Fortuna en Mallorca LOS EJÉRCITOS MARCHAN SOBRE SUS ESTÓMAGOS
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LOS EJÉRCITOS MARCHAN SOBRE SUS ESTÓMAGOS

Mirtylo había decidido perseguir la única pista que tenía a su disposición: un compañero de la Unidad de Intendencia del Ejército de Tierra al que Buzo había encargado transportar su cargamento expoliado.

Pero era inútil ir al cuartel a tener una charla con el intendente; demasiado público.

La alternativa lógica era visitarlo en su tiempo libre.

Buzo sabía dónde vivía su amigo dedicado a la logística, porque el tipo prefería la vida familiar en Inca a la cuartelaria en Palma.

Consciente de sus nuevas deudas, Mirtylo dejó una paupérrima y muy europea propina de cincuenta céntimos y se dirigió con Buzo hacia casa.

Pero antes el señor Pons echó una mirada crítica a su compañero: una cosa era dar vueltas por Palma a horas intempestivas o la clientela del Macao, y otra muy diferente era pasar un rato largo en el coche con Buzo en su estado actual.

Ya habían atraído alguna que otra mirada en su camino hasta Foners.

—Anda, ve a darte un baño en el mar mientras recojo las llaves del coche.

—Te me vas a escabullir.

—No te preocupes. Además, aún no me has dado la dirección, ¿recuerdas? No pienso dar vueltas por Inca gritando ¡intendente! hasta que alguien me responda. Nos vemos en veinte minutos.

—Si tanto te importa mi aspecto, me cambio en tu casa.

—Mejor no. Nos vemos en esa oficina de correos de ahí.

—Mientras Buzo seguía con la mirada la dirección del brazo, Mirtylo, con un ágil movimiento entró en su portal y desapareció por la escalera antes de que su compañero fuese capaz de reaccionar; había caído víctima de uno de los trucos más viejos de la humanidad.

El señor Pons sabía que las triquiñuelas simples no dejan de ser funcionales por conocidas, la clave está en la ejecución.

Ya en casa, sintió que había estado fuera un mes entero, cuando la realidad era que solamente había pasado un día. Cumplió con sus necesidades fisiológicas, se duchó y se afeitó.

Mirándose al espejo, habló con su reflejo ojeroso :

—No es la primera vez que nos metemos en una de estas, pero tenemos que ser más listos; intenta sacar oro de esta peligrosa mina antes de que colapse sobre tu cabeza.

Abrió el botiquín y sacó una pastilla blanca de modafinilo, un estimulante con pocos efectos secundarios a corto plazo, más allá de la taquicardia y una falsa sensación de seguridad que te incita a tomar malas decisiones; efectos que no parecen detener a pilotos, estudiantes y banqueros de inversión, entre los que ese estimulante es muy popular.

Mirtylo observó detenidamente la pastilla.

Y en vez de tragarla, eligió tomar un polivitamínico que acompañó de un vigoroso bofetón en la cara.

Se guardó la pastilla en la cartera para un caso extremo y se conformó con dejar que el efecto placebo disolviera su cansancio.

—A la aventura.