera cerveza de millonarios. Invito yo.
Cruzaron un pueblo donde Nuam, antes de que pudieran detenerle, se detuvo en la gasolinera local , es decir, un viejo con nieto al lado de un surtidor que parecía recordar a Lawrence de Arabia.
Después de una airada negociación, Nuam llenó el depósito y, para terror de los ocupantes del coche, abrió el maletero delante del viejo con la intención de llenar el gran bidón vacío con el que cargaba desde la mañana.
Más animado, el bigotudo libanés entró en el coche, y ante la abrupta pregunta coral de «¡¡¿qué haces?
!!», incluyendo además unos cuantos improperios militares fruto de la agitación general, Nuam respondió:
—Diésel para volver. Amigo querer volver, ¿no?
Coche mejor, andando peor, ¿no? Diésel necesitar.
—Y con un brillo furtivo en los ojos añadió—: aquí barato, no impuesto.
Hacer paces con tío, regalo. Shaitan de señor decir no ver nadie más forasteros que vosotros y camioneta.
Aquí nadie más pasa. Querer cobrarme precio turista.
—¿Qué dice el pájaro este?
—Que se dedica al contrabando y que estamos seguros.
Deshacían el camino hacia las afueras de Qatana, donde Nuam pensaba girar hacia su ruta secreta. Con cada traqueteante kilómetro que se alejaban de la excavación, Cordero ya se veía en casa.
No habían transcurrido ni diez minutos en la desierta carretera montaña abajo cuando, tras una curva cerrada, vieron un coche parado en el arcén: un barbudo llamaba por teléfono, mientras otros dos chavales estiraban las piernas y un tercero esperaba de cuclillas en el arcén.
Todos armados .
Buzo, que desde el asiento detrás de Nuam, iba a ser el que pasara más cerca del que hablaba por teléfono, lo observó, y pese a que intuía que tenía que evitarlo, sus miradas conectaron.
El soldado español, y arqueólogo aficionado, entendió que el barbudo había leído el miedo en su cara y que les había descubierto.
Los del arcén eran la segunda mitad del grupo de milicianos que formaba parte de la batida de caza al extranjero.
Por lo visto, uno de los integrantes había desayunado algo en mal estado, preparado por su inexperta esposa esclava, y sufría las consecuencias.
Estaba retrasando a todo el grupo, obligándoles a parar cada media hora y ganándose la enemistad del responsable del segundo coche.
Para colmo de males, Mahmud, que llevaba la delantera, no contestaba el teléfono.
Era un día de esos en los que todo va torcido.
Pero ahora, por auspicio de Dios y de su Profeta, la suerte cambiaba: he aquí un coche con matrícula libanesa, bajando rápidamente la montaña, con un imbécil al volante y tres tipos con aspecto de extranjeros potencialmente lucrativos.
Los perseguidores arrancaron el coche y se lanzaron a por la presa.
Pero este grupo no tenía las mismas tablas que sus compañeros, que acabaron como ofrenda sobre el altar a los dioses antiguos, y eso los hacía más peligrosos.
Después de una breve ráfaga de tiros al aire, empezaron a disparar a la presa sin ni siquiera hacer el esfuerzo de apuntar a las ruedas.
Los infantes y Nuam descendían la montaña haciendo eses, propulsados por toda la velocidad que les permitía el asfalto, la habilidad del piloto y aquel destartalado automóvil.
Cada vez que una bala acertaba a la carrocería, Nuam veía incrementada su habilidad, el coche su potencia, y el acelerador parecía encontrar más espacio para avanzar.
Cordero disparaba desde la ventanilla. Buzo, haciendo cabriolas en el asiento de atrás e impulsado por los baches, dio un par de patadas a la luna trasera, sin ninguna suerte.
Stalin, más práctico que su compañero, esperó a que este apartara la pierna y empezó a disparar a través del cristal, entendiendo que los perseguidores se encontrarían, por pura lógica, detrás de ellos y que en esas circunstancias apuntar era un elemento secundario.
Así continuaron durante algunos kilómetros.
Estaba claro que las consecuencias de aquel rally serían mortales: uno de los dos, o los dos vehículos, se iban a despeñar.
El más joven de los perseguidos, de estómago frágil e irregular barba pelirroja, ansioso por desquitarse del odio de sus compañeros, sacó de su mochila el sistema lanzacohetes RPG-7.
Con minuciosidad y la punta de la lengua asomando por los labios, abrió un paquete de papel marrón con pólvora, que fijó en la parte trasera de la ojiva, y desenroscó el tapón que protegía el detonador.
Satisfecho con el resultado, metió el cohete en el sistema lanzador.
Montar el RPG le calmaba, desde el primer día se le había dado bien en el campo de entrenamiento terrorista, y su instructor siempre le ponía de ejemplo al resto de los guerreros por la fe.
Así es como se sentía con el largo, grueso y listo RPG entre las manos, como un verdadero guerrero.
El joven, con fanática agilidad adolescente, asomó su cuerpo por la ventanilla acomodándose el lanzacohetes al hombro.
Puede que perdieran a un rehén o dos, pero mejor cabeza en mano, que ciento volando. En el peor de los casos podían vender los cuerpos por algo de dinero. En esta zona no se desperdiciaba nada.
Disparó entre gritos de euforia.
Las reacciones en el Carina eran antagónicas a la alegría de los perseguidores.
Al ver que un tipo de desagradable complexión verdosa sacaba un lanzamisiles, los soldados bravos apuntaron todo su arsenal hacia él y dispararon.
El traqueteo y la velocidad no incitaban al éxito.
Buzo vio el cohete salir despedido hacia ellos a cámara lenta, registrando cómo, metro a metro, se acercaba al maletero y hundía la chapa, como si esta fuera mantequilla recalentada bajo un sol implacable.