NO ES MI PRIMER RODEO
En situaciones extremas como un combate, la experiencia es un grado, y en este caso el grado era el del cabo.
Cordero, que hasta el inicio de los disparos había estado emboscado tras la zanja de los arqueólogos, en cuanto los recién llegados avanzaron lo suficiente como para darle la espalda, se levantó sigilosamente del terraplén.
Se movía como en un entrenamiento, y con lentitud, incluso parsimonia, colocó una rodilla en tierra, apuntó con calma, vació los pulmones y empezó a trabajar.
Dos tiros. Se incorpora. Dos tiros. Otros dos. Falla. Dos más. Gira el torso, una ráfaga larga hacia la camioneta.
Los cuatro asaltantes cayeron como muñecos de trapo antes de entender de dónde venía la amenaza. El conductor de la camioneta, que sí lo veía, dio marcha atrás y el vehículo siguió avanzando hasta despeñarse por el terraplén; la última ráfaga de Cordero le había cruzado el pecho .
La función fue breve pero intensa. Para la mitad de los actores acabó en tragedia, y para la otra mitad en comedia, al menos temporal.
—¿Todos enteros?
—Sí, cabo —respondió Stalin, incorporándose con las piernas temblorosas.
Buzo, a un lado, respiraba superficialmente y escupía largas babas.
La respuesta de los recién aparecidos, cuando la hubo, fue del tipo gorgoteos y quejidos.
Nuam callaba. La pradera olía a sangre. Los buitres sisearon contentos, anticipaban comida fresca; aunque un miembro de su clan hubiera perecido en el fuego cruzado, a las demás rapaces no les importó en exceso. Ser carroñero tiene sus riesgos.
—¡Quitadles las armas y vigilad! ¡Buzo, tú a los moros! ¡Stalin, a la carretera! ¿Entendido?
Dadas las órdenes, Cordero fue a por Nuam, cuya estrategia de comadreja agazapada en mitad del divertimento había funcionado milagrosamente. Estaba entero, aunque seguía tirado en el suelo sin levantar la cabeza, y así planeaba continuar si no fuera porque Cordero lo levantó de un tirón:
—¿Quiénes eran, rata? —gritó a Nuam a la cara mientras lo zarandeaba, agarrándolo de la camisa con el puño izquierdo, que a su vez aplastaba el poblado bigote contra la nariz del susodicho.
Al no haber reacción, dio un par de tiros al aire y volvió a bramar—: ¡¡Quiénes eran!
! Sé que los conoces. O hablas, o por tus muertos que te entierro aquí con ellos.
—No saber, jefe, no saber. Alá mi testigo, yo no saber. Aparecieron de la nada, conocía que aquí soldados españoles. Saber nada, lo juro. Yo solo conducir.
—¡Habla! —Cordero disparó otra descarga al aire.
—Tío, mi tío. Solo mi tío saber que vosotros españoles. Pregunte él.
—Vale, vale. —Cordero lo soltó; lo necesitaba para volver y tampoco podía sacarle mucho más en esos momentos—: Te creo. Muy bien. Venga, crack, somos amigos. Hala Madrid, vale. Stalin, ¿todo bien? Coge a Nuam y que te ayude a cargar el coche. Nos exfiltramos a la de ya.
La tensión del cabo, que no mostraba pero estaba ahí, empezó a decrecer. El sonido volvía, las pulsaciones se controlaban, y su campo de visión se ensanchaba.
¡Bang! Una ráfaga a su espalda le hizo saltar.
—¿Qué coño haces, Buzo?
—Se… se estaba moviendo. Le he tenido que disparar —Buzo señaló a la papilla humana que acababa de hacer de uno de los heridos.
—Bueno, que les jodan. No eran hermanitas de la caridad —terminando la frase, Cordero se acercó a los heridos, que seguían postrados en tierra, y disparó metódicamente en la cabeza de cada uno.
Cargaron las monedas en el maletero del Carina en silencio, cada uno sumido en su mundo interior.
Nuam fumaba, y Cordero le aceptó uno de los Marlboro.
Volvían a ser amigos. Llevaron los cuerpos a la ermita y los dejaron caer a la planta de abajo, donde harían compañía a los dos romanos, contaminando así, aún más si cabe, un yacimiento único y ofreciendo al mismo tiempo un sacrificio al altar de un dios olvidado que llevaba dos milenios sin recibir ninguno.
Probablemente los dioses de la arqueología se enfadaron, los de la guerra lo apreciaron. Hubo equilibrio en los cielos, ningún demonio sumerio se despertó aquel día.