BUITRES Y DIOSES
Cordero se giró con una gran sonrisa en la boca. Su única respuesta fue lanzar un objeto en dirección al otro soldado; era pequeño y a Buzo le costó atraparlo en la penumbra. Se lo llevó a la nariz, vio que brillaba y era frío al tacto .
—¡Monedas, terrícola! ¡Monedas! Qué suerte la tuya por tener un cabo como yo. Aquí hay un tesoro: montañas y montañas de monedas —Cordero profirió un largo y profundo—: ¡Síiiiiii!
El grito fue tal, que retumbó en las dos ermitas, la inferior y la superior, mientras levantaba los brazos victoriosos. Justo en ese momento llegó corriendo Stalin.
—¿Todo bien? ¿Tenéis algo?
—Stalin, pequeño diablo explosivo, vas a tener a tu abuela a cuerpo de narco. Vuestro querido papá Cordero os va a hacer ricos a los dos, no os faltará nunca de nada. Vamos, tíranos bolsas y prepárate para recibir lo bueno.
Los tres compañeros llenaron dos bolsas que subieron a la superficie, sin olvidarse del gladio y del resto de artículos. Finalmente salieron a la luminosa pradera a observar el botín. Entre oro y plata, Cordero estimó el peso de las bolsas en más de cincuenta kilos.
Bajo la combinación de la limpia atmósfera de montaña y el antiguo sol de Mesopotamia, las monedas relucían de manera especial ante los avariciosos nervios ópticos de los soldados en busca de fortuna.
Los metales preciosos alejaban las preocupaciones mundanas e inundaban sus cabezas con los problemas que suele tener una minoría: ¿esto puedo doblarlo en Mónaco?
, ¿qué orientación tendrá mi ático?, ¿cuánto costará el amarre en Cartagena?
, ¿si tienes millones, es obligatorio comer caviar?
—¿Cuánto…? Ejem, ¿cuánto cree que… que hay aquí, mi cabo? —tartamudeó Buzo, le costaba hilar palabras ante la presencia de tan gran capital, aunque la avaricia le hizo matizar—: Debemos tener cuidado con el moro.
—Polluelos, aquí hay por lo menos para rescatar a un rey. Vuestro cabo sabrá repartirlo justamente.
—Nuam no est… ¿Dónde está? —preguntó Stalin forzándose a apartar sus ojos del botín y mirar alrededor .
Nuam no participaba de la algarabía general, por dos razones: la primera es que una vida entera en una región volátil le había enseñado que si alguien tiene un fusil de asalto y tú no, es sensato no interponerse entre ese alguien y su oro; y la segunda es que le había parecido ver a lo lejos un brillo acompañado de polvo subiendo por la ladera de la montaña.
—Cabo, viene alguien. —Stalin tuvo que zarandear a Cordero para que reaccionara: una camioneta, ya abiertamente visible y con múltiples ocupantes, se acercaba velozmente hacia los soldados y su lazarillo. —Y no creo que vengan a pedirnos permiso.
—Buzo, Stalin, ¡meted las bolsas en la ermita! —reaccionó ejecutivo el cabo—. No asoméis el morro, y si empiezan a acercarse: fuego de supresión.
Con sudor académico, Cordero se lanzó hacia un extremo de la planicie para ocultarse en el terraplén ubicado tras la zanja abierta, opuesto a las tiendas de campaña y al Toyota que les había traído a una breve riqueza y una muy probable muerte.
El viento de montaña, lejos del oro, helaba hasta el hueso y levantaba afilado un polvo que lijaba los ojos.
Los buitres se habían posado en la pared de roca, a observar el espectáculo con siniestro interés.
Nuam no quitaba la vista a la camioneta que se acercaba, apagó su Marlboro y por primera vez no lo encadenó con el siguiente, se frotó las sudorosas manos en la ropa y quedó clavado en el centro de la planicie.
Un Toyota Hilux, familiar lejano del raquítico Carina, se detuvo bloqueando la carretera y al instante tres de sus ocupantes en edad de conscripción saltaron de la parte de carga.
El aspecto era una mezcla cohesionada: ropa de camuflaje, barbas enmarañadas y armas variopintas.
El arsenal incluía un fusil MAS-36 colonial francés, un rifle de asalto StG 44 de la Alemania nazi, y un más mundano Kalashnikov.
Por último, del asiento de copiloto salió el cabecilla de la banda, que se distinguía por ser de mayor edad, llevar una barba arreglada sin bigote y estar armado con solo una pistola.
El conductor permaneció en la camioneta.
Los cuatro avanzaron hacia Nuam, con el que intercambiaron unas palabras. El guía de los soldados españoles hacía aspavientos y señalaba la abertura de la capilla, tras lo cual la tropa del enemigo potencial se empezó a acercar cautelosamente a la puerta.
Buzo y Stalin no podían más que tragar saliva en sus gargantas resecas, con las manos crispadas y humedecidas alrededor de las armas.
—Sale amigo, esto buena gente, primo de pueblo. Quiere presentar respetos —parloteaba Nuam con voz quebradiza.
Los carroñeros recién llegados se detuvieron a unos pasos.
Uno de ellos fue a inspeccionar el solitario Carina, mientras los otros dos se colocaban adelantados a ambos flancos de la ermita.
El cabecilla, con barba tipo Lincoln pero en este caso más fan de la esclavitud, permaneció dos pasos detrás y uno a la derecha de Nuam e hizo una señal con los ojos a un subordinado, que se empezó a alejar haciendo un arco en dirección a la entrada de la capilla, mientras preparaba una granada.
Buzo sopesó las opciones. Verse encerrado y sin escapatoria podía con su psique, y dio un primer paso hacia la salida.
En ese momento sonó una deflagración seca a su derecha, que le hizo pestañear y volver en sí.
Stalin había empezado a disparar en dirección al tipo que intentaba flanquearles, y Buzo se le unió con una larga ráfaga.
En el campo de tiro, con un eficiente y bien limpiado fusil Heckler pero en una montaña siria, con un sucio AK de fabricación egipcia y con las glándulas suprarrenales emitiendo adrenalina como si no hubiese mañana, porque tal vez no lo haya, Buzo y Stalin a lo único que acertaban era a la inmensa nada.
Los asaltantes eran curtidos. Se separaron, respondían a los disparos con fuego controlado, haciendo saltar fragmentos de roca alrededor de los militares españoles.
Nuam intentaba, sin éxito, que la tierra se lo tragara haciéndose bola en mitad de la pradera, con un sinfín de balas silbando sobre su cabeza. Los buitres observaban.
Para Buzo todo se movía lentamente, incluido él mismo.
No distinguía el sonido de su fusil, solo presión en los tímpanos.
Un movimiento en el límite de su visión periférica le pasó desapercibido.
En ese instante una granada de los asaltantes rebotó en el dintel de la puerta y se paró justo a los pies de los infantes españoles, que saltaron a campo abierto buscando escapar de una muerte segura.